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30 AÑOS DE GUERRAS BALCANICAS (y 10)

Ajuste de cuentas con la historia

Decenas de miles de crímenes son imposibles de perpetrar sin la colaboración de miles de asesinos. Pero apenas se juzga a una minoría cualificada mientras la inmensa mayoría de los criminales nunca son molestados y, muchas veces, continúan viviendo cerca de los familiares de sus víctimas.

Traslado de 775 ataúdes de víctimas del genocidio en Srebrenica (Bosnia-Herzegovina) en julio de 2010
Traslado de 775 ataúdes de víctimas del genocidio en Srebrenica (Bosnia-Herzegovina) en julio de 2010
Gervasio Sánchez

Decenas de miles de crímenes son imposibles de perpetrar sin la colaboración de miles de asesinos. Ocurrió en las cámaras de gas nazis, en el régimen de los jemeres rojos en Camboya, en Ruanda durante el genocidio tutsi o en los Balcanes durante sus guerras civiles. Pero apenas se juzga a una minoría cualificada mientras la inmensa mayoría de los criminales nunca son molestados y, muchas veces, continúan viviendo cerca de los familiares de sus víctimas.

De las 4.850 peticiones de procesamientos individuales que fueron solicitadas en los juicios de Nuremberg tras la derrota del régimen asesino de Adolf Hitler y el fin de la Segunda Guerra Mundial, sólo se acusó formalmente a 611 personas emblemáticas entre los que había altos cargos políticos y militares nazis, médicos o jueces, entre ellos a 19 de sus principales líderes, doce de los cuales fueron condenados a morir en la horca.

Otros 4.600 responsables fueron condenados por crímenes del nazismo en los tribunales ordinarios entre 1945 y 1948. Un número apenas simbólico si tenemos en cuenta que más de un millón de personas participaron en el accionar de la máquina de matar que provocó el asesinato masivo de millones de judíos, gitanos y opositores.

Durante el régimen de los jemeres rojos más de un millón y medio de camboyanos fueron liquidados entre 1975 y 1979 y hubo que esperar hasta 2018 para que dos altos responsables de la brutal matanza, que ya tenían 92 y 87 años, fueran condenados a cadena perpetua.

El Tribunal Internacional que investigó el genocidio tutsi en Ruanda durante la primavera de 1994 dictó una decena de cadenas perpetuas y un puñado de condenas menores de cárcel cuando las investigaciones demostraron que decenas de miles de ruandeses de la mayoría hutu, entre ellos mujeres y menores, participaron directamente en los crímenes.

Víctimas camboyanas del genocidio perpetrado por los jemeres rojo entre 1975 y 1979
Víctimas camboyanas del genocidio perpetrado por los jemeres rojo entre 1975 y 1979
Gervasio Sánchez

Algo parecido pasó con el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia en el que 161 personas fueron procesadas entre los que había 94 serbios, 29 croatas, 9 albanokosovares, 9 bosnios-musulmanes, y en el que sólo fueron dictadas cuatro cadenas perpetuas, la última ratificada el pasado junio contra el general Ratko Mladic, conocido como el carnicero de los Balcanes.

En marzo de 1993 fui testigo en Sarajevo del primer juicio por genocidio contra Borislav Herak, un soldado serbo-bosnio de 22 años, juzgado en base a su propio testimonio en el que admitió su culpabilidad en 32 asesinatos y 16 violaciones. La Fiscalía Militar presentó una acusación contra él por genocidio, crímenes de guerra contra la población civil y prisioneros.

Durante el juicio Herak admitió haber participado en la matanza de unos 150 habitantes de la aldea de Ahatovici, incluidos niños. Las víctimas fueron ametralladas y arrojadas, algunas aún vivas, a una fosa común. El joven serbio afirmó que se merecía la muerte tras ser condenado a la pena capital en el primer juicio por genocidio desde la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, se le conmutó por cadena perpetua y años después se le redujo a 20 años. Hoy está libre.

Recuerdo que pasé varias horas enfrente de Herak y lo pude fotografiar a menos de dos metros de distancia mientras la Fiscalía iba desgranando crimen tras crimen en un durísimo alegato que ponía la piel de gallina. Me pareció estar ante la reencarnación del mal. Algunos familiares y amigos aseguraron que el joven serbio era una persona pacífica que siempre mantuvo antes de la guerra un buen comportamiento sin que nadie conociese un incidente digno de recordar en el que hubiera estado implicado.

Durante aquellos días me pregunté muchas veces qué hace posible que un chico pacífico y gris del montón se convierta en un terrible asesino. ¿Cómo era posible que hubiera actuado con tal grado de odio contra personas como él, similares a sus vecinos con las que convivía desde su nacimiento? ¿Por qué la guerra convierte a personas modélicas en terribles asesinos?

