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LITERATURA ARAGONESA. 'ARTES & LETRAS'

Diálogo en ‘Luces de Bohemia’ de Zaragoza con Sender, Goya y Gracián de fondo

El autor explica cómo la frustrada presentación de un libro, en tiempos de pandemia, se convierte en un viaje literario y en una 'saga' de lecturas

Conversaciones de librería en Zaragoza.
Nacho Asín, en la librería que comparte con su padre, 'Luces de bohemia'.
Luces de Bohemia.

Los libreros Asín padre e hijo me contaron algunas bagatelas sobre su oficio ilustre y polvoriento.

Pachi Asín, pese a llevar el tapabocas de rigor en este año negro, esbozaba su media sonrisa con los ojos, al contarme que lleva medio siglo largo huroneando libros antiguos. “Tenemos un local de ochocientos metros en Miguel Servet, junto a la Estación”. “La Estación de Utrillas”, le digo, porque siempre recuerdo las páginas amarillas de Miguel Gay en el HERALDO de mi adolescencia, sobre el éxodo del campo de Belchite durante la guerra civil, llevado a cabo en el tren turolense o belchitano.

Nacho Asín, el hijo, me cuenta que hace tiempo que no viaja a Portugal en busca de libros, se limita a pujar ‘online’ en subastas de libros. Me refiere el caso de cierto libro que le interesaba y que le ofrecieron al cabo de medio año, porque seguro que un comprador se rajó a última hora, o devolvió el ladrillo por alguna tara. Vamos, que le quisieron vender una maula, una moto, una burra.

Nacho Asín, el hijo, me cuenta que hace tiempo que no viaja a Portugal en busca de libros, se limita a pujar ‘online’ en subastas de libros

El negocio de los libros antiguos está lleno de picardías y gitanerías sin cuento. No es el caso, de los Asín, caballeros de la bibliofilia. Les hablo a los Asín de cierto poema recién editado del Conde de Sástago, encontrado en Pina de Ebro, donde tuvieron su palacio de campo, además del famoso del Coso Grande, que se llamó Coso calabacero en siglos medievales por ser mercado callejero de hortalizas. Esa misma mañana me había tomado una foto en su balcón de Casa Zapater, mi amigo Felipe Sanz Portolés, dueño de la casa del Bazar X, sede actual del Fnac. Su señora madre, Pilar Portolés, vivió en esa casa toda la vida, pese a que los hijos nacieron en San Sebastián.

El callejón trasero de la Casa Zapater-Portolés se llama en las escrituras de propiedad el Pasaje Zapater. Callejón similar al de la trasera del antiguo Cine Coso, hoy Hotel Alfonso, cuyos dueños son también los Sanz Portolés. 

Felipe debió de jugar mucho de niño al Monopoly, y casi todo el Coso es suyo, por ejemplo, la casa donde estuvo Segarra, pegando a la Droga Alfonso. Felipe usa una guasa irónica muy suya de burgués curtido en la alta diplomacia junto a su hermano Alfonso, discípulos ambos de su tío el legendario embajador Sanz Briz de Budapest, que salvó a cientos de hebreos de la inquisición nazi.

Las hermanas Portolés eran hijas de un montañés de Sallent de Gállego que compró una harinera en Zaragoza hacia 1900. Más tarde llegó el famoso Bazar X en los años 50, edificio moderno de Teodoro Ríos, casi un Gropius, sobre el solar de la entonces ruinosa Casa Zapater, que tuvo mansardas gabachas, según las viejas fotos de los años 20. La memoria es una banasta de cerezas temblorosas. Sacas una y salen encadenadas media docena. En estas cuitas, aparece por ‘Luces de bohemia’, campechano y gentil, el amigo escritor y bibliófilo Pepe Melero, el Latassa de Sagasta, con ese gesto tan suyo de brujuleo imperceptible de la barbilla y la tufa, como de hurón avezado de libros, pues los huele a la milla, y Nacho Asín levita medio centímetro sobre el suelo, porque Jusepe Rivas (José Luis Melero Rivas, claro) atesora casi la mitad de los fondos de Aubá, el gran bibliófilo de 1900, en su botica de Cerdán-Escuelas Pías, que les vendió a los Asín toda su biblioteca, cuando abrieron ‘Luces de Bohemia’ en Méndez Núñez, nombre absurdo de Botigas Hondas, el año 1985.

Aquí se sentaba Aubá, señala Melero, como si hablase de Hurus, Cocci o Nogués, los impresores de antaño, en el barrio de la trasera de San Gil, antigua plazuela, pues la iglesia se orientaba hacia Bodegas Almau, para entendernos. Evocamos la mocedad de Ramón José Sender como mancebo de botica en la farmacia Rived y Choliz, pegando a San Gil. En mi tomo de Pascal, traducido por Boggiero (Blas Miedes, Zaragoza 1790), llevo como marcapáginas, una misiva de Sender desde San Diego, 1975. Les muestro a Melero y Asín, el curioso modo en que Sender encriptaba sus holandesas, quizá aprendido en el Rif, llevando órdenes de una trinchera a otra, jugándose el pellejo. 

Como el aforo de ‘Luces de Bohemia’ es harto limitado con la dichosa pandemia, hacemos de tripas corazón, y para calentar motores, nos vamos a tomar un ‘cortao’ a La Republicana, donde en cierta ocasión llevé a Javier Marías, tras huronear en Luces, donde compré un Turgueniev en francés. Jusepe Rivas (José Luis Melero Rivas, se entiende) me muestra su cuaderno de campo, notas de lectura de mi libro ‘Cartas del Coso’. Lo menos diez páginas a lápiz, abarrotadas de comentarios al hilo de la lectura, hace ya medio año, justo cuando se decretó la cuarentena de la primera ola del virus chino. Volvemos a ‘Luces’ y nos abrimos paso a codazo limpio, es un decir, porque estamos dos y el de la guitarra flamenca.

Nacho Asín se lo toma a broma, el aforo que considerábamos escaso, como media docena, para salvar las distancias de rigor sanitario, ha resultado excesivo para tan copiosa asistencia. Pero no ha sido tarde perdida, nunca es tarde si la dicha es buena. He conversado con los Asín de libros antiguos, el gran Melero me ha regalado los oídos con sus notas de lectura, y ha publicado en Facebook la foto del Coso que tomó por la mañana Felipe Sanz Portolés, con una convocatoria para esta memorable tarde en ‘Luces de Bohemia’, donde evoca la visita a la Real Biblioteca Manuel de Roda, en el Seminario de San Carlos, cuando don Carlos Tartaj nos mostró algunas joyas de la bibliofilia de Roda, por ejemplo, el Homero de Gonzalo Pérez, la Ulixea, de 1550, el año de la Lonja de Zaragoza, y de la capilla Zaporta de la Seo, o el 'Diccionario' de Pierre Bayle, del que Goethe echa pestes, porque habla de Spinoza muy a la ligera.

Spinoza fue lector muy atento de nuestro Gracián, precursor del posterior entusiasmo de Schopenhauer, que tradujo 'El Oráculo'. Julián Gállego releyó ‘El Criticón’ un verano en el Foro de Roma, sentado en las gradas del templo de Faustina. El gran Santayana, español de Harvard, maestro de Eliot, Berenson o Wallace Stevens, acudió a La Haya para celebrar el tercer centenario del nacimiento de Spinoza en 1932. He ahí, resumido en una almendra de oro, el linaje secreto de nuestra historia intelectual: Gracián, Spinoza, Goethe, Schopenhauer y Santayana.

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