La última paloma de Verdún

EUROPA EN GUERRAS (6)

Verdún (Francia)

Puede parecer que la muerte de una paloma no sea tan importante si tenemos en cuenta que la Batalla de Verdún, la más larga de la Primera Guerra Mundial entre febrero y diciembre de 1916, costó la vida a más de un cuarto de millón de soldados. Pero es conocida como La Valiente porque el 4 de junio de 1916 realizó su última misión con una petición de solicitud de refuerzos entre el Fuerte Vaux y la ciudadela de Verdun, donde llegó herida, gaseada y moribunda.

El comandante francés Sylvain Eugene Raynal llevaba al frente del fuerte Vaux desde el 24 de mayo. No podía comunicarse con sus superiores porque las comunicaciones subterráneas por cable habían sido cortadas. Por eso utilizó las palomas mensajeras. La mayoría de sus hombres habían muerto o estaban heridos.

Soldados franceses agotados durante la defensa de Fuerte Vaux

Soldados franceses agotados durante la defensa de Fuerte Vaux

Había conseguido parar todas las embestidas alemanas sin provisiones ni agua potable. Los alemanes ya habían ocupado los muros exteriores y se disponían a realizar el último asalto a pesar de la heroica resistencia francesa. Atacaban con lanzallamas, gases tóxicos, y fuego de ametralladoras. Necesitaron siete días para conseguir la rendición.

Las tropas alemanas presentaron honores militares a los soldados franceses supervivientes y el jefe del ejército alemán en Verdún le entregó un sable de honor al comandante Raynal .

Aunque es 6 de julio la temperatura en el interior de Fuerte Vaux ronda los 10 grados. El suelo está mojado y el ambiente húmedo te hace tiritar de frio durante el rato que dedico a visitar los pasillos y las habitaciones subterráneas.

Tuvo que ser espantoso pasar semanas en estas condiciones sobreviviendo al lado de compañeros que yacían muertos. Los soldados emplearon cloruro de cal para desinfectar las letrinas y quemar a los fallecidos a falta de sepulturas.

Al final de una de las celdas una cruz sobre una tumba, a modo de representación simbólica, recuerda que en este lugar murieron decenas de defensores. Sus cuerpos se depositaron tras los muros de una capilla.

En la bóveda había orificios de ventilación que tuvieron que ser taponados para que no sirvieran de entrada a los gases, líquidos inflamables o granadas. El agua se convirtió en un grave problema y aceleró la rendición.

Interior del Fuerte Vaux. Fotografía de Gervasio Sánchez

Interior del Fuerte Vaux. Fotografía de Gervasio Sánchez

El 3 de junio de 1916 cada soldado recibió un litro. Al día siguiente sólo medio litro. Y nada más hasta el 7 de junio, día de la rendición. Con la garganta abrasada por los gases y el polvo, los soldados bebieron su propia orina. Igual que Verdún es el símbolo del sufrimiento, Fuerte Vaux significó coraje, fortaleza, supervivencia y sacrificio.

En diciembre de 1915, Francia, Gran Bretaña, Rusia e Italia decidieron lanzar tres ofensivas simultáneas contra la coalición liderada por Alemania. Pero los alemanes se adelantaron y atacaron Verdún en febrero de 1916, una localidad de gran valor estratégico que estaba rodeada por grandes fuertes como Vaux o Douaumont.

Durante las diez primeras horas dos millones de proyectiles de gran calibre estallaron en las trincheras donde se agolpaban centenares de miles de soldados. El rol del soldado fue simplemente sobrevivir acurrucado. Esperar no ser el siguiente en morir, escondido en el agujero hecho por un proyectil o en lo quedaba de una trinchera. Ocho de cada diez muertes fue a causa de esta lluvia letal de fuego artillero.

Un soldado escribió: “El estruendo nos ensordece a todos. En los rostros teñidos de violeta, los ojos exorbitados se inyectan de sangre, y las gruesas venas de la frente y las sienes parecen llenas de sangre. ¿A qué milagro se debe el que todavía estemos vivos en medios de este diluvio de hierro y de fuego?”

