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30 AÑOS DE GUERRAS BALCANICAS (1)

El viejo puente de Mostar

En verano de 1991 los parlamentos de Croacia y Eslovenia proclamaron la independencia y empezó un periplo sangriento que duró diez años y cuyas consecuencias todavía se sufren en la actualidad.

Puente destruido en Mostar, setiembre de 1992
Puente destruido en Mostar, setiembre de 1992
Gervasio Sánchez

La cobertura de las guerras balcánicas forma parte imprescindible de mi vida profesional como fotógrafo y periodista. Hace 30 años, en el inicio de mis años treinta, llegué a los Balcanes poco después de que empezará la desintegración de Yugoslavia, un país que había conocido al empezar la carrera universitaria en 1981.

Aquel verano de 1991 los parlamentos de Croacia y Eslovenia proclamaron la independencia y empezó un periplo sangriento que duró diez años, convirtió amplios territorios en un matadero y sus consecuencias se siguen sufriendo en la actualidad.

Hoy Yugoslavia son siete países (Eslovenia, Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Montenegro, Macedonia del Norte y Kosovo) después de cinco guerras, centenares de miles de muertos, decenas de miles de desaparecidos, miles de mujeres y menores violadas, millones de desplazados y refugiados y, si todo esto no fuera suficiente, un retroceso económico de tres décadas en amplias zonas de la antigua Yugoslavia.

Mercenarios españoles en Mostar delante de un cementerio improvisado, setiembre de 1992
Mercenarios españoles en Mostar delante de un cementerio improvisado, setiembre de 1992
Gervasio Sánchez

En mi primer viaje como estudiante de periodismo en setiembre y octubre de 1981 a Yugoslavia, un año y medio después de la muerte del dictador Josep Broz Tito en mayo de 1980, me sorprendió encontrarme con un país que estaba mejor preparado para hacer la transición del comunismo a la yugoslava (nada que ver con los experimentos en el bloque soviético) al capitalismo que España, en el inicio de la democracia.

Yugoslavia estaba estratégicamente mejor situada en el mapa europeo, más cerca de Alemania, el pulmón económico de Europa, que ya tenía grandes inversiones en el territorio balcánico. Además, los yugoslavos hablaban idiomas que nosotros, eran superiores en casi todos los deportes colectivos, ganaban mundiales de baloncesto, eran unos genios en ajedrez y presentaban los mejores grupos de rock europeos después de los británicos.

Si alguien en 1981 me hubiera dicho que una década después todo iba a saltar a mil pedazos e iba a ver con mis propios ojos la violencia desatada de los seres humanos matando sin piedad a sus vecinos, me hubiera echado a reír.

Aunque las tensiones ya eran evidentes en Yugoslavia desde finales de los ochenta, en el verano de 1990 millones de turistas europeos eligieron pasar sus vacaciones en Yugoslavia y los hoteles de la maravillosa costa dálmata se llenaron de turistas italianos, alemanes, austriacos y del resto de Europa. Eran tiempos de gran competencia con España y los mejores precios de los paquetes turísticos estaban poniendo en jaque la industria turística española.

Primeros soldados españoles heridos por la explosión de una mina, diciembre de 1992
Primeros soldados españoles heridos por la explosión de una mina, diciembre de 1992
Gervasio Sánchez

Regreso por enésima vez a los Balcanes este mes de julio de 2021, coincidiendo con los 30 años del inicio del gran desastre y en el segundo verano de la pandemia de la covid 19, con las carreteras adriáticas sorprendentemente desiertas, algo que no veía desde las guerras de los noventa. Croacia y por extensión Montenegro y Bosnia-Herzegovina necesitan recuperar el turismo que han perdido por culpa del coronavirus.

La llegada a Dubrovnik, una de las ciudades más bellas del mundo pero asfixiada por las masas turísticas y los precios abusivos en los últimos años, no puede ser más caótica. Las autoridades croatas exigen una prueba PCR a los que no están vacunados. La coincidencia de varios vuelos a la misma hora obliga a guardar una cola de hora y media sin posibilidad de guardar la distancia de seguridad.

Las autoridades aeroportuarias han sido incapaces de reforzar el servicio de control de pasaportes y media docena de policías malhumorados (siempre una garantía en Croacia) tienen que batallar a un ritmo pasmoso con más de 500 pasajeros. La recogida del equipaje se convierte en otra odisea al quedar bloqueados centenares de maletas en las cintas. Por supuesto los trabajadores de la terminal son incapaces de hacer lo más lógico: sacar las maletas de las cintas saturadas y liberar espacio.

Viajar por la costa adriática desde el sur al norte obliga a atravesar los 21 kilómetros de salida al mar de Bosnia-Herzegovina. Desde la entrada de Croacia en la Unión Europea en 2013 este mero tránsito entre vecinos se ha convertido en una gran pesadilla. Por suerte hoy apenas hay tráfico, pero lo normal es tener que esperar en temporada alta dos horas en colas que pueden llegar a medir cinco kilómetros. De nuevo, los croatas incapaces de solucionar un trámite que seguramente duraría mucho menos si los policías fronterizos fueran más eficientes.

