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BARES DE ZARAGOZA

Casa Antonio cumple 70 años: "El que entiende el aspecto de este bar, nos entiende a nosotros. Ese es el espíritu".

El restaurante de la calle Dato de Zaragoza exhibe orgulloso su solera conservando como oro en paño su estética 'vintage' y su ambiente familiar. Estos días sortea las cornadas de la pandemia sirviendo a domicilio sus populares y asequibles menús caseros.

Roberto López Ruiz y su mujer, Sole González, de Casa Antonio.
Roberto López Ruiz y su mujer, Sole González, de Casa Antonio.
Toni Galán

Cuenta Roberto López cómo en los años 50 su restaurante, Casa Antonio, acogía en Nochebuena a aquellos que no habían podido reunirse con los suyos. El recuerdo forma parte de los 70 años de vida que estos días cumple este negocio familiar de la calle Dato de Zaragoza. Y se antoja paradójico cuando en 2020 es la clientela la que, en cierta forma, recibe a domicilio a Casa Antonio

Como a muchos compañeros, la pandemia les ha animado a apuntarse a lo de la comida para llevar. En su caso, sus populares menús caseros a 11.20 euros.

Así que estos días viajan a cada casa los sabores que Sole, cocinera, socia y esposa de Roberto, prepara con mimo. Pero el ambiente, no. El ambiente de los bares no admite un 'take away'.

Casa Antonio es uno de los ya escasos ejemplos que en Zaragoza merecen el calificativo de 'bar de toda la vida'. No solo por su solera, sino también por su estética. Un aspecto 'vintage' (que hace furor, por ejemplo, entre los jóvenes de ciudades como Madrid o Barcelona) y que es una apuesta personal de sus dueños (además de Roberto y Sole, Armando López) por una manera de hacer, por un estilo de vida y por un legado.

"Casa Antonio se conserva así porque es lo que hemos mamado", dice Roberto sin vacilar. Reconoce que hubo algún momento en que se plantearon cambiar de aspecto el local, porque, admite, "también es un 'handicap'". Pero "lo pensamos mejor y vimos que no merecía la pena".

El establecimiento conserva así un aura que ayuda a crear un particular ecosistema: "Aquí se nota cuándo una persona entra y no hay empatía, no encaja...", explica Roberto. "El que entiende el aspecto de este bar, nos entiende a nosotros. Ese es el espíritu", remarca.

Es una apuesta por la tradición que vive, entre otras cosas, de una clienta fija en su mayoría y que en Casa Antonio valoran como un activo. "Estamos súper agradecidos a nuestra clientela, podemos decir que el 80% son amigos", dice emocionado.

Sole y Roberto, con una imagen familiar de los orígenes del bar.
Sole y Roberto, con una imagen familiar de los orígenes del bar.
Toni Galán

"Aquí vienen muchas cuadrillas", explica Roberto. "Jugaban a las cartas y luego se quedaban a cenar...". En este sentido, la pandemia ha dado de lleno en una de las líneas de flotación del negocio, algo más que un bar y un restaurante, casi un club social que Roberto confía en que recupere su efervescencia tras este mal trago. "Me consta que hay gente que no se está viendo desde que no se puede venir al bar", dice. "Ahora nos falta sobre todo ese volumen de gente que venía aquí buscando un lugar amable en el que encontrarse". Roberto teme que esta pandemia cambie hábitos. Si bien  su bar no era refractario a nuevos formatos de ocio, pues comenzaba a tener sus adeptos entre los amantes  del tardeo.

En estas siete décadas han pasado por Casa Antonio centenares de clientes. Los primeros, en los 50, formaban parte de un barrio, el del Carmen, que, entonces, y aunque parezca increíble, no era considerado el centro de Zaragoza. "Era como un pueblo, todo el mundo se conocía". 

Relata Roberto: "La historia de Casa Antonio se remonta a mis abuelos, que regentaban un quiosco de bebidas en el entonces boulevard de Independencia, a la altura de la plaza de España. Por la reforma, se mudaron al Tubo, pero el local era muy pequeño. Y mi abuelo decidió trasladarse aquí, a la calle Dato. La gente no lo entendía, porque en aquellos años esto era un poco el extrarradio".

Casa Antonio emprendió en Dato un longevo camino, que implica ya a tres generaciones, en el radio de acción del mercado del Carmen y de una Facultad de Medicina cuyos estudiantes se acercaban a la calle Dato a tomar un café o una cerveza. Ahora, aquellos jóvenes son médicos al borde la jubilación que aún se acercan por el bar.

Con ellos, una larga lista de parroquianos. En Casa Antonio el pintor Pascual Blanco celebraba sus tertulias. También era un 'habitué' Joaquín Carbonell. Y se hacía él mismo los huevos fritos del desayuno Luis Astolfi, el que fuera conocido jinete, que durante sus época haciendo la mili en Zaragoza llegó a ese grado de familiaridad con los López. También son amigos para siempre algunos de los jugadores del CAI Junior, en el que se formaban jugadores luego muy conocidos, como Fran Murcia o Santi Aldama. "La sede del club estaba en Doctor Cerrada y el gerente dijo si podían venir a comer. Yo dije que sí, pero pregunté: Oye, ¿pero cuánto comen? Y el gerente contestó: menú y medio". Esta relación con el baloncesto llevó a Casa Antonio a otro popular y recordadísimo jugador: Kevin McGee. "Era un cachondo", recuerda Roberto.

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