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Zaragoza

opinión

Las primeras suspensiones

Antonio Olmo, doctor en Historia del Arte y miembro de la Asociación para el Estudio de la Semana Santa, reflexiona sobre las procesiones canceladas en el siglo XVIII.

Imagen de la exposición de patrimonio cofrade del Alma Mater.
Imagen de la exposición de patrimonio cofrade del Alma Mater.
Oliver Duch

La suspensión de las procesiones de Semana Santa por motivos de salud pública supone, a mi entender, una situación inédita en nuestra ciudad. Al contrario, en el Antiguo Régimen era recurrente organizar procesiones para conjurar epidemias: en la terrible peste de 1652 los jurados ordenaron la celebración de rogativas a la Virgen del Pilar y los santos abogados de la peste, "haciéndoles procesiones y fiestas en las iglesias donde tienen sus cofradías y acude el pueblo a su veneración". Parece ser que también el Cristo de la Cama salió aquel fatídico año, si un confuso texto cien años posterior está en lo cierto. En realidad, y como sabemos hoy, esta concentración de gente era contraproducente y favorecía la expansión de la enfermedad. Así lo señalaba el escritor sevillano José María Blanco White con motivo de las procesiones contra la mortífera epidemia de fiebre amarilla de 1800: "Lo más probable es que la reunión de tanta gente venida de todos los puntos de la ciudad condensara en un foco común los hasta entonces dispersos gérmenes de la epidemia. […] Cuarenta y ocho horas después de la procesión, pocas eran las casas no visitadas por el dolor".

En la Semana Santa zaragozana tenían lugar (en líneas generales) dos grandes procesiones: el Martes Santo, el viacrucis de la Venerable Orden Tercera de San Francisco, con el acto del encuentro de Jesús con su Madre, y el Viernes Santo, la procesión del Santo Entierro de la hermandad de la Sangre de Cristo. Ambas fueron suprimidas en diversas ocasiones a lo largo del siglo XVIII.

Debido a las adversas condiciones meteorológicas, la Orden Tercera tuvo que suspender varios años su salida, como –cito solo unos ejemplos– en 1787 ("por estar las calles demasiado húmedas"), en 1801 ("por la lluvia desmandada"), en 1804 ("por las malas calles") y en 1806 ("por el furioso aire que reina"). Como alternativa, se hacía un viacrucis en el convento de San Francisco.

También el Santo Entierro fue suspendido en varias ocasiones. En 1704 estuvo a punto de no salir porque el Cabildo se negó a que la procesión pasara por la Seo y el Pilar, pero finalmente se llevó a cabo. En cambio, la mala situación económica impidió la celebración en 1708; en plena Guerra de Sucesión, el concejo no dio a la hermandad la tradicional limosna de veinte libras jaquesas y la Sangre de Cristo acordó suprimir la salida. En 1728 fue por la lluvia y en 1757 y 1758 un sonoro pleito entre la Sangre de Cristo y la cofradía de cocheros del Santo Ángel impidió la procesión. Aunque la Sangre de Cristo era la organizadora desde sus orígenes, los cocheros se sentían con derecho a asistir; hasta que se aclarara la situación y para evitar altercados, la hermandad canceló la salida "para evitar varios inconvenientes que puede haber si se hace la procesión, votaron no haya procesión, pues no es razón que los cocheros se quieran entrometer […], cuando está en su arbitrio [de la hermandad de la Sangre de Cristo], y siempre lo ha estado, el deponer la procesión del Santo Entierro y convidar para ella a quien le fuese bien visto". 

Ese bienio solo se celebró la función del descendimiento, tras el cual, y hasta el anochecer, el Santo Cristo de la Cama quedó expuesto a la veneración de los fieles, acompañado de la Virgen al pie de la cruz, iluminado por hachas y con el acompañamiento musical de los frailes franciscanos. La concordia con la cofradía de los cocheros por fin llegó en 1759 y este año Zaragoza volvió a tener su Santo Entierro, que se enfrentaría a un reto más difícil a comienzos del siglo XIX con la Guerra de la Independencia.

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