Real Zaragoza

La magia del 10 de mayo

El 10 de mayo de 1995, el Real Zaragoza conquistó la Recopa. ¿Qué sintió Nayim en ese momento?

La magia del 10 de mayo

Un balón rebotado tras el mal despeje de un defensa llega al zaragocista Nayim, en el último minuto de la prórroga de la final de la Recopa, el 10 de mayo de 1995. Cara a cara, el Arsenal y el Real Zaragoza. 1-1 en el marcador, con goles de Esnáider y Hartson. El duelo avanza hacia los penaltis.  

Nayim intenta una jugada imposible: un disparo lejanísimo. La imaginación del zaragocista asombra al mundo y pone los cimientos del momento más importante de la historia del Real Zaragoza. El libro 'El gol de Nayim' sacaba a la luz parte de la magia de ese momento, bajo la mirada del genial futbolista ceutí:

Muere el partido. Por fin. Ha sido duro, intenso, emocionante. Su fortaleza contra nuestra calidad técnica. Estaba casi convencido de que el tanto de Esnáider nos iba a servir para ganar la Recopa. El Zaragoza estaba dándole forma al título con un golazo, además. Esnáider, como casi siempre, aparece cuando más se le necesita para rescatarnos, para culminar el juego colectivo, para dar razón al trabajo de todos.

El gol ha sido precioso: un empalme lejano ante el que Seaman no ha podido hacer nada. Esos goles deberían enmarcarse en la historia del equipo. Sería una pena que semejante disparo, la belleza de ese trallazo, quede empañado por el subcampeonato.

¿Qué queda? Se acaba ya. El árbitro Piero Ceccarini ha mirado ya varias veces al cronómetro. También él debe estar pensando en los penaltis. Es como, si dentro de todo, viviéramos un cierta paz. Una tregua antes de la resolución . ¿O es que a alguien le queda pólvora?

No sé si queda pólvora, artillería; pero aún queda tiempo de juego. ¿Vas a atacar, Nayim? Voy a jugar, a intentar sorprender. ¿Sabes qué marca la diferencia entre los grandes jugadores?: la imaginación, la capacidad de sorprender, de hacer realidad aquello que parece imposible. Y esa es la esencia del fútbol. Del espectáculo.

Otro balón suelto en la línea de cobertura inglesa, apenas unos metros por delante de la medular. Juégala, Nayim.

La juego, la juego. La mejor opción sería un pase a Juan (Esnáider) o a Miguel (Pardeza). Me ha dado tiempo a verlos al levantar la cabeza. Circunvalan el fuera de juego. Sería perder la pelota.

Hablo conmigo: mi impulso, mi espontaneidad, frente a mi sentido común.

-¿Avanzo? No lo tengo claro.

-Pues no tienes más recursos.

-Mi obligación es tenerlos.

-¿Qué te queda?

-¿Cómo que qué queda? Ponle gracia, pon imaginación. Al levantar la cabeza he podido ver a Seaman adelantado. Como todo el partido. ¿Por qué no pego a puerta?

-¡Estás loco!

¿Qué es estar loco? ¿Ponerle una pizca de creatividad, de desenfado, de atrevimiento? ¿Le pegas? Le pego.

Me ha venido bien, muy bien. La he pegado redonda, firme, clara. Con seguridad, poniendo el alma. Para jugar, hay que tener un punto de osadía. Hay que saber de qué eres capaz y disfrutar de tus propias cualidades sin pensar, a veces, en qué piensan los demás.

¿Y tu, qué piensas, Nayim? Que ha merecido la pena. El fútbol es mucho más sencillo que como se quiere plantear a veces. El juego te ofrece un abanico de alternativas y yo elijo una. En cada instante tienes que procurar mantener la cabeza fría y optar por aquello que te parece mejor. Yo tengo claro que mi mejor opción es lanzar.

Ese primer momento de incredulidad ante la ocurrencia del centrocampista deja paso a una duda que apaga los cánticos y empuja a la admiración del Parque de los Príncipes. Casi cincuenta mil personas cierran de pronto todo su foco de visión en torno a esa pelota, que sigue subiendo para inquietud de Nayim. Aun así, el ceutí tiene plena confianza en su toque.

Has puesto la semilla y va creciendo deprisa. A David Seaman, el portero del Arsenal, le ha pillado muy a contrapié: retrocede, pero tiene plomo en las botas y se le empieza a apoderar el vértigo, el temor, un miedo terrible.

Esa locura va tomando sentido. El mundo abre la boca para pasar de la incredulidad a la admiración. El balón baja rápido, muy rápido -así lo esperaba- a peso.

Conforme cae el balón, Nayim empieza a subir hacia el cielo, a viajar en una nube. Ahí se concentran las ilusiones de su niñez en Ceuta, su equipo admirado, donde de pequeño quiso jugar; las horas de patadas con su padre; el viaje a Barcelona; la apuesta por el Tottenham y su decisión de volver a España sin poder imaginarse una final europea, y menos aún?

Hay un hombre especialmente desesperado en París: Seaman es el que mejor sabe que retrocede mal, que ese balón contiene veneno. Que Nayim le va a complicar la vida -la vida-.

En esa acción fallida, desesperada, intenta tocar la pelota; quiere sacársela, apartarla, desviarla; pero es tarde, y en su empeño, cae hacia atrás. Como el balón: ese pelotazo con mando a distancia no tiene ya quien se oponga y se entrega al beso con la portería. Se aloja, definitivamente -para siempre-, dentro de la portería inglesa.

El temblor del estadio -de Zaragoza y España entera- es el pellizco en tu sueño, Nayim. Medio mundo explota con el grito universal de la pasión del fútbol: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡Goooooooooool!!!!!!!!. Y tú, persiguiendo ese dedo que es la imagen de tu magia, buscas refugio en los tuyos. Alí, papá, va por ti: por tu seguridad, por tu confianza, por tu fe, por tu apoyo.

El abrazo de la admiración, el del banquillo, el de todos sus compañeros, derrota al ceutí, que cae por fin, agotado, incapaz de escapar del asedio de la felicidad.

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