Los soldados ganaban veinte metros, pero perdían a 30 compañeros. Los soldados retrocedían los mismos veinte metros y en el campo de batalla quedaban tumbados para siempre otras decenas de soldados.

Tenían 20, 25, 30 años. Eran la Francia del presente, la Alemania del futuro. Pero la muerte los desnudó y los enterró en el fango para siempre.

Visito también el Fuerte Douaumont. El silencio sólo es roto por el revoloteo de varias golondrinas  dando de comer a sus crías. Había sido construido a finales del siglo XIX como Fuerte Vaux.

Era conocida como la mayor fortaleza del sistema defensivo de Verdun. Cubre una superficie de tres hectáreas, tiene 400 metros de longitud y sus galerías subterráneas miden varios kilómetros.

Los alemanes lo ocuparon a los pocos días de dar inicio a la ofensiva de Verdun sin apenas resistencia y con pocas bajas. Los franceses tuvieron que utilizar a cinco divisiones para recuperarlo ocho meses después.

Al final de un pasillo oscuro una capilla recuerda que tras el muro descansan los cuerpos de 679 soldados alemanes muertos en una explosión fortuita de un depósito de granadas y lanzallamas. A pocos metros, una placa conmemora la muerte de 21 soldados franceses tras la explosión de un proyectil alemán de gran calibre cinco días antes de que acabase la batalla de Verdún. Siete de ellos no pudieron ser enterrados en tumbas individuales al quedar despedazados y sus restos reposan tras el espeso muro.

Capilla ante el muro que tapia la tumba donde fueron enterrados 679 soldados alemanes en Fuerte Douaumont. Fotografía de Gervasio Sánchez.

Capilla ante el muro que tapia la tumba donde fueron enterrados 679 soldados alemanes en Fuerte Douaumont. Fotografía de Gervasio Sánchez.

Nueve pueblos de los alrededores de Verdún fueron completamente destruidos durante la batalla de 1916. Bezonvaux es una de esas aldeas que en 1913 tenía 150 habitantes. Su historia está llena de calamidades. En el siglo XVII quedó en ruinas durante la Guerra de los Treinta Años. Entre 1626 y 1641 la peste diezmó su población.

Los muros de algunas casas se alzan algunos centímetros del suelo. Los aperos de labranza han sido colocados a lo largo de lo que fue la calle central. No queda ni una piedra de la antigua escuela-alcaldía. Joseph Richard, el último profesor, murió de las heridas provocadas por un proyectil alemán un año antes de la gran batalla.

Los últimos habitantes se marcharon de la aldea seis días antes del inicio de los bombardeos más intensos. Unos depósitos de proyectiles de un cañón de campaña de 75 mm ocupan el espacio donde antes hubo una casa campesina.

La iglesia, de 1848 fue arrasada. En el mismo lugar se construyó en 1932 una capilla llamada del Recuerdo. En la aldea de Ornes, a unos kilómetros, el esqueleto de lo que fue una hermosa iglesia es lo único que queda en pie.

22 millones de cañonazos alemanes y 15 millones de franceses se habían contabilizado cuando se alcanzaba el ecuador de la batalla. Setenta divisiones francesas contra cuarenta y seis alemanas pasaron por el infierno de Verdún.

Los campesinos pagaron un alto precio en vidas humanas. Pero también sufrió la élite intelectual. 7.400 profesores murieron y el 41% de los alumnos de Magisterio desaparecieron.

El general francés Robert Nivelle popularizó el grito de: “No pasarán”.

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2 respuestas a La última paloma de Verdún

  1. Rosa Lezana dijo:

    Estoy siguiendo los artículos sobre la II Guerra mundial y me gustan, sólo me gustaría que fueran más extensos, aunque supongo que es el espacio que tiene en el periódico. Soy una apasionada de la Historia y aunque no me gusta la guerra , forma parte de ella.
    Gracias a Gervasio Sánchez por el trabajo.
    Rosa Lezana

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