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La guarnicionera que sigue la tradición familiar dando puntadas a flor de piel 

Carlos y Marimar Berdejo, padre e hija, conservan un preciado tesoro familiar: el oficio de guarnicionero. De su taller de Zaragoza salen aparejos y finos bolsos, cosidos a mano y "hechos desde el corazón".

La cuchilla de media luna se columpia sobre una pieza de piel. En el filo de esa herramienta se ha reflejado el oficio de varias generaciones de la familia Berdejo: la guarnicionería. Esa profesión ha sido una herencia, como las antiguas cajas de cartón donde se guardan las fornituras y hebillas, los útiles que lucen como si fuera un museo sobre el banco de trabajo, las máquinas de coser, los patrones dibujados a mano o el mostrador de la tienda, ahora en la calle de Matías Carrica del Casco Histórico de Zaragoza.

Carlos y Marimar, padre e hija, son de los pocos guarnicioneros que mantienen vivo el oficio en Aragón, junto con compañeros de Lumpiaque, Gistaín o Borrés. El censo de 1890 dice que en Zaragoza había 28. Una cifra que aumentó en los años posteriores: 30 en 1892 y 38 en 1910. Y siguió en alza: en 1934 llegó a contar con más de medio centenar de profesionales en toda la ciudad.

Carlos Berdejo, junto a su hija, Marimar, en el banco de trabajo del taller.
Carlos Berdejo, junto a su hija, Marimar, en el banco de trabajo del taller.
Oliver Duch

Desde entonces las necesidades de la sociedad han cambiado y los productos que salen de las guarnicionerías se han adaptado. Antes hacían más aparejos para las caballerías y ahora lo más parecido son los collares para perros personalizados o algún encargo suelto para pastores. Incluso se han incorporado nuevos clientes, como las cofradías de Semana Santa que les encargan cinchas para tambores y bombos, portaestandartes y bandoleras con cujas -unos pequeños cilindros donde encajar los atributos-. Carteras, monederos, llaveros o bolsitas de Judas cuelgan de cada rincón de la coqueta tienda. También bolsos, como los que nacieron hace unas décadas tomando como base las carteras de cobro de los ferroviarios, un diseño propio de este taller y que era de uso reglamentario en Renfe. Detrás del nuevo abanico de creaciones están las técnicas que han trascendido como un tesoro familiar: cortar, lujar o coser a media carne.

Los bolsos que nacieron del modelo de cobrador de los ferroviarios.
Los bolsos que nacieron del modelo de cobrador de los ferroviarios.
Oliver Duch
"Es un orgullo que mi hija continúe con el taller de mi abuelo"
Tienda de Bolsos Berdejo en la calle de Albareda.
Tienda de Bolsos Berdejo en la calle de Albareda.
Berdejo

En la plaza de San Antón, donde hasta hace unos pocos años todavía estaba el cartel, fundó un taller Francisco Berdejo en la década de los 40. Su hijo, José Luis, lo continuó en la calle de San Pablo y en Albareda, donde abrió una tienda de bolsos mientras se construía el Edificio Ebrosa. En el local del corazón del barrio del Gancho dan las puntadas los primeros recuerdos de Marimar, la cuarta generación. Rememora a su abuelo al fondo del taller y a su padre en una "mesica" de la entrada, de quien, codo con codo, ha aprendido el oficio. "Es un orgullo que mi hija continúe con el taller de mi abuelo", se sincera Carlos. Ella estudió un módulo de informática, pero la crisis de 2008 y la experiencia de varios veranos en la guarnicionería le llevó a establecerse y seguir la estela familiar. "A mí lo que me gusta es que cada día se hace un trabajo diferente. Te viene una persona, te explica lo que quiere y tú le aconsejas. Eso me agrada", confiesa la joven.

"Últimamente parece que la gente valora más las cosas hechas a mano"
Carlos y Marimar Berdejo, en la tienda de productos de guarnicionería.
Carlos y Marimar Berdejo, en la tienda de productos de guarnicionería.
Oliver Duch

Hace más de una década que Marimar levanta la persiana cada día, tiempo en el que ha notado cómo se ha revalorizado la profesión. "Últimamente parece que la gente valora más las cosas hechas a mano. Están muy cansados de la fabricación en China. Compras algo de poca calidad y se rompe a los dos días, sin embargo lo hecho a mano, aunque sea más caro, es mejor y tiene una historia detrás. Son cosas hechas desde el corazón", manifiesta Berdejo.

Los nuevos escaparates.

Sus conocimientos con la informática le han llevado a abrir el negocio a nuevos planos: el mundo digital. Por ejemplo, prepara una nueva página web para vender a través de esa vía y en el banco de trabajo, con las herramientas que ha heredado de sus antepasados, tiene a mano el móvil, desde donde comparte los trabajos en las redes sociales. Ha encontrado en Facebook, Twitter e Instagram un nuevo escaparate. "Vienen muy bien, pero mi mejor red social es el boca a boca", reconoce. Desde el taller de la guarnicionería aseguran que los clientes son su mayor tesoro: "Si un trabajo lo tengo que repetir cinco veces, lo hago. A mí no me gusta entregar chapucerías. Es algo que me han enseñado tanto mi abuelo como mi padre a lo largo de los años. Prefiero perder 15 o 20 euros antes que un cliente".

"Vienen muy bien, pero mi mejor red social es el boca a boca"

La defensa por el comercio de proximidad en la guarnicionería de los Berdejo es total, así como el entramado que se teje entre las tiendas de la zona. "Compran un capazo en la cestería de la calle del Temple y vienen aquí para que les pongamos las asas. También estamos muy agradecidos con los zapateros de Zaragoza porque me mandan a mucha gente para arreglar los complementos que ellos no pueden, vienen incluso con planos para guiarse", ríe Marimar.

Los Berdejo son habituales de las ferias de artesanía, como la del Pilar o la que se suele organizar en diciembre en la Sala Multiusos de Zaragoza. La pandemia ha dificultado estas muestras, pero mantienen la esperanza en la campaña de Navidad, una época en la que son frecuentes los encargos personalizados.

La personalización es una de las actuales apuestas de este taller, ahora gracias a una máquina de láser. Las nuevas tecnologías conviven con la tradición en este rincón del centro de la capital aragonesa, donde las curtidas manos de los guarnicioneros acarician la piel con un mimo que parece que viene de familia.

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