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30 AÑOS DE GUERRAS BALCANICAS (3)

El gran valle de lágrimas

Este domingo se cumple un aniversario más de la mayor orgía de violencia y muerte producida en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Familiares de víctimas rezan ante los ataúdes.
Familiares de víctimas rezan ante los ataúdes.
Gervasio Sánchez

Hoy 11 de julio se cumple un aniversario más de la mayor orgía de violencia y muerte producida en Europa desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Un día como hoy de 1995, hace 26 años, los radicales serbios obligaron a la población civil de Srebrenica a abandonar sus casas y dirigirse a pie a la fábrica de Potocari, donde se encontraba el cuartel general del batallón militar holandés.

Decenas de miles de desplazados musulmanes se habían refugiado en la localidad protegida por el mandato de la ONU bajo las resoluciones 819, 824 y 836, aprobadas por el Consejo de Seguridad entre el 16 de abril y el 3 de junio de 1993.

Los radicales serbios, por órdenes del general Ratko Mladic, condenado a cadena perpetua por genocidio, crímenes de guerra y contra la humanidad, filmaron imágenes de pura propaganda, ofrecieron chocolatinas a los niños y empezaron a separar a hombres en edad militar de mujeres y niños ante la pasividad y la inoperancia de los soldados de Holanda y por extensión de la ONU, la OTAN y la Unión Europea, organismos tan responsables de la matanza de aquellos días como los mismos matarifes.

Retrato de Ivo Andric en Visegrad.
Retrato de Ivo Andric en Visegrad.
Gervasio Sánchez

Entre las imágenes más vomitivas destacan aquellas que muestran al genocida general Mladic acariciando rostros de menores musulmanes y brindando con el teniente coronel holandés Thomas Karremans, el jefe del operativo militar de la ONU, que actuó con gran apatía y falta de pundonor y valentía.

Entre 8.372 víctimas, incluidos algunos centenares de niños y un puñado de mujeres, según cifras oficiales de la Comisión Internacional de Búsqueda de Personas Desaparecidas, y 10.500, dato estimado por la organización Madres de Srebrenica, desaparecieron durante los días posteriores a aquel 11 de julio de 1995.

Tras el fin de la guerra unos meses después, en diciembre de 1995, se creó un banco sanguíneo con casi cien mil muestras de ADN de los familiares de los desaparecidos y se empezó a buscar los centenares de fosas clandestinas donde se encontraban los restos de las víctimas.

Miles de cuerpos, muchos de ellos incompletos, fueron guardados durante años en unas grandes naves de las ciudades de Tuzla y Sanki Most, hasta que, gracias a programas de alta tecnología, comenzaron a identificarse a miles de los desaparecidos a principios del siglo XXI.

Una mujer llora en el cementerio de Potocari donde están enterradas las víctimas identificadas de Srebrenica.
Una mujer llora en el cementerio de Potocari donde están enterradas las víctimas identificadas de Srebrenica.
Gervasio Sánchez

A partir de abril de 2003 se abrió un gran cementerio en Potocari justo enfrente de lo que fue el acuartelamiento holandés de la ONU. Las primeras 603 víctimas, entre las que destacaban dos adolescentes de 15 años y un anciano de 76 años, fueron enterradas en el primer funeral masivo. Desde entonces cada 11 de julio ocurre lo mismo. En 2005 se enterraron 610, en 2010, 775 musulmanes y un católico. El año 2019 fueron 82 víctimas. Hoy sólo 19 cuerpos, entre ellos los de tres menores de 18 años.

El funeral de 2010 coincidió con la final del Mundial de España. Recuerdo que vi el partido en Sarajevo después de finalizar el funeral de Srebrenica. Es imposible que alguien no se enterase de aquel gol de Iniesta. Pero, ¿quién recuerda alguna imagen del posiblemente funeral más masivo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial?

