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Opinión

Olas de calor

ACTUALIZADA 06/08/2019 A LAS 02:00
El elevado consumo energético de la cadena refrigeradora mundial contribuye al cambio climático y, por ende, a las olas de calor
El elevado consumo energético de la cadena refrigeradora mundial contribuye al cambio climático y, por ende, a las olas de calor
POL

La vida cotidiana está llena de cosas que creemos entender junto a otras que nos despistan, por desconocidas o no queridas, por más que sucedan una y otra vez. Cambian las ideas sobre la naturaleza y sus ritmos, sobre las personas; vemos a una y las otras mecerse en episodios discordantes. Este junio, sin ir más lejos, nos agobiaron calores termométricos exagerados, que llevaron consigo un sinfín de contratiempos, especialmente para grupos de personas menos preparadas o que trabajan en ambientes críticos. El tópico no es nuevo; la frecuencia, sí. El escritor y periodista Ramón Gómez de la Serna escribió hace mucho tiempo algo así como que el ventilador afeita al calor. ¿Todos salvados? No. El sofoco no funciona de forma tan sencilla a escala global porque se le han revuelto demasiado los pelos.

Este año, la primera canícula (qué palabra tan contundente, ya en desuso)‒ no ha respetado el calendario. Antiguamente la temperatura extrema coincidía en el hemisferio norte con la época en que Sirio (estrella muy brillante que forma parte de la constelación de Can Mayor, de ahí viene lo de canícula) salía y se ponía a la vez que el sol, más o menos entre el 22 de julio y el 23 de agosto. En aquellos tiempos no les extrañarían las canículas; siempre tendrían el botijo a mano.

A finales de junio se han batido récords de temperatura por media España, en llanos y montañas, costas e interior, ciudades y pueblos; qué decir de lo que hemos pasado por aquí o del impacto que han tenido en el centro de Europa, menos sufridores de canículas que nosotros. Seguro que el reciente tostadero nos asombra ya un poco menos; oímos una y otra vez a los científicos asegurar que los últimos veranos han sido los más cálidos conocidos, ya sean medidos o escritos en crónicas. Tanto que los últimos 30 años presentan un calentamiento sin precedentes. Repasen la agenda y recuerden los calores soportados en Aragón en 1991, 2003 y 2015.

Según una investigación del ‘Environmental Health Perspectives’, realizada en 2017 en 400 ciudades, en la que colaboró un instituto del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), España estará entre los países azotados por muchas olas de calor cada año, con graves repercusiones en la salud de los más vulnerables. Mucha gente empieza a estar afligida por las puntuales olas de calor, que nos sacan los colores de la despreocupación climática (de gobiernos, empresas y personas). Por eso acude en masa a la búsqueda de ventiladores y aparatos de aire acondicionado; cuánto agradecerán a Willis Carrier su invención, hace ya más de 100 años.

Nos preguntamos si, como colectivo, seremos capaces de combinar la necesidad de asegurar cadenas de frío, algo que hoy resulta esencial para la vida cotidiana (conservación de mercancías frescas, reservas de productos de salud que salvan vidas, confortabilidad en domicilios, entornos educativos y de trabajo que aumentan la productividad, etc.), con un posible uso racional de la energía. Su elevado consumo para mantener la cadena refrigeradora mundial contribuye al cambio climático y, por ende, a las consiguientes olas de calor. Anoten este dato: en la actualidad hay unos 3.600 millones de aparatos de refrigeración en todo el mundo y se prevé que en 2050 sean 14.000 millones de dispositivos, lo cual supondrá un consumo de energía cinco veces mayor. Lo dice el informe ‘The future of cooling. Opportunities for energy-efficient air conditioned’ de la IEA (Agencia Internacional de la Energía) y la Universidad de Birmingham.

La crisis climática es muy compleja de abordar. Por eso, no hay que mirarla como un episodio más o menos caliente, sino desde distintos puntos de vista: valorando en cada momento el beneficio particular del uso energético, no solo en eso de las temperaturas y la contaminación del aire, sino en sus repercusiones en la vida colectiva (la salud, por ejemplo) y en el medio ambiente. Habrá que darle la razón a Gómez de la Serna en que el ventilador (llamémosle acciones paliativas) simplemente afeita el calor, pero este vuelve a crecer enseguida y a menudo se desmelena. Por eso, solo nos queda mitigar las causas y adaptarnos a los cambios.

¿Preparados para que la siguiente canícula nos saque los colores? ¡Ojo!, porque no será la última, y ahora los botijos no se llevan.

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