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30 AÑOS DE GUERRAS BALCANICAS (6)

Dalmacia bajo el fuego

Los cambios continuos en las demarcaciones entre los combatientes convertían en muy peligrosos los recorridos entre las diferentes localidades bajo el fuego artillero.

Un hombre ante su casa destruida durante un bombardeo en una localidad croata de la costa adriática
Un hombre ante su casa destruida durante un bombardeo en una localidad croata de la costa adriática
Gervasio Sánchez

El verano de 1991 fue muy sangriento en una gran parte de la costa adriática. Los turistas, que se habían contado por millones en la temporada estival anterior, habían desaparecido de las calles y los hoteles estaban llenos de refugiados.

En Zadar se acumulaban 10.000 desplazados viviendo en las mismas habitaciones ocupadas tradicionalmente por turistas alemanes e italianos. La Cruz Roja Internacional y Cáritas se encargaban de sus necesidades más urgentes. Las alarmas sonaban muy a menudo y los habitantes huían despavoridos de las calles y las plazas para esconderse en los refugios.

El caos informativo era una garantía diaria. Los croatas tenían tendencia a exagerar lo que ocurría y los radicales serbios odiaban a los periodistas. Había que visitar los principales escenarios bélicos y acompañar en sus patrullas a los civiles armados con escopetas de caza o esperar en las barricadas si no querías ser pasto de la propaganda. Los cambios continuos en las demarcaciones entre los combatientes convertían en muy peligrosos los recorridos entre las diferentes localidades bajo el fuego artillero.

En Zadar conocí a la serbia Milena Veselinovic y al croata Juica Denona, una historia de amor en medio de odios ancestrales. Se habían casado dos años antes cuando nadie en su sano juicio pensaba que la antigua Yugoslavia iba a saltar en mil pedazos convirtiendo en un matadero un país bien preparado para el tránsito del comunismo al capitalismo.

Guardias croatas y civiles persiguen a francotiradores serbios en Vodice (Croacia)
Guardias croatas y civiles persiguen a francotiradores serbios en Vodice (Croacia)
Gervasio Sánchez

Milena vivía refugiada en el hotel Principal desde que tuvo que huir con su marido de su casa en Obrovac, una localidad situada a decenas de kilómetros de mayoría serbia-ortodoxa y ocupada por el ejército federal yugoslavo y los paramilitares. Su marido estaba enrolado en la policía croata y defendía la ciudad en la primera línea de combate.

Me dijo que huyó de sus compatriotas porque “son más sanguinarios con aquellos que nos casamos con croatas-católicos”. Sus padres, serbios, se quedaron en el pueblo. Sus suegros, croatas, también tuvieron que huir. Una familia destruida por las mentiras ancestrales, los juegos de guerra y la pasividad de los diplomáticos.

Ya éramos conscientes en 1991 de que los diplomáticos de pandereta, acostumbrados a las conversaciones de salón en las cancillerías europeas, siempre alejados de los lugares donde ocurrían los bombardeos y las matanzas, eran permisivos con la violación sistemática de los derechos humanos en los Balcanes. En general, fueron garantes de la ceremonia de la confusión, haciendo creer a la opinión pública europea que se trataba de una guerra entre iguales, y asumieron con cobardía y cinismo la política de hechos consumados.

Voluntarios y soldados croatas muestran sus granadas de mano
Voluntarios y soldados croatas muestran sus granadas de mano
Gervasio Sánchez

Cuando uno acude a una guerra lo hace con serias lagunas informativas por muy buenas fuentes de información que tenga. Pero en el otoño de 1991 no había que ser un lince para saber que pequeños aprendices de Hitler estaban gestando la destrucción del patio trasero de la Europa comunitaria.

Los políticos y los diplomáticos europeos prefirieron guardar silencio y actuar como neutrales mientras decenas de ciudades y pueblos eran arrasados. En la guerra de Bosnia-Herzegovina la indecencia se multiplicó. Planes de paz como el de los diplomáticos Cyrus Vance y David Owen, surgido de una conferencia en Londres en agosto de 1992, incrementaron las matanzas y la posterior guerra entre croatas-católicos y bosnios-musulmanes en el centro de Bosnia y el valle del río Neretva, a partir de enero de 1993. Ambos grupos habían sido aliados contra los serbios-ortodoxos y ya comenzaban a pugnar por las migajas territoriales.