Pasear por el campo santo de Potocari te obliga a enfrentarte a una verdad desnuda: familias enteras fueron aniquiladas. Padres e hijos, primos hermanos, cuñados, tíos y sobrinos. En 2010 se enterró al único católico, Rudolf Hren; en 2013 a una bebé llamada Fátima, de un mes de vida.

El Tribunal Penal Internacional de la Haya enjuició y condenó a varios de los máximos responsables del genocidio de Srebrenica. La primera sentencia se dictó en noviembre de 1996 contra Drazen Erdemovic, un croata que combatió en las filas radicales serbias, que fue condenado a diez años de cárcel por participar en la matanza de 1.200 musulmanes en una granja cercana a Srebrenica.

En marzo de 2000 se inició el juicio contra el general Radislav Krstic, el comandante de la unidad militar Lobos del Drina, formada por unos 15.000 soldados, la mayoría de los cuales participaron en la matanza. Fue condenado a 46 años de cárcel en la que supuso la primera pena por genocidio en la historia de Europa.

En 2010 fueron detenidos ocho policías serbios tras ser reconocidos en un video que mostraba la muerte de seis musulmanes maniatados a manos de varios de ellos. Ese mismo año el general Zdravko Tolimir, lugarteniente del genocida Mladic, fue condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad y genocidio en Srebrenica.

El puente otomano sobre el río Drina de Visegrad.
El puente otomano sobre el río Drina de Visegrad.
Gervasio Sánchez

Cuando viajo por el este de Bosnia, donde viven la mayoría de los serbios, suelo mirar a las personas que tenían entre 20 y 40 años en los años de la violencia generalizada y siempre me hago las mismas preguntas en silencio: “¿Fuiste un asesino? ¿Violaste a alguna mujer? ¿Cómo contamos a los asesinos cuando las víctimas se cuentan por decenas de miles?¿Es justo que sigan tomando café sin ser molestados?”

Recuerdo la historia de Borislav Herak, el asesino radical serbio al que fotografié el primer día de su juicio en Sarajevo en marzo de 1993, que reconoció 23 asesinatos y 16 violaciones, incluidas las de varias menores. Lo observé como si fuese la reencarnación del mal, un asesino en serie de 22 años sin empatía con sus víctimas.

Fue condenado a muerte, luego se le conmuto la pena capital por cadena perpetua. Solo pasó 20 años encarcelado. Nadie se explicaba qué le había transformado en un asesino. Era alguien vulgar y corriente que nunca había destacado en casi nada. Un joven del montón, que quizá había tenido mala suerte con las chicas en su vida de adolescente.

Un buen hijo, un buen amigo, un buen trabajador, según sus familiares y amigos. Un hombre incapaz de matar a una mosca antes de la guerra, como escribió Hannah Arendt en Eichmann en Jerusalén o Slavenka Drakulic en su viaje al corazón de las tinieblas balcánicas. La banalidad del mal. ¿Son monstruos o personas como nosotros?

Aunque lo peor quizá no sean los asesinatos ni siquiera los asesinos. Mucho peor son aquellos propagandistas que niegan lo ocurrido. Que utilizan las redes sociales, muchas veces escondidos detrás de identidades falsas, para falsificar la historia. Aquellos que basan su discurso en “ellos fueron peores”.

En Visegrad hay que visitar el hermoso puente otomano que cruza el río Drina. Es un puente que hizo aún más famoso el escritor Ivo Andric, ganador del Premio Nobel de Literatura en 1961.

En 2009 el Tribunal Internacional Penal para la antigua Yugoslavia con sede en La Haya condenó a cadena perpetua a Milan Lukic, uno de los criminales de guerra serbios más sanguinarios y brutales, acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad en esta ciudad.

El tribunal probó que Milan Lukin, de 41 años, tuvo una destacada participación como líder del grupo paramilitar "Águila Blanca" o "Los Vengadores" en el encierro de unas 70 mujeres, niños y ancianos bosnios musulmanes en sus casas, que incendiaron después con granadas en esta localidad bañada por el río Drina. El tribunal probó que sus paramilitares dispararon a sangre fría contra los que intentaron huir por las ventanas.

Lukin fue condenado por asesinar al menos a 142 personas. Los paramilitares radicales serbios organizaron una orgía de sangre y muerte que coloreó de rojo el propio río. En el censo de 1991, el año anterior al inicio de la guerra, en Visegrad vivían 13.471 bosnios-musulmanes (63,54% de la población) y 6.743 serbios (31,80%). El censo más reciente de 2013 afirma que la población total se redujo a menos de la mitad y sólo el 10% es musulmán.

Si alguna vez visitan Visegrad y se alojan en el hotel Vilina Vlas, entre bellísimas colinas, no olviden que están utilizando las mismas habitaciones donde fueron violadas al menos 200 mujeres por los paramilitares serbios, algunos de cuyos testimonios fueron utilizados en la Corte Penal Internacional para condenar a los genocidas.

Cuando atravesé todo el este de Bosnia el viernes 5 de junio de 1992 con la intención de llegar a Sarajevo, ciudad cercada desde abril de ese mismo, vi con mis propios ojos las calles de las ciudades serbias repletas de paramilitares que estaba participando en las masacres.

En Nova Kasaba, como siempre he hecho, suelo pellizcarme la piel porque sé que estoy vivo de milagro. Debería decir: estamos. En junio de 1992 diez periodistas extranjeros estuvimos a punto de ser ejecutados por un grupo de bosnios-musulmanes en una aldea llamada Sandici.

Aquel día veníamos de Belgrado y atravesamos el río Drina, frontera natural entre Serbia y Bosnia, en Bratunac, donde se encontraba el cuartel general de los serbios que dirigían la matanza en todo el valle.

Después de una negociación que duró horas conseguimos que nos permitieran proseguir nuestro viaje. Nos ordenaron sin paliativos que guardásemos las cámaras y nos filmáramos nada de lo que íbamos a encontrar por el camino. Nos amenazaron de muerte si lo hacíamos. El espectáculo que divisamos por las ventanas de los automóviles fue dantesco: casas incendiadas, animales muertos y paramilitares robando todo lo que encontraban de valor.

Tres kilómetros después de dejar las últimas posiciones serbias nuestros tres vehículos se encontraron con la carretera cortada a la entrada de la aldea de Sandici. Al bajarnos de los coches, un grupo armado formado por una decena de milicianos nos apuntó desde una colina aledaña.

Levantamos las manos y gritamos “Mi smo novinari” (Somos periodistas). Un par de milicianos llevaban granadas en las manos preparadas para lanzarlas. Recuerdo al fotógrafo Santi Lyon enseñándoles un rosario musulmán para calmarlos.

Después de varios minutos de gran tensión conseguimos convencerles de que no éramos serbios y nos trasladaron a una casa donde estuvimos retenidos 24 horas hasta que recibieron órdenes de liberarnos.

Tuvimos que regresar a las posiciones serbias atravesando la tierra de nadie, una de las situaciones más peligrosas de cualquier guerra. Un periodista de la CNN y quien firma este texto caminamos 500 metros a pie con una bandera blanca y las manos en alto. Éramos observados desde los blindados serbios y temíamos que nos ametrallasen en cualquier momento. Por suerte nos reconoció el oficial que estaba al frente del retén.

En Bratunac se concentraban muchas de las unidades de paramilitares serbios que venían de Serbia dispuestos a hacer el mayor daño posible. Eran asesinos y ladrones de week end. Nunca olvidaré las columnas de humo de las casas incendiadas antes de iniciar nuestro regreso a Belgrado. Fue la primera vez que escuché la palabra Srebrenica, la aldea que estaban bombardeando en aquel momento. Algunos paramilitares muy borrachos se divertían matando a los perros vagabundos huidos de las granjas asaltadas, quemadas y destruidas.

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