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La vida en los balcones ya no es como era: hay aplausos pero también guerra de himnos

La costumbre de las palmas se conserva intacta en la mayoría de los barrios de Zaragoza, aunque en algunas zonas de la ciudad han decaído los conciertos improvisados desde las ventanas y se han sumado los gestos luminosos.

Los vecinos de Santa Cruz de Tenerife salen a los balcones y ventanas de sus casas para aplaudir a los sanitarios
Los vecinos de Santa Cruz de Tenerife salen a los balcones y ventanas de sus casas para aplaudir a los sanitarios
EFE/Ramón de la Rocha

Aplaudir en las ventanas y balcones la labor de los sanitarios y de otros profesionales que trabajan estos días se ha convertido en una costumbre más de la agenda del confinamiento. A las 20.00, con puntualidad, se levantan persianas y se abren los vanos para vitorear su servicio. Esta rutina ha evolucionado desde el 14 de marzo: se han ideado nuevos gestos y también se han copiado hábitos de otros países, como Italia. Tanto que, incluso, ha generado inconvenientes entre vecinos, rencillas que afloran en la convivencia, y hasta disparos, como en Alicante.

En algunas zonas de Zaragoza, por ejemplo, en calles como de San Antonio María Claret, cada vez se escuchan menos aplausos, aseguran algunos vecinos. Las palmas se desencadenan unos minutos antes en otros barrios. Esa precipitación no siempre es sinónimo de constancia. Balma, vecina de Santa Isabel, detalla que cuando la aguja pasa tres minutos "ya no hay nadie asomado, a pesar de que cada vez haya más gente". "Empezó muy fuerte, pero cayó un poco la semana pasada y este jueves repuntó", comenta María, vecina de otra zona de dicho barrio. También se suman más personas en algunos enclaves del Casco Histórico, como la plaza de San Antón o en la avenida de César Augusto. En esta última vía, junto al Mercado Central, "al principio se compartían impresiones con otros vecinos, de balcón a balcón, pero ahora ya solo se aplaude", analiza Jesús.

El paso de trabajadores de actividades esenciales hace que se incremente la intensidad de los aplausos, indican vecinos de la plaza de los Sitios, que lo ejemplifican con el paso de personal de limpieza. Teresa también señala que "se suman más espontáneos cuando algunos coches patrulla discurren por las calles animando la tarde con las sirenas", como es el caso de la Policía de Zaragoza o la Nacional.

En el barrio de la Almozara, en el extremo más cercano al puente del Tercer Milenio, siguen las palmas como al principio, sin embargo, la música ya no es un fuerte como hace tres semanas, cuando el estado de alarma comenzó. Esta historia se repite en algunas calles del barrio del Picarral y en la zona de Compromiso de Caspe. En esta parte de la ciudad "se han sustituido muchos gestos sonoros por los visuales, dejando paso a flases y lucecitas de Navidad, en este caso solo durante los fines de semana", aporta Borja.

Estas nuevas costumbres distan de las se adoptan en Valdefierro, donde un vecino acostumbra a poner música desde hace menos de una semana al concluir la sesión de aplausos. En el entorno de la calle de Vicente Aleixandre, en el Actur, se escuchan los sonidos de una gaita. "Gaitero, sal ya", gritan algunos niños tras aplaudir, una petición que el músico contesta con cuatro o cinco canciones. Y tras los ritmos populares continúa la fiesta, hasta 'Quiero ser como tú', de 'El Libro de la Selva'. En una urbanización del barrio de Santa Isabel se organizan con una 'playlist' -lista de canciones- que cumple los deseos de sus vecinos.

Se trata de una solución para evitar una lucha de himnos. En la confluencia de la calle de Juan Pablo Bonet con el puente de los Gitanos se escucha el himno de España. En las proximidades del parque de Miraflores se responde con el 'Canto a la libertad', de José Antonio Labordeta. El único himno que alinea a casi todos en opinión es del Real Zaragoza, que se entona en la calle de Asalto.

El estado de alarma había sido sinónimo de anonimato. Mascarilla para salir a comprar o tirar la basura. Aunque no se hiciese uso de ese elemento de protección en las ventanas, se aplaudía en penumbra, sin ver la cara de los vecinos de calle o plaza. La luz de las farolas acariciaban sus rostros y se intentaba adivinar si el vecino del edificio de enfrente era el mismo con el que cada día se coincidía en la fila de los comercios. Desde este domingo el sol también se ha apuntado a la cita, así que ese anonimato ha pasado a la historia.

Donde ha decaído el humor, o al menos el ingenio, ha sido en las redes sociales y en los grupos de Whatsapp, consideran las personas consultadas. La primera semana del confinamiento los 'smartphones' avisaban de que su memoria estaba casi al completo, que era necesaria una limpieza. La mayoría de los archivos eran memes o bromas, repetidos en más de una ocasión. La segunda semana, esa revisión era cada varios días y ahora casi es prescindible. Una situación similar se ha vivido con las videoconferencias, tan populares al principio, mientras que ahora casi ponen en un compromiso. Ahora estas plataformas se utilizan más para jugar, por ejemplo, al bingo, que alguno lo ha pasado a cantar con la ventana cerrada.

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