Internacional
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Blog - Los desastres de la guerra

por Gervasio Sánchez

30 AÑOS DE GUERRAS BALCANICAS (9)

Crónica de la deportación

Si 1998 fue un año violento con centenares de muertos y decenas de miles de desplazados, 1999 se convirtió en una catástrofe humanitaria que afectó a la mitad de la población albanokosovar, deportada a países limítrofes como Macedonia y Albania.

El cadáver de Salim Azem Gashi, un adolescente de 16 años, es abrazado por su padre mientras varias mujeres lloran desconsoladamente en julio de 1998
El cadáver de Salim Azem Gashi, un adolescente de 16 años, es abrazado por su padre mientras varias mujeres lloran desconsoladamente en julio de 1998
Gervasio Sánchez

Cuando cinco años después, en verano de 1998, regresé a Kosovo, el pacifismo ya había sido sustituido por una guerra abierta entre las fuerzas de seguridad serbias y la guerrilla albanokosovar del Ejército de Liberación de Kosovo (ELK). Los permisos emitidos por el ministerio de Información serbio eran papel mojado en las zonas más conflictivas y la guerrilla albanokosovar dificultaba tanto o más el trabajo periodístico en las áreas bajo su control.

Durante tres semanas acompañé a mi amigo Miguel Gil, que moriría dos años después en una emboscada en Sierra Leona. Él trabajaba como camarógrafo para la agencia estadounidense Associated Press y yo colaboraba con ellos como fotógrafo. Hicimos largos trayectos para sortear los controles serbios, obsesionados por impedir que testigos incómodos, viesen cómo arrasaban las aldeas mientras los responsables de la diplomacia europea empezaban sus vacaciones y por enésima vez en los Balcanes actuaban con una pasividad hiriente.

Los supuestos observadores internacionales brillaban por su ausencia. Los habíamos bautizado como "los hombres de Ariel" por sus inmaculadas vestimentas blancas durante la guerra de Croacia de 1991 aunque siempre se les veía lo más lejos posible de los lugares más conflictivos.

Los desplazados albanokosovares se contaban por decenas de miles y huían del asedio serbio en un viaje a ninguna parte. Centenares de niños, mujeres y ancianos acampaban a la intemperie en las estribaciones montañosas y asistían como testigos mudos a la destrucción de sus propias aldeas.

Deportados Albanokosovares atraviesan la frontera de Albania en marzo de 1999
Deportados Albanokosovares atraviesan la frontera de Albania en marzo de 1999
Gervasio Sánchez

"Llevamos aquí tres días tras el bombardeo de nuestra casa y no sabemos dónde ir", nos contó Quemail Perzhaku, de 65 años, al frente de una familia de más de veinticinco miembros de tres generaciones distintas. "Cuando supimos que los soldados serbios se acercaban a nuestra aldea levantamos a los niños de sus camas, cargamos algunos bultos en los carromatos y huimos durante toda la noche", nos contó con lágrimas en los ojos.

En Pirana aparecieron tres albanokosovares asesinados por la policía serbia. Después de dar un gran rodeo conseguimos llegar al lugar antes de que los cadáveres fuesen entregados a sus familiares. Estuvimos presentes cuando el cuerpo sin vida de Salim Azem Gashi, un adolescente de 16 años, fue abrazado por su padre mientras las mujeres de su familia lloraban desconsoladamente. Las imágenes que tomamos tuvieron una gran repercusión internacional.

Por el camino nos encontramos con aldeas destruidas y otras seriamente dañadas por la política de tierra arrasada empleada por el ejército serbio. A la entrada de algunas casas encontramos juguetes infantiles olvidados y un perro abandonado herido en una pierna. Un hombre aceptó nuestra invitación de compartir nuestro vehículo y, ya cómodamente sentado en la parte de atrás, nos relató su historia: "Hace cuatro días hui con mi familia de nuestra aldea. Ahora estamos viviendo en una zona más segura. Cada día regreso para dar de comer y beber a los animales. Son seis horas caminando, pero no puedo permitir que se mueran". Apretaba con fuerza una caja de pastillas. "Mi hijo de tres años ha amanecido esta mañana con fiebre y es la única medicina que he encontrado en la casa", nos contó el joven de 27 años.