La permisividad con los radicales había empezado en los años 80. Los albanokosovares y los ciudadanos de origen húngaro veían como sus derechos fundamentales eran pisoteados en Kosovo y Voivodina, dos provincias autónomas enclavadas en la república de Serbia, y los diplomáticos europeos definían los actos violentos como asuntos internos. Más tarde, cuando los carros de combate y la aviación hicieron temblar ciudades enteras, los jerarcas europeos inventaron conferencias o planes de paz que legalizaban las conquistas bélicas y la limpieza étnica.

Las guerras balcánicas permitieron el nacimiento de un prototipo de político europeo cínico y desaprensivo. Su falta de escrúpulos y su retórica perversa le permitió ascender en el escalafón a pesar en su culpabilidad por omisión en el asesinato de miles de inocentes. El Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia tendría que haber juzgado sus comportamientos con la misma severidad que el de los matarifes.

Hoy Sibenik, Trogir, Vodice están repletas de turistas. Hay que fijarse mucho para adivinar dónde se produjeron las explosiones de los proyectiles lanzados desde kilómetros de distancia. Algunos edificios están salpicados de agujeros de la metralla y aún se pueden ver las marcas en el asfalto de los impactos de los morteros. Las carreteras costeras, serpenteantes y todavía peligrosas por la agresividad en la conducción de los balcánicos, transcurren por paisajes de postal entre los que, de cuando en cuando, te topas con casas completamente destruidas y no puedes dejar de pensar en las familias obligadas a huir para siempre.

En Vodice, la guerra se dirigía desde la oficina de turismo en setiembre de 1991 mientras en el puerto del pequeño pueblo costero, del que había huido la mitad de sus 5.000 habitantes, permanecían amarrados barcos y yates alemanes e italianos, algunos de gran eslora. Al cuartel general de la pequeña guarnición de la policía croatas habían llegado decenas de voluntarios para reforzar su defensa.

El puente principal, que comunica a esta localidad con Sibenik, estaba controlado por el ejército federal yugoslavo. La costa dálmata había quedado partida en dos. El objetivo de los yugoslavos era estrangular y aislar las principales ciudades adriáticas como Zadar, Split y, más al sur, Dubrovnik.

Los ataques con morteros eran regulares. El silencio era aterrador tras las nítidas explosiones. Algunas calles habían sido bloqueadas con camiones de basura o empalizadas de sacos terreros. Dos docenas de croatas se protegían en el refugio de una bodega. Llevaban armamento ligero y una veintena de granadas de mano robadas de una armería del ejército yugoslavo.

Un grupo de guardias croatas, acompañados por civiles armados, perseguían a un vecino serbio que llegó hace un año y que se estaba ejercitando como francotirador. Los guardias se movían con profesionalidad, protegiéndose unos a otros. En medio del pueblo se produjo un pequeño tiroteo. Un rumor intenso recorrió las calles: los radicales serbios se aproximaban al caso urbano apoyados por seis carros de combate.

Ante la posibilidad de quedarnos bloqueados en esta pequeña localidad, decidimos regresar a Zadar desde donde podíamos enviar nuestras crónicas y movernos por una zona más amplia hasta los alrededores de los pueblos destruidos por los cañoneos yugoslavos.

La carretera principal estaba siendo bombardeada intensamente. Decidimos seguir una ruta alternativa hasta alcanzar Birovac, otra localidad costera a once kilómetros. A la entrada del pueblo se habían concentrado decenas de milicianos voluntarios que habían llegado en un autobús de turismo.

Todos los hoteles y restaurantes diseminados por la bellísima costa estaban herméticamente cerrados. Dos playas de nudistas, con indicaciones en alemán, estaban desiertas. Destruían los lugares de recreo y vacaciones de los ciudadanos europeos mientras Europa miraba a otro lado.

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