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Los turolenses, entre el estupor y la tristeza una semana después de quedarse sin el Torico

Vecinos y representantes de entidades apuestan por preservar el monumento sin dejar a un lado la puesta del pañuelo con la que se da inicio a las fiestas.

Pepe Polo, Pascual Mateo, Pilar Balen, Belén Royo, Marta Marco, José Ramón Hernández, Concha Les, Juan Nácher, Nacho Hervás, Carlos Fernández, Marta Cercós y Fernando Guillén representan a peñas y vecinos.
Pepe Polo, Pascual Mateo, Pilar Balen, Belén Royo, Marta Marco, José Ramón Hernández, Concha Les, Juan Nácher, Nacho Hervás, Carlos Fernández, Marta Cercós y Fernando Guillén representan a peñas y vecinos.
Jorge Escudero

Un terremoto emocional ha sacudido a los turolenses a las puertas de su fiesta grande, la Vaquilla, más deseada que nunca tras dos años de parón por la pandemia. En siete días, desde que el pasado domingo la ciudad amaneció con su símbolo más preciado derribado accidentalmente, los vecinos han pasado de la incredulidad y la tristeza de ver al Torico rodando por el suelo, a la incertidumbre sobre el presente y el futuro de este icono de Teruel.

Está en el aire que la columna y la figura del astado estén reparadas el 9 de julio, cuando está previsto que dos peñistas escalen el fuste para poner el pañuelo a la escultura y dar comienzo a los días más intensos de la fiesta. También un interrogante planea sobre si en el pedestal lucirá el Torico o una copia y si en un futuro se optará por mantener la réplica y musealizar el auténtico. Por si fuera poco, ha surgido la duda, sembrada por una experta en restauración, de si la figura de las últimas décadas es la de siempre o una falsificación, que habría llenado el hueco dejado por la original, perdida en la Guerra Civil.

«Indignación» es lo que siente el presidente de la Federación de Vecinos de Teruel, Pepe Polo, por el derrumbe del Torico, que cayó junto con su pedestal durante el desmontaje de 23 cuerdas sujetas a una anilla alrededor de la columna en diseño radial por toda la plaza. «Es una ley física básica que si quitas la tensión de un lado y no del otro, el palo se cae», denuncia. Ahora pide «que se arregle bien; no vale hacer una ñapa y si hay que estar tres años sin poner el pañuelo, esperamos». «Si cuidamos nuestro patrimonio, muchos podrán vivir de él», dice.

El arquitecto e investigador de los monumentos turolenses Antonio Pérez, que creció con el Torico al haber vivido en una casa de la plaza donde se encuentra, evita en lo posible pasar por el lugar para mitigir la tristeza que le produce el suceso. A su juicio, «es un error» que la cercanía de la puesta del pañuelo «esté primando sobre el rigor en la restauración». «Debe hacerse un proyecto serio», reclama. Critica que, tras el derrumbe, no se acordonara la zona protegiendo todos los fragmentos y dejándolos donde habían quedado, «hasta poder extraer las conclusiones necesarias». Pérez tacha de «vergonzoso» que «algunos se llevaran piezas del Torico».

Juan Nácher, presidente de Interpeñas, no es partidario de que se aplique al Torico una protección especial -como estudia Patrimonio- que entorpezca la puesta del pañuelo. «Mejor no hablar de poner fundas a un lugar en el que acontece una tradición muy arraigada», afirma, aún con la moral «muy baja» por el suceso.

También dolido se encuentra Ángel Royo tras 45 años vendiendo periódicos a 10 metros del Torico. «He sentido mucha pena y rabia. Al día siguiente del suceso, todo el mundo me preguntaba qué había pasado al ver el monumento destrozado y la prensa se agotó», explica.

La imagen del Torico en el suelo fue «muy impactante» para el gerente del Centro Comercial Abierto de Teruel, Rodolfo Pangua, quien defiende la conservación del patrimonio y considera que los usos del Torico «deben regularse». A su juicio, lo ocurrido es «una oportunidad» para consolidar el monumento y protegerlo como se merece, si bien puntualiza que también la tradición de poner el pañuelo debe continuar y por ello es urgente hallar fórmulas que no dañen la obra.

"Las cosas no son eternas"

Raquel Esteban, que durante más de dos décadas ha protegido y promocionado el patrimonio inmaterial que constituye la leyenda de los Amantes de Teruel, no daba crédito a las imágenes que mostraban los daños del Torico, una figura a la que considera descendiente del tótem íbero. El suceso le hizo tomar conciencia «de que las cosas no son eternas, pueden romperse y desaparecer, por eso, debemos cuidar el patrimonio, pero tanto el físico como el simbólico, pues en este último está el alma de los pueblos». En este sentido, opina que, si se decide continuar con la tradición de poner el pañuelo, esta debería incorporar el uso de algún elemento que evitara perjuicios a la columna y al Torico.

La portavoz de la Fundación Bodas de Isabel -entidad que escenifica cada año la leyenda de los Amantes-, Belén Royo, cree que lo ocurrido «refuerza aún más los lazos entre los turolenses, pues ha quedado reflejado que esa escultura es nuestro orgullo». Opina que el desplome del Torico y la sospecha de que este pueda ser una copia colocada tras la Guerra, «nos ha pillado a todos con los sentimientos a flor de piel tras dos años de pandemia; debemos esperar para clarificar las cosas». 

Una mano salvadora durante la Guerra Civil

La Guerra Civil fue el momento más crítico para la estatua del Torico... hasta el pasado día 19, cuando terminó por los suelos y destrozada. Durante la batalla de Teruel, el impacto de una bomba lanzada por los republicanos derribó la escultura y en la caída se rompió un cuerno y los cuartos traseros quedaron resquebrajados. Un «baturro de corazón» la recogió «para llevarla al Ayuntamiento», como publicó el HERALDO el 26 de febrero de 1938, cuatro días después de la recuperación de la ciudad por las tropas franquistas. El protagonista de la hazaña aparece fotografiado en el ejemplar, que no aporta su identificación.

La fuente del Torico había sufrido otro impacto previo que daño gravemente la columna central, que aparece en algunas imágenes de la Guerra Civil apuntalada pero sin llegar a derrumbarse.

La estatua fue retirada en diciembre de 1937 por un vecino que la depositó en un sótano del Ayuntamiento. Aunque algunas fuentes apuntan a que habría sido guardada por un particular en su casa hasta terminar la batalla de Teruel o que había sido sustraída por el ejército republicano y trasladada a Valencia, el historiador turolense Serafín Aldecoa señala que, en contra de «mentiras y bulos», la escultura permaneció guardada en dependencias municipales.

HERALDO publicó el 25 de febrero de 1938 un artículo firmado por ‘Spectator’ en el que se aportan los apellidos de los dos oficiales, Fouciños y Ballesteros, que localizaron con la ayuda de un «paisano» la escultura en el Ayuntamiento, que estaba en «regular estado». La pieza se colocó provisionalmente junto a la fuente y numerosos soldados aprovecharon para retratarse junto a ella.

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