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Todo lo que cabe en tres segundos

Recuerdo del viaje a París, de la atmósfera del estadio, de la emoción palpitante y de la reacción de los aficionados del Real Zaragoza

Equipo titular del Real Zaragoza en el Parque de los Príncipes.
De pie: Cáceres, Poyet, Cedrún, Solana, Nayim y Aguado. Abajo: Esnáider, Higuera, Belsué, Aragón y Pardeza.
Archivo Heraldo.

Viajé a París en autobús con un grupo de amigos. Habíamos hecho horas de fila, turnándonos, para conseguir las entradas. Pasé las doce horas interminables del viaje leyendo ‘El hombre solo’, del escritor vasco Bernardo Atxaga.

Siempre que recuerdo aquel viaje, me acuerdo de la novela, como si estuvieran indisolublemente unidos. Lo primero que recuerdo, nada más llegar, es gente acercándose para comprarnos la entrada del partido. Ofrecían verdaderos dinerales.

El día pasó rápido. Paseamos por la ciudad y nos cruzábamos con gente que nos animaba –recuerdo bien el ‘Allez, allez’ de los franceses, levantando los puños–; muchos hijos de exiliados nos paraban con emoción. Comimos bajo la Torre Eiffel y nos pintamos la cara. Un periodista francés vino a hacerme una foto porque tenía toda la cara cubierta de azul y blanco, no se veía un milímetro de piel. A la vez, una niña pequeña japonesa me vio y se asustó.

Ya en el Parque de los Príncipes, el ambiente tenía una intensidad extraña. Recuerdo los nervios de la primera parte y el gusto de verlos jugar en la segunda. Y la agonía de la prórroga, después de haber vivido durante ocho minutos la ilusión de que el partido era nuestro tras el golazo de Esnáider. Nos veíamos ya en los penaltis. Y entonces, llegó el milagro. Tengo el recuerdo nítido de ver salir el balón de la bota de Nayim y cómo fue subiendo alto. Alguien detrás de mí gritó que tenía que haber abierto el balón a la izquierda. Y recuerdo perfectamente a Seaman caminando hacia atrás, estirándose, cayendo. Su imagen sentado dentro de la portería es la imagen de la desolación.

Recuerdo que todo se paró durante una fracción de segundo, como si hubieran congelado la imagen.

¡Que bote Solans!

A partir de #ahí recuerdo fogonazos de emoción desbordada. Hubo un estallido de abrazos, risas y saltos, incrédulos, dejando salir la euforia que los nervios habían contenido. Nos quedamos en las gradas, cantando durante más de una hora entre lágrimas de alegría, sin poder creernos lo que estábamos viviendo mientras la afición del Arsenal vaciaba el estadio. Recuerdo a Alfonso Solans (padre), dando la vuelta al campo con la camiseta puesta y a toda la afición cantando, pidiéndole que se pusiera a dar saltos. A Pardeza con la medalla en la boca y al negro Cáceres subido a la escuadra. Las lágrimas de Poyet. Y el mar de bufandas azules y blancas, que estuvieron arriba una hora pero podían haber estado toda la vida si aquello hubiera durado para siempre. El Zaragoza tocó el cielo con aquella preciosa parábola que, desde entonces, es nuestra figura geométrica favorita.

Lo que sucedió en esos tres segundos es tan increíble como que hayan pasado 25 años ya.

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