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Zaragoza

curiosidades

Frederico Chopón y otros nombres imposibles del callejero zaragozano

El gobierno de Zaragoza unifica la grafía de los nombres de las calles de Rosales del Canal, donde abundan diéresis y acentos extraños en los apellidos de los músicos. Los carteros de Correos muchas veces tienen que adivinar dónde está Alberto ‘Esbaicher’ o cuál es la calle de San Gil.

INAGURACION DE LA CALLE SUPER MARIO BROS. A PHOTO AGENCY/ TONI GALÁN [[[HA ARCHIVO]]]
El propio Súper Mario Bros inauguró su avenida de Arcosur hace ahora diez años.
Toni Galán

¿Llegaría una carta enviada a la calle de Frederico Chopón? Es probable. Gracias a la habilidad y experiencia de los carteros (y al código postal), la misiva se llevaría hasta Rosales del Canal, a pesar de que podrían entrar dudas sobre si Chopón no será Segundo de Chomón, que tiene calle en el Actur. Hay mil y un ejemplos de nombres equívocos, divertidas confusiones y topografía duplicada en Zaragoza, que -de hecho- darían para crear un callejero paralelo e inventado.

El último consejo de gobierno de Zaragoza aprobó un expediente que llevaba por título el de “unificar referencias de viarios de Rosales del Canal”. ¿Cuál era el problema en este barrio? Pues que hay un buen montón de calles consagradas a músicos y compositores, cuya correcta grafía ha traído de cabeza, incluso, a los académicos de la Lengua. ¿Cuántas ‘enes’ lleva el Johann de Bach? ¿Quién sabe cómo se escribe el nombre del autor de las ‘Cuatro estaciones’? ¿Alguien acertaría a poner bien el nombre de Antonín Dvořák?

El Ayuntamiento ha seguido como as de guía la recomendación de la Real Academia de la Legua que sugiere “incluir los acentos de los nombres propios originarios de otras lenguas”, de modo que en los nombres de las calles de Rosales se leerá a partir de ahora Felix Mendelssohn, Frédéric Chopin o Joaquín Rodrigo, al que se le había birlado la tilde del nombre.

“El mayor drama del barrio es vivir en la calle de ‘Chaikofsqui’”, Juan Calvo, vecino que tiene que mirar el DNI cada vez llena una instancia oficial o tiene que dar su dirección a alguien. Piotr Ilich Tchaikovsky es la forma correcta que debería difundirse pero todos entienden que es enrevesado esa sucesión de ‘tes’, ‘uves’ y ‘kas’. “También Haendel o Händel genera ciertos problemas. Igual es más fácil de escribir, pero hay muchas veces que hay que adivinar cómo se pronuncia esa ‘h’ casi reconvertida en ‘j’”, comenta Calvo. Con Haydn o con Liszt sucede algo semejante, si bien los vecinos de Rosales dicen haber aprendido muchísimo de música clásica en los últimos años “y quién más quién menos te sabe tararear el Canon de Pachelbel sin despeinarse”.

“Llegan más cartas a su destino de las que tendrían que llegar. Es habitual encontrarnos con direcciones mal escritas o incorrectas. A veces falta el número y el piso, solo pone la calle. Otras no ponen bien la calle y puede llevar a equívoco, como la calle de Pignatelli, en el Casco, o la Vía de Pignatelli, en Torrero. También nos encontramos con direcciones en inglés u otro idioma”, cuenta Mamen Aspas, cartera, delegada de CSIF en Correos. “En los pueblos es muy habitual que lleguen cartas sin la dirección, solo con el nombre. Los carteros rurales conocen a la gente y las cartas llegan casi siempre a su destino. Pero cuando viene un sustituto, es más difícil y a veces hay que devolver cartas”, añade.

Al margen de Rosales, donde el Ayuntamiento ha tenido que intervenir para poner orden entre diéresis y acentos circunflejos, hay otras calles de Zaragoza que tiene fama de ser impronunciables. No hay olvidar que en Arcosur hay calles a mayor gloria de Super Mario Bros, el Tetris o Arkanoid, aunque en lo que a atragantarse se refiere quizá la palma se la lleve la plaza del médico y filósofo Albert Schweitzer, que ha hecho poca fortuna en el entorno del Camino de las Torres. Los hay quienes llaman a este recodo la plaza de ‘los Agustinos’ (por el colegio de sus inmediaciones), quienes siguen refiriéndose a él como ‘donde el Bazar X’ y, por último, quienes más canas peinan aún llaman a la plaza ‘la de las Oblatas’, pues hace años había un centro de enseñanza de esta orden religiosa.

De hecho, otra de las cuitas en este callejero imposible a orillas del Ebro es que algunas calles han cambiado de nombre pero su antigua denominación persiste en la memoria colectiva. No son pocos los adultos que aún se refieren al paseo de Sagasta como la avenida del general Mola, donde -por cierto- abrieron unos cines en 1967 que también tenían el nombre del militar, aunque los más incautos creían que eso de ‘Cine Mola’ hacía referencia a una expresión juvenil de los 80. Esas personas mayores ya -que son las que siguen escribiendo cartas manuscritas- son las mismas que continúan llamando calle de San Gil al último tramo de Don Jaime I.

En la web del archivo municipal se puede rastrear el origen de muchos nombres de calles.
En la web del archivo municipal se puede rastrear el origen de muchos nombres de calles.
Heraldo

Estos nombres oficiosos están tan presentes en algunos barrios que, incluso, se utilizan en las paradas del bus (véase ‘la Química’ o Valle de Broto-Kasan) y son útiles también en las notas que envía el Ayuntamiento o la Policía porque es más claro referirse al ‘puente de los Gitanos’ que al del Emperador Augusto, por mucho que este sea su nombre oficial.

Con los Franco también hay cierta confusión, pues aunque el dictador perdió sus prerrogativa de bautizar calles a mediados de los 80 (el actual paseo del Conde de Aranda llevaba su nombre, así como la plaza de los Sitios era la de José Antonio), algunos vecinos de Las Delicias piensan que la calle de Franco y López es una referencia al régimen por más que en las placas se lea aquello de ‘jurista aragonés’.

A este singular Monopoly de la confusión se suma también la sabiduría popular, pues muchas de las nomenclaturas alternativas proceden de coplillas, jotas o, simplemente, dichos. Cuentan los historiadores que los zaragozanos de los años 50 se sorprendían al ver que al final de Isabel la Católica se estaba construyendo una ‘Casa Grande’. Con sus cinco millones de ladrillos por obra y con diseño de Fernando García Mercadal, el hospital Miguel Servet nunca ha llegado a perder del todo esa denominación. Tampoco le sirvió de mucho al bueno de Miguel Salamero Buesa su esfuerzo a brazo partido en la defensa de la ciudad durante los Sitios porque la plaza que lleva su nombre nunca ha dejado de ser ‘la del Carbón’, donde los arrieros del siglo XIX descargaban su mercancía.

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