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Confinados en un campamento de chabolas

Algunos chabolistas dejaron sus precarias construcciones cuando el coronavirus avanzó en España. Los que se han quedado afrontan el estado de alarma con dificultades y casi sin salir del campamento.

Met Cadre se afana en sacar lustre a su ropa en un balde y Mehmed Mehmedox pasea sin rumbo entre la maleza y la chatarra, mientras el cielo amenaza lluvia. Ellos son dos de los moradores del campamento de chabolas que se extiende junto a la terminal de Delicias de Zaragoza. De uno de los chamizos sale Mamut Dismet y al rato aparece también Angelina Marqueson, sus respectivas parejas. Ya están todos. Permanecen confinados en las chabolas, dicen que solo cruzan el agujero de la valla para asearse cada varios días y coger agua de una fuente cercana.

La rutina no es la misma que hace un mes. Entonces patrullaban la ciudad en busca de chatarra o pedían en la calle, recuerdan. "Ahora no se puede transitar y nos tenemos que quedar aquí". En octubre vivían más personas, aseguraban que diez, pero la mayoría regresó a sus lugares de origen a la par que España se contagiaba de la Covid-19. "En Rumanía hay coronavirus, pero no tanto como aquí", indican. Según tienen constancia, bastantes compatriotas han iniciado ese camino de vuelta.

"Quiero volver a Rumanía"

Mamut y Met son rumanos y padres de seis hijos que viven en su país. Esa es la única razón por la que la joven saca las manos del agua donde está lavando. Entre los palés y las mantas encuentra en la chabola los retratos de sus retoños y los muestra con orgullo. Hace un lustro que este matrimonio llegó a España en busca de un trabajo. Hasta ahora no lo habían conseguido y esta crisis sanitaria les ha cambiado los planes. "Quiero volver a Rumanía, pero no tenemos medios", se desgañita Cadre con las fotos de sus niños en una mano y el cartoncillo de pedir en la otra. No se fueron con todos porque su marido, Mamut, visitó las urgencias esos días por problemas de riñón. Él también se muestra desesperado: "No hay dinero, así que no hay comida".

Cuentan que se alimentan de patatas aderezadas con aceite de girasol, menú que asan en la hoguera sobre una parrilla. Un paquete y medio de galletas son los únicos víveres de sus vecinos de campamento, Mehmed y Angelina. Este exboxeador búlgaro y la antigua comercial de transporte francesa llegaron a la capital aragonesa hace un par de meses y en marzo se instalaron en el campamento. Ninguno de ellos acusa síntomas de coronavirus ni conocen positivos cercanos.

"¿Saben cuándo abrirá todo de nuevo?"

Acuden a los servicios del Centro Comercial Augusta para asearse, mientras que el resto de necesidades las satisfacen en las proximidades de las chabolas. Mehmed fue el último que cruzó el agujero de la valla para ir a la ciudad hace un par de días. Los cuatro dan muestras de vivir al margen de la actualidad, pero la sensación de fuera les horroriza. "Está todo 'fermé', todo cerrado", gritan. Angelina se interesa por la vuelta a la vida normal: "¿Saben cuándo abrirá todo de nuevo?". Les preocupa no tener un enchufe donde cargar el móvil para hablar con sus familiares.

Antes de declararse el estado de alarma acudían al comedor de la Parroquia del Carmen, pero ahora tienen miedo de que la policía les dé el alto. En la actualidad esa obra social abastece a 240 personas, mientras que antes eran 160 los que hacían fila en su puerta de la calle de Santa Ana. El encargado de los voluntarios explica desde que se decretó el estado de alarma todos sus usuarios portan un certificado que avala que se dirigen al centro, por si lo requieren en algún control.

El albergue y Tenerías

Al igual que algunas personas que viven en la calle, Mamut y Met reconocen que declinan la opción de compartir espacio con otros en el albergue o en el polideportivo de Tenerías. Mehmed y Angelina meditan la idea. Estos espacios que dispuso el Ayuntamiento de Zaragoza rozan el lleno. En el albergue no quedan camas, mientras que en Tenerías todavía hay algunas, muy pocas. En este emplazamiento se realiza un minucioso seguimiento sanitario para evitar que alguien se contagie y pueda transmitirlo al resto. "Hay algunos usuarios con patologías previas, con problemas respiratorios por ejemplo, que son población de riesgo", señalan fuentes municipales.

Desde el consistorio detallan que están estudiando la posibilidad de levantar un tercer equipamiento que dé respuesta a esta necesidad o a nuevas que puedan surgir y apuntan que ya se han puesto en contacto con otras instituciones. Responsables municipales y la Unidad Militar de Emergencias (UME) valoraron la semana pasada la posibilidad de instalar una carpa en el recinto ferial de Valdespartera o en los aparcamientos norte y sur de la Expo.

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