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NEgocios y Pandemia

Magdalenas a medio gas en la Panificadora Santa Lucía de la Puebla de Híjar

El negocio de la familia Conesa Izquierdo, el único horno de leña del pueblo turolense, ha reducido su producción a la mitad a causa de la pandemia.

Mercedes Izquierdo (a la derecha) y Beatriz Conesa, madre e hija al frente de la Panificadora Santa Lucía.
Mercedes Izquierdo (a la derecha) y Beatriz Conesa, madre e hija al frente de la Panificadora Santa Lucía.
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Hace tres décadas que la familia Conesa Izquierdo se mudó a la localidad turolense de La Puebla de Híjar para llevar el horno de leña del pueblo. Mariano Conesa y Mercedes Izquierdo, naturales de Villarluengo, vivían por aquel entonces en Castellón pero seguían manteniendo el contacto con Aragón, dedicados a la venta de harina en la zona.

Así fue como los panaderos de La Puebla, que se iban a jubilar, ofrecieron a Mariano su negocio. Este aceptó y se trasladó con su mujer y cuatro hijos al Bajo Martín para empezar una nueva vida.

Actualmente, con el patriarca ya retirado, Mercedes y una de sus hijas, Beatriz, se ocupan del negocio familiar. Su nombre oficial es Panificadora Santa Lucía y es el único horno de leña del pueblo. En él se hornean hasta 40 productos diferentes, entre distintos tipos de pan y artículos de repostería.

En el top ventas están las magdalenas que, en estos tiempos, han visto mermadas considerablemente sus ventas. “La repostería ha bajado mucho”, explica Beatriz. Si antes, cada viernes, se preparaban entre 200 y 300 docenas de magdalenas, ahora se hacen unas 100 a la semana. Lo mismo sucede con los mantecados o los cuernos, cuya producción se ha reducido a la mitad porque no hay demanda.

Esto se debe fundamentalmente a que el negocio, además de los vecinos que compran el pan a diario, se nutre en buena medida de quienes visitan el pueblo los fines de semana y los puentes festivos o vacaciones. Su principal público son los residentes en Zaragoza que tienen una segunda residencia en La Puebla y que este año, dadas las restricciones de movilidad, no están pudiendo ir tanto como acostumbran. “Entre semana vamos tirando con los del pueblo pero el fin de semana solíamos vivir con los de la ciudad”, comenta Beatriz.

Al principio, la situación les pilló por sorpresa pero ahora ya saben que, si hay confinamientos perimetrales, los fines de semana tienen que hacer menos pan porque no lo van a vender todo.

El mayor bajón lo notamos en Semana Santa”, recuerda Beatriz, refiriéndose a una fecha durante la que el pueblo se llena, en una situación normal. El verano, lamenta, tampoco ha sido muy boyante, con más diferencia respecto a otros años en el mes de agosto. Con menos visitantes, sin fiestas patronales y sin grandes reuniones, las ventas en la panadería han bajado. “En circunstancias normales, quienes vienen de Zaragoza o de Barcelona a pasar el fin de semana o en vacaciones, a la vuelta se llevan bolsas y bolsas de magdalenas”, explica.

Tras un puente de Todos los Santos sin visitantes, el próximo de la Constitución así como las navidades se presentan igual de regulares. “Tal y como está la situación, iremos llevando el negocio según la demanda y cuando haya que echar más horas, las echaremos”, comenta Beatriz.

Adaptar la producción a la demanda

Pese a que la situación no acompaña, al tratarse de un negocio familiar, la panificadora Santa Lucía sigue adelante con la ayuda, si hace falta, del resto de miembros y la adaptación de la producción a la demanda. Para recortar costes, las cantidades producidas en el horno se han reducido a la mitad en casi todos sus productos.

Además, cuentan con varios puntos de venta, a parte del horno, situado en la calle Lorente de La Puebla. Su pan también se puede encontrar en Comestibles Charo, la tienda que presta servicio al barrio de la Estación, así como en el supermercado Coaliment o en la carnicería. De llevar las barras a estos despachos se ocupa Quino, el marido de Beatriz.

Natural de la vecina localidad de Híjar, donde actualmente residen con sus dos hijas, es monitor deportivo del Ayuntamiento y da clases de psicomotricidad y fútbol sala (ahora en el frontón, al aire libre). Cuando puede, echa una mano en la panadería, aunque no es el único de la familia que pasa de vez en cuando por ahí. “Mi hija Lucía, de siete años, es ya toda una experta en hacer magdalenas”, cuenta su padre a modo anecdótico.

Aguantar el tirón reduciendo gastos

Aunque la crisis del coronavirus ha afectado a la panadería Santa Lucía, Beatriz trata de tener una visión optimista de la situación. “No hemos tenido que cerrar y de salud vamos bien”, resume. Además, al tratarse de un negocio familiar, solo tienen un sueldo que pagar, el de una empleada que trabaja en el horno los viernes y sábados.

Para los demás, la cuenta es fácil: si hay menos ingresos, toca repartir a menos. “Pero tampoco tenemos ahora mucho en lo que gastar”, dice resignada. Su principal estrategia para adaptarse a la nueva situación es controlar mucho más la producción, con la consiguiente reducción de los gastos.

En cuanto al reparto a domicilio o a otros pueblos, por el momento no se lo plantean ya que la demanda no es tan alta como para que salga rentable. Lo que sí reciben es encargos de cierto volumen para pasar a recoger desde localidades cercanas, como Azaila o Jatiel, un pueblo de 60 habitantes a 20 minutos de La Puebla sin panadería, desde el que algunos jóvenes se desplazan con pedidos de varios vecinos.  

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