La Ronda de Boltaña, desde las entrañas de la tierra aragonesa

Para María José Andrés

Comentaba en la entrada anterior que uno de los premios más merecidos, y diría que emocionantes, que se entregaron en la fiesta de los Premios de la Música Aragonesa fue el de La Ronda de Boltaña: Premio Especial a la Trayectoria. Curiosamente en su elección no hubo concurso público sino que fue la propia organización la que, muy atinadamente, acordó concedérselo. Y no le faltan avales y méritos para tal premio al veterano grupo nacido en el municipio oscense del Sobrarbe de la reunión de varios amigos y vecinos de forma amateur y al calor del renacimiento de la música tradicional española y del eco internacional que en los setenta-ochenta trajeron las inmensas publicaciones discográficas del impagable sello Guimbarda.

Básicamente La Ronda es la culminación del camino que en el año 78 abrió Chicotén, con el primer disco de música popular aragonesa que se grabó en esta tierra, si bien poco antes fueron el propio Labordeta, con su ‘Chichecle’, incluido en su álbum en directo del 77, y La Bullonera, a través de su tercer álbum, quienes mostraron el camino a seguir de la canción popular moderna, desempolvando un Aragón distinto al de la jota, esto es, descubriendo que, sin menospreciar la solemnidad y tradición que tenía y tiene el género, había también un rico panel de músicas diversas que el tiempo había sepultado. Los cancioneros tradicionales de Arnaudas, Mingote y Mur daban fe de ello.

Desde entonces, desde Chicotén, han sido un número no poco copioso de formaciones las que han transitado ese camino –Hato de Foces, La Orquestina del Fabirol, Cornamusa, Biella Nuei, La Birolla, Fagüeño…-, mostrando esas músicas ocultas, unas veces ateniéndose a la más pura tradición, otras renovándola. Lamentablemente, pese a haber dejado todos ellos un trabajo impecable y discografías muy valiosas, casi ninguna, a excepción de Biella Nuei, por circunstancias diversas, ha subsistido más allá de unos pocos años, no perviven. La Ronda, sin embargo, que empezó en 1992, cumplió el pasado 2017 su cuarto de siglo de existencia, y eso es un valor muy notable. Más, o por eso, teniendo en cuenta que nunca ha sido un grupo profesional, sino completamente amateur, gentes con sus trabajos que en ratos libres y con no poco esfuerzo han dedicado su ocio y su pasión a la música.

Fruto de ello han sido sus numerosas actuaciones (cerca del millar) y un repóquer de discos emocionales, costumbristas, poéticos, veristas, lozanos, reivindicativos, humorados… Cinco discos publicados sin prisas ni obligaciones, masticados con paciencia y serenidad porque nunca fue su destino ni su objetivo encadenar una discografía proteica y proteínica al modo de un grupo profesional. Por eso, ellos no los consideran escasos sino, al contrario, abundantes: “Nunca pensábamos grabar uno, y ahora tenemos cinco”, han dicho con cierta sorna, y, claro, alegría. Por cierto, son estos: ‘La Ronda de Boltaña’ (1995), ‘Banderas de humo’ (1998), ‘País de anochecida’ (2001), ‘¡Salud, país’ (2007) y ‘La huella que el tiempo deja’ (2014).

Un quinteto de álbumes autoeditados, como corresponde a una formación autogestionaria, por los que desfila el Aragón de ayer y de hoy en las tres vertientes en las que trabaja y se distingue la Ronda: como grupo de calle y fiesta, como grupo folk y como grupo reivindicativo. Y en un tanto por cierto muy alto, de creación propia. Porque uno de los genes más notables del grupo, además de su preocupación por la recuperación de instrumentos antiguos, es su pulsión compositiva personal, mirando atrás pero también –muy importante- al presente. “Me llamaba la atención –me decía Manuel Domínguez, uno de los pilares mayores de La Ronda, en 2002, en una entrevista para Heraldo- la música celta en el sentido de que si tú escuchabas un disco sonaba a popular pero luego le dabas la vuelta y veías que las canciones estaban firmadas por gente de hoy. Es decir, es un folclore que sigue vivo. Con los occitanos, nos pasó igual, había mucha recuperación pero también eran capaces de hacer cosas nuevas. Todo eso fue lo que nos puso a componer en vez de basarnos en lo hecho o en la investigación”.