Puente Viejo reconstruido en 2004. Vista general
Puente Viejo reconstruido en 2004. Vista general
Gervasio Sánchez

Mostar es una de las ciudades más interesantes y bellas de todos los Balcanes, situada al sur de Bosnia-Herzegovina, a orillas del río Neretva, y presidida por un puente otomano, el Stari Most, el Puente Viejo, que da nombre al lugar, y que fue erigido en 1566 bajo las órdenes del sultán Suleiman el Magnífico.

Aunque había visitado Mostar en 1981, apenas pude reconocerla en setiembre de 1992 cuando entré en la ciudad bombardeada por la artillería serbia-ortodoxa desde las colinas aledañas y defendida por una entente de croatas-católicos y bosnios-musulmanes.

Mi interés por Mostar tras abandonar la sitiada Sarajevo radicaba en preparar un reportaje sobre la ciudad donde se iban a desplegar los legionarios y los paracaidistas españoles de la primera misión humanitaria a partir de noviembre de 1992.

La ciudad estaba muy destruida y varios puentes que comunicaban el barrio otomano con la parte moderna de la ciudad habían sido volados con dinamita. De algunos hoteles solo quedaban los esqueletos calcinados. Un año después, el puente histórico, que había sobrevivido a 400 años de tensiones balcánicas y episodios bélicos, fue destrozado a cañonazos por unidades del Consejo Croata de Defensa con el objetivo remarcable de destruir los puentes de convivencia entre las comunidades católica y musulmana.

Slododan Praljak, uno de los militares de alto rango responsables de la destrucción del puente y de crímenes contra la humanidad, fue acusado formalmente en abril de 2004 por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia. Nueve años después, en mayo de 2013, el tribunal condenó a Praljak y otros cinco altos cargos croatas a penas de cárcel. El 29 de noviembre de 2017, el tribunal de apelación confirmó su sentencia de 20 años y segundos después Praljak ingirió una capsula de cianuro de potasio delante del alto tribunal que le provocó la muerte. Todavía hoy algunos sectores radicales croatas lo consideran un héroe y es habitual ver pintadas recordando sus cobardes hazañas contra los civiles musulmanes.

Turistas atravesando el viejo puente
Turistas atravesando el viejo puente
Gervasio Sánchez

En setiembre de 1992 nos topamos en Mostar con tres mercenarios españoles de entre 33 y 25 años que luchaban en una unidad internacional dirigida por un mercenario británico encuadrada en el Consejo de Defensa Croata. Su principal misión, según confesaron, era participar en misiones nocturnas de "limpieza antiterrorista, buscando francotiradores". Uno de ellos no tuvo empacho en asegurar que "luchamos junto a los croatas porque son tan fascistas y católicos como nosotros". Tampoco tuvieron inconveniente en reconocer que "los croatas se ponen hasta el culo de alcohol y luego en los combates se producen los excesos".

Entre las fuerzas croatas había grupos de ideología fascista y racista y se reconocían en los ustachas, que tuvieron una trágica y violenta influencia en la Segunda Guerra Mundial asesinando a centenares de miles de serbios y judíos. Usaban descaradamente símbolos neonazis, incluidas fotografías de Hitler y de su alumno aventajado Ante Pavelic, el jefe del estado ustacha, que se exilió en España protegido por el dictador Francisco Franco.

La plaza España es una de los centros neurálgicos de Mostar. Es un homenaje al contingente español que se desplegó en esta ciudad y en otras del valle del río Neretva durante la guerra de Bosnia-Herzegovina entre 1992 y 1995 y que también participó en la reconstrucción de la antigua república yugoslava. La lista de los 22 soldados y un intérprete muertos durante los años de la misión internacional preside un monolito rodeado de las banderas de España, la Unión Europea y Bosnia-Herzegovina.

La primera misión española entre noviembre de 1992 y marzo de 1993 fue muy tranquila con apenas un par de soldados heridos leves por la explosión de una mina y varios accidentados por culpa de la trepidante conducción balcánica. Pero en abril de 1993 empezó la brutal guerra entre bosnio-musulmanes y croatas católicos y España pagó un alto precio en vidas especialmente en los años 1993 y 1994 con quince muertos en un año y medio.

Pasear por Mostar es una delicia. Decenas de restaurantes y cafés te permiten disfrutar de unas vistas panorámicas espectaculares y protegerte a la sombra de las altas temperaturas que suelen alcanzar y superar los 40 grados en julio. Una de las tradiciones más interesantes son los saltos sobre el rio desde una altura de 24 metros del Puente Viejo, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, un rito de iniciación que tiene cuatro siglos de vigencia.

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