El Tribunal Penal Internacional, con sede en La Haya, acusó el 27 de mayo de 1999 a Slobodan Milosevic de crímenes contra la humanidad. La fiscal Louise Arbour aseguró que el líder serbio había ordenado y planificado las brutales violaciones de los derechos humanos perpetrados en Kosovo, entre ellas la deportación masiva de más de 750.000 albanokosovares y el asesinato de varios centenares.

En el acta de acusación, la fiscal afirmó que Milosevic utilizó a sus fuerzas armadas y policiales para llevar a cabo la limpieza étnica. Arbour también aseveró que en el futuro podría ser acusado de similares cargos por sus responsabilidades en las guerras de Croacia y Bosnia-Herzegovina.

Borislav Herak, serbo-bosnio de 22 años, es juzgado por genocidio en Sarajevo en marzo de 1993
Borislav Herak, serbo-bosnio de 22 años, es juzgado por genocidio en Sarajevo en marzo de 1993
Gervasio Sánchez

Milosevic, principal arquitecto de la tragedia balcánica, era ya considerado como el máximo responsable de lo ocurrido en Bosnia-Herzegovina donde sus principales colaboradores, el psiquiatra Radovan Karadzic y el general Ratko Mladic, ambos condenados a cadena perpetua en La Haya, utilizaron a la población para sus experimentos criminales, provocando centenares de miles de muertos y desaparecidos y la violación sistemática de miles de mujeres y menores, una práctica equiparada por el tribunal internacional como un crimen de lesa humanidad.

Su nefasta influencia sobre el destino de los serbios empezó a debilitarse a partir de octubre de 2000 tras un intento de pucherazo electoral en Serbia. En abril de 2001, el Tribunal Penal Internacional solicitó su detención y fue trasladado a La Haya para ser juzgado, pero su repentina muerte el 11 de marzo de 2006 en su celda impidió proseguir su juicio y, por tanto, nunca pudo ser condenado.

Otro gran responsable del desbarajuste balcánico y que se salvó de ser juzgado también por su muerte fue el presidente de Croacia Franjo Tudjman, fallecido el 10 de diciembre de 1999. En julio de 2001 su nombre apareció por primera vez mencionado en una acusación del Tribunal Penal Internacional.

En el acta contra el general croata Ante Gotovina, Tudjman fue relacionado con la comisión de crímenes contra la humanidad por su participación en la persecución de los serbios de Krajina durante el conflicto entre serbios y croatas (1991-1995). En la acusación se decía lo siguiente: "Ante Gotovina, individualmente o en concierto con otros, como el presidente croata Franjo Tudjman, planificó, instigó, ordenó, cometió, ayudó o contribuyó a la preparación y ejecución de persecuciones contra la población serbia", incluidos asesinatos, saqueos y deportaciones, que constituyen crímenes contra la humanidad y que se cometieron durante la operación Tormenta llevada a cabo por las fuerzas croatas en 1995.

Tres mujeres atraviesan el cementerio donde están enterradas 512 víctimas kurdas sin identificar asesinadas y desaparecidas durante el régimen de Sadam Hussein
Tres mujeres atraviesan el cementerio donde están enterradas 512 víctimas kurdas sin identificar asesinadas y desaparecidas durante el régimen de Sadam Hussein
Gervasio Sánchez

En su fantástico libro 'No matarían ni una mosca', en el que la valiente croata Slavenka Drakulic, poco querida por las autoridades de su país, analiza a los criminales de guerra durante su paso por el banquillo de los acusados y su estancia en la cárcel, se recoge una gran reflexión del psicólogo Ervin Staub: "El mal que surge de una mentira ordinaria y es cometido por gente ordinaria es la norma, no la excepción".

La autora descubrió y, así lo describió en su libro, que los criminales de guerra serbios, croatas y musulmanes vivían juntos sin traumas ni enfrentamientos en la cárcel de Scheveningen, el centro de detención de la Corte Penal de La Haya. Las autoridades carcelarias habían pensado en separarlos, pero se nunca lo hicieron por la existencia de un buen ambiente de camaradería entre los criminales de las diferentes religiones y etnias.

Eran los mismos criminales que habían desmembrado un país, Yugoslavia, ejerciendo una influencia maligna que había provocado cinco guerras brutales, los mismos que habían ordenado a sus huestes violar, deportar, matar y desaparecer, construido campos de concentración, ideado la política del odio para enfrentar a las comunidades, convirtiendo a hombres ordinarios en criminales. Los mismos que se respetaban y jugaban juntos a las cartas como si fueran amigos de la juventud.

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