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jóvenes que inspiran

Entre madera y paciencia: los jóvenes que quieren convertirse en violeros

La Escuela de Violeros se inauguró en Zaragoza en 2015 y, desde entonces, lleva formando alumnos para asegurar la continuidad de este gremio artesanal declarado Bien de Interés Cultural.

Rebeca, una de las alumnas de la escuela de violería, sosteniendo una de sus creaciones.
Rebeca, una de las alumnas de la escuela de violería, sosteniendo una de sus taraceas.
B. Trébol

En la segunda planta del Centro de Formación Profesional Arsenio Jimeno se despliegan tres aulas que, obviando las instalaciones contemporáneas, transportan a quien cruza sus puertas a un paraíso de artesanía tradicional: la primera Escuela de Violería de Zaragoza y la única en España que da cursos de larga duración, que abrió sus puertas en 2015 como un proyecto pionero de innovación pedagógica con el objetivo de ofrecer una formación de calidad a violeros y guitarreros.

Colgados en las paredes, apoyados sobre las mesas de trabajo o recogidos en los armarios a la espera de ser terminados aguardan arpas, vihuelas, laúdes, guitarras, violas, rabeles, violonchelos... fruto y huella del esfuerzo de los jóvenes (y no tan jóvenes) que van pasado por la institución y han encontrado en el aprendizaje de este oficio una pasión.

"Nosotros somos violeros: constructores de instrumentos de cuerda", explica Javier Martínez, director y profesor de la Escuela de Violería. "La palabra 'luthier' es una traducción al francés de 'laudero', que es una palabra incluso anterior a violero, de la que se tiene constancia desde, al menos, 1473". Esta tradición, declarada Bien de Interés Cultural, se remonta pues hasta la Edad Media. "Zaragoza puede presumir de que durante el Renacimiento fue el centro más importante de construcción de instrumentos musicales. Tenemos que enorgullecernos de haber hecho nuestra pequeña aportación a la belleza". 

"Tenemos que enorgullecernos de haber hecho nuestra pequeña aportación a la belleza"

En la escuela zaragozana hay alumnos de toda España, pero también de Estados Unidos, Alemania, Bélgica, Italia, México, Colombia, Honduras, Francia... Algunos son profesionales que acuden para perfeccionar ténicas y enseñarlas después en su país. Otros están allí para fabricar un instrumento para hijos o sus nietos, que están estudiando en el conservatorio. Otros están jubilados y buscaban un hobby con el que entretenerse. Otros, los más jóvenes, lo que quieren es aprender el oficio y dedicarse a él. Pero aunque sus objetivos son distintos, todos coinciden en algo: para dedicarte a esto, la paciencia es fundamental. 

Rebeca Jiménez

Rebeca Jiménez sosteniendo tres de sus rosetas.
Rebeca Jiménez sosteniendo tres de sus rosetas.
B.T.

Rebeca Jiménez tiene 23 años y lleva un año en el taller. Cuando llegó, tal y como explica, "no había tocado madera en la vida". Dice que, al principio, es un poco confuso e incluso algo frustrante, "porque quieres hacer cosas pero no lo terminas de conseguir", pero que poco a poco vas cogiendo el ritmo y sientes una gran satisfacción.

"A diferencia de la típica clase en la que tienes asignaturas, o exámenes, aquí lo importante es la observación y el aprendizaje continuos: es saber qué estás haciendo y hacerlo bien". En clase, cada uno está trabajando con un instrumento distinto, el que ha escogido, y es el maestro el que va de mesa en mesa indicando y corrigiendo. No hay un primer año y un cuarto, un fin de carrera o unos exámenes finales. El famoso Trabajo de Fin de Grado podría compararse con terminar el instrumento, pero si quieres seguir con otro, las puertas de la escuela están abiertas. "Hay muchos tipos de personas que vienen aquí y la flexibilidad del horario permite a cada uno trabajar a su ritmo. Es maravilloso", asegura. 

