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Nayim: pájaro, flecha o cómo ser el mejor poeta del siglo XX

El ceutí fue elegido por los dioses para lograr uno de los tantos más bellos de todos los tiempos, que lo sitúa en el Olimpo zaragocista de la eternidad

Victoria del Real Zaragoza en París en la Recopa de 1995
Mohamed Ali Amar, 'Nayim', celebra el gol del siglo en el último minuto de la prórroga en París.
Oliver Duch.

Desde los años 50, el Real Zaragoza sabe lo que es tener «una media de seda». Primero la formaron Belló y Samu, el murciano elegante y el húngaro pundonoroso. Más tarde, con Los Magníficos, comparecieron futbolistas cristalinos de toque, sutileza e inteligencia como Pais, Santos, Villa o el arquitecto Carlos Lapetra, al que Belló resituó en el lugar del diez para que dirigiese el juego. Con Los Zaraguayos se armó una línea de creación formidable con Planas, García Castany y Arrúa: una alianza de elegancia, velocidad, imaginación y gol. 

Luego, en los 80, el club contó con una sala de máquinas envidiable: Señor, Güerri, Barbas y Herrera. Aquel equipo debió aspirar al título y demostró, día a día, que La Romareda podía ser un rectángulo de pura música ejecutada con las botas. Y una década después, en los 90, se forjó un equipo glorioso, complejo y completo en todas las líneas, pero con un núcleo de fabulación esencial en la zona ancha: Aragón, que parecía tener elocuencia, suavidad y una visión panorámica; Poyet, el multiverso: toque, desmarque, llegada y remate; Nayim, el virtuoso, el pícaro, el jugador que creía en un axioma: «El azar juega con los listos». Con ellos, Gay, Jesús García Sanjuán, Geli, Óscar, futbolistas de calidad y de conjunto.

Esta media fue capital en los éxitos de un bloque esencialmente equilibrado. La orquesta de armonías. Detrás de los logros, más allá de los futbolistas, había un director: Víctor Fernández, un hombre joven que aún seguía abrazando la sombra de Saturnino Arrúa en la banda y que fantaseaba con una suerte de ‘jogo bonito’, sin complejos, de vértigo y ritmo, de improvisación y ataque. 

Se presentó el gran día en París, la ciudad de todo: del amor, del arte, de las vanguardias, del cine, de las catedrales que asoman al Sena. Y también iba a ser la ciudad del fútbol. La capital más hermosa del zaragocismo universal. Enfrente el Arsenal, campeón el año anterior, en la temporada 1993-1994, la misma en la que el Zaragoza se había ganado el derecho a exhibirse en la Recopa tras vencer al Celta en la épica de los penaltis.

París era una fiesta. Distinta. Apasionada. Una reconquista sentimental ante el francés que se había sentido en casa en Los Sitios, aunque en esto se piensa luego a la hora de desempolvar la enciclopedia de los símbolos. La atmósfera era inefable. El volcán del fútbol con todos sus rituales de color, algarabía, delirio e identificación con una historia, un pueblo y el deseo de ser grandes. Juan Eduardo Esnáider, otro guerrero de seda, marcó un gol como un calambrazo: el disparo seco y ajustado, tan inapelable como un rayo. Los ingleses igualaron sin encanto. Todo en la segunda mitad. Y llegaron los minutos del suspense, del cansancio, del último arresto. 

El Zaragoza debió marcar, Pardeza, que jugó un partido inmenso, quizá fuese objeto de pena máxima. Nada. Nada. Forcejeos, intentonas, carreras, un cambio equívoco. Y entonces, en ese lapso en el que parece que todo se ha jugado, incluso la fortuna última, sacó Cedrún, y un balón más perezoso que otra cosa salió repelido hacia Nayim.

El fotógrafo Henri Cartier-Bresson escribió que "fotografiar, es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira", y Nayim, el elegido, entendió que era su instante decisivo. Nayim "sorprendió la vida en flagrante delito", y vaticinó el destino. El gesto es abrumador y sutil: lo vio todo antes de que pasase nada. Miró con los ojos del pícaro que sabe que está ante su momento para la eternidad: paró con el pecho, observó la lejanía, la descolocación de Seaman, la felicidad de los suyos, la indecible alegría de tantos y tantos aragoneses, y soltó una parábola precisa y efectiva. "Chicos, siempre entre los tres palos", es otra consigna escolar. Lo hizo: con toda la intención del mundo. Con la seguridad de un dios mortal. 

Apenas dos segundos después, el estadio se convulsionaba y el mundo también se estremecía. Y Seaman, incrédulo y culpable, era un náufrago desamparado entre las redes. El disparo fue de una belleza sublime: exploración a la velocidad de la luz, control, latigazo, la historia a solas vuelta pájaro o flecha, la caída, el grito último de la gravedad. Y al final, algo tan sencillo y cotidiano como un gol, la poesía del fútbol. Miguel Pardeza recuerda que Pasolini decía que el poeta del año en Italia debía ser el máximo goleador del Calcio. Nayim fue más allá: quiso ser el poeta del siglo.

Borges escribió para hechos así: "No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso". Ese gol nos lleva a él casi todos los días. Ese gol nos alienta.

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