Aquel cura, Bruno, que perdió el oremus por culpa de la peseta y la bragueta; la petición de ayuda para recuperar un país perdido, El Sobrarbe; el picarón humor de la “niña bonita” a la que se le metió una pinocha por el do-re-mi-fa-sol; la elegía al porrón de vino presto a agotarse en el reseco garganchón de los rondadores… El humor es marca esencial en La Ronda en esas fiestas de calle. Corre el vino, suenan las canciones, en las casas ofrecen pastas y rosquillas, se reencuentran vecinos de aquí y de allá, cantan, bailan, se cuentan penas y alegrías. Hay catarsis, una terapia mágica de amistad y fiesta que produce efectos anímicos reconfortantes. Es uno de los grandes blasones vitales de la Ronda.

Pero tan importante como la música y la fiesta es su papel reivindicativo, la defensa de la tierra, su cultura y sus gentes, algo que los pone en el terreno de los cantautores a los que admiran, especialmente a Labordeta y La Bullonera, tal y como demuestran canciones como ‘La tronada’ o ‘País perdido’. “Eso para nosotros es un elogio”, confesaba Domínguez. “Como los cantautores, tratamos de transmitir un mensaje. La letra en La Ronda es muy importante, forma parte de nuestra vía de actualización de la música popular”.

No se olvide, finalmente, la última marca genética y escasamente resaltada de La Ronda: su papel de rondalla, de tuna, si se quiere, pues en el fondo suena así, como esos tunos que, cual antiguos goliardos, recorren fiestas, calles y saraos, o rondan bajo un balcón a una bella señorita, solo que en vez de cantar ‘Con las cintas de mi capa’ o ‘Clavelitos’, ellos entonan esos versos tan propios de esta tierra. Domínguez corrobora este aspecto de ‘tunos sobrarbenses’ en su aspecto más positivo.

Hay materia para un libro, para trazar ese recorrido tan extenso, inimaginable ni tan siquiera para sus propios componentes, que La Ronda ha recorrido a lo largo de estos últimos 25 años. Tienen el aval indiscutible para este último premio que se le ha concedido o para la medalla que también no hace mucho les concedió la DGA. Sigo disfrutando con sus canciones y con sus letras, con ese armazón de gaitas, laúdes, bandurrias, acordeones, chuflo, salterio, trompa, clarinetes, bajo y voces con el que dan rienda suelta a sus discos y a sus festivas actuaciones, que suelen cobrar, no en dinero, sino en chiretas, vino y amistad. Sus valses, tangos, pasodobles, mazurcas, habaneras, polcas, boleros… y sus letras henchidas de aragonesismo conectan con las emociones y la sutileza, con la fiesta y con la ironía, con la reivindicación y con los sentimientos más nobles. Con las entrañas mismas de esta tierra.

En 2003, en la que fue su actuación número 457, tuve la inmensa fortuna de contar con ellos como invitados en el Centro Cultural Delicias en la presentación de mi libro ‘Polvo, niebla, viento y rock’, haciendo ellos de introductores musicales del acto desde el hall del recinto al escenario. Nada más comenzaron a sonar guitarras y bandurrias tan cerca de mis oídos me empezaron a temblar los pulsos, fue el inicio premonitorio de una emotiva noche que no olvidaré jamás y que siempre les agradeceré. Me siguen acompañando y me siguen motivando cada vez que los oigo. Como lo hacen a miles de personas de dentro y fuera de Aragón, iluminándoles no solo el alma y sus vidas sino balsamizando también los males que a veces el cuerpo se empeña en desflorar. Va por ti María José.

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Una respuesta a La Ronda de Boltaña, desde las entrañas de la tierra aragonesa

  1. Maria José dijo:

    Gracias Matias, yo tampoco olvidaré aquella noche que fué muy especial, me ha emocionado tú artículo y reflejas muy bien lo que nos hace sentir cuando escuchamos a La Ronda de Boltaña.
    Un abrazo muy fuerte.
    Maria José

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