"En mi caso, se me dan muy bien los detalles, esos que requieren las taraceas, las rosetas o los lazos" que ornamentan los instrumentos, explica la joven mientras muestra con orgullo la colección de diseños de maderas entramadas que ha ido creando. Los suyos, probablemente, acabarán decorando las arpas en las que está trabajando. "Una es tardogótica y la otra barroca", aclara.

En otro tiempo, el trabajo de Rebeca no habría podido hacerse público. En el pasado, el del luthier, como muchos otros oficios, estaba reservado a hombres y, de hecho, se creía que un instrumento construido por una mujer no sonaría bien.

David Moreno

David Moreno trabajando en su guitarra.
David Moreno trabajando en su guitarra.
B.T.

David Moreno tiene 24 años y es uno de los jóvenes que se ha desplazado hasta la capital aragonesa para dar forma a este sueño. Estudió seis años de piano en Madrid, de donde es natural, pero después empezó a buscar una alternativa a tocar que no lo alejase de la música. "Buscando, buscando, descubrí que esta es prácticamente la única escuela que hay en toda España, al menos que englobe tantos instrumentos, así que vine hasta aquí", explica. Y 'aquí' lleva tres meses, dedicados a una guitarra clásica. "¿Somos herederos de la guitarra española y solo hay una escuela para aprender a fabricarlas?", se pregunta.

Él ha comenzado diseñando la roseta, que es el motivo que decora la boca de la tapa. "Se hace por mosaico y tiene 1.000 y pico piezas pequeñas. Requiere ser muy minucioso, por lo que a la larga algunos prefieren hacer un molde o encargarlas".

El material que emplean los estudiantes se lo costean ellos mismos, por eso, cuando el instrumento está terminado, pueden decidir qué quieren hacer con él: dejarlo en la escuela, quedárselo, venderlo... Cuando termine la suya, a David le ronda la idea de venderla para ganar algo de dinero. "Siendo principiante no la puedo vender por un precio por el que pueden venderlas otros artesanos. Hay de 11.000 euros y hay de 3.000. Y también están las 'low cost' de 200 euros, que es con lo que hay que competir porque las industriales de contrachapado se venden mucho más por ser más asequibles, pero no son artesanales, la calidad no puede compararse".

Javier Sauquillo

Javier Sauquillo escuchando las indicaciones del profesor de la escuela, Javier Martínez.
Javier Sauquillo escuchando las indicaciones del profesor de la escuela, Javier Martínez.
B.T.

Para este joven de 27 años la música siempre ha formado parte de su vida. Llevaba años interesado en una formación como esta, y cuando hace dos años dio con la Escuela de Violería de Zaragoza vino desde Albacete para comenzar su aprendizaje, y aquí sigue.

"Primero hay que escoger el instrumento que deseas hacer y elegir o diseñar un plano para reproducirlo. Yo hago viola de gamba, tengo dos en proceso. De una de ellas había plano y de la segunda lo saqué de una fotografía", explica Javier Sauquillo y, aunque le encantaría poder quedárselas, pretende ponerlas a la venta cuando las termine porque necesita el dinero para seguir estudiando. "Una vez que tienes el plano hay que hacer el molde y elegir las maderas, pegar la tapa y el fondo, tallar la tapa, hacer la corona, montarla, tallar y añadir el máster y la cabeza...". Esta última es la parte que mayor creatividad deja al artesano, el lugar en el que, según las formas y la ornamentación, puede dejar su firma en la madera. Sauquillo aprovechó el tiempo que les dejó la cuarentena para practicar la talla, "como durante la cuarentena las aulas se cerraron y el material y las herramientas se quedaron en el aula, aproveché para practicar", recuerda este joven que destaca de este aprendizaje "la espera paciente, el trabajo constante y la escucha".

Jon Álvarez

Jon Álvarez seleccionando madera.
Jon Álvarez