Mujeres serbias abandonan sus hogares y se dirigen al exilio en junio de 1999 un día antes de que la guerrilla albanokosovar ocupe la ciudad de Prizren
Mujeres serbias abandonan sus hogares y se dirigen al exilio en junio de 1999 un día antes de que la guerrilla albanokosovar ocupe la ciudad de Prizren
Gervasio Sánchez

Centenares de hombres se habían concentrado en una gran explanada para participar en el funeral de un joven combatiente muerto el día anterior. Dos decenas de guerrilleros, entre los que destacaban dos mujeres con las armas terciadas y varios heridos apoyados en muletas, formaban una guardia de honor ante el montículo funerario construido con paladas de tierra.

Si 1998 fue un año violento con centenares de muertos y decenas de miles de desplazados, 1999 se convirtió en una catástrofe humanitaria que afectó a la mitad de la población albanokosovar, deportada a países limítrofes como Macedonia y Albania.

El 27 de marzo de 1999, tres días después de iniciarse los bombardeos de la OTAN sobre Kosovo, el líder serbio Slobodan Milosevic ordenó a sus huestes la deportación de 750.000 seres humanos. La frontera entre Kosovo y Albania se convirtió en un naufragio permanente.

Los deportados, en interminables filas, atravesaban la frontera exhaustos después de que se les robasen los anillos de casamiento y sus viejas joyas familiares, se les requisasen los títulos de propiedad y los documentos de identidad, se les obligase a pagar en centenares o miles de marcos alemanes que eran los ahorros de toda su vida, se les insultase y se les bombardease sin piedad, se les despojasen de la dignidad y llegasen rotos psicológicamente al país vecinos donde eran recibidos como refugiados.

Fueron días y semanas de trasiego y de espera hasta que a mediados de junio de 1999, tras la rendición de Milosevic después de ochenta días de bombardeos, los soldados y los paramilitares serbios abandonaron Kosovo. El retorno fue rápido como había sido la huida. Muchas ciudades y pueblos estaban completamente calcinados y había fosas comunes a la entrada de varios pueblos.

La guerrilla albanokosovar tomó el control del territorio de casi 11.000 kilómetros cuadrados en pocos días. La "serbiatización" de Kosovo comenzaba a combatirse con una "albanización" acelerada en todo el territorio. La guerrilla estaba dispuesta a impedir que los serbios, que eran tan kosovares como los albaneses y que vivían allí desde hacía siglos, mantuviesen sus propiedades.

El miedo hizo que los civiles serbios, abandonados por sus soldados y sus paramilitares, iniciasen un éxodo definitivo y se convirtiesen en los grandes perdedores de otra guerra balcánica. Los albanokosovares más exaltados, con ansia de vengar la violencia de las fuerzas de seguridad serbias que habían sufrido durante una década, quemaron sus casas ante la pasividad internacional. Los soldados de la OTAN fueron permisivos con las amenazas y las persecuciones de la minoría serbia.

Albanokosovares celebran la entrada de la guerrilla en Prizren en junio de 1999
Albanokosovares celebran la entrada de la guerrilla en Prizren en junio de 1999
Gervasio Sánchez

Los tambores de guerra que habían empezado a sonar en el verano de 1991 seguían siendo golpeados con el mismo entusiasmo en el verano de 1999, ocho años después. En 1995 se había firmado a toda prisa un acuerdo en Dayton que ponía fin a los cuatro años de guerra en Bosnia-Herzegovina. Todo el mundo quería conseguir un trozo de papel que salvase la cara de una diezmada comunidad internacional y sobre todo europea, incapaz de negociar con una sola voz.

Pero la prisa es enemiga de la eficacia. A nadie se le ocurrió plantear un ultimato en Kosovo a Milosevic, que vivía horas bajas de popularidad en su propio país, muy criticado por abandonar a los serbios en la Krajina croata y, también, por debilitarlos en Bosnia en la mesa de negociaciones de Dayton.

Los que aseguraban entonces que el círculo de la violencia balcánico se cerraba en Kosovo eran tachados de aguafiestas. Y años después Milosevic perdía su poder en Kosovo, el mismo lugar donde diez años antes había empezado su cruzada ultranacionalista con el objetivo de mantenerse en el poder tras el fin del comunismo. Los serbios de Kosovo, una minoría de un 7%, se convertían definitivamente en los grandes perdedores por culpa del mesianismo de su líder al que habían seguido ciegamente durante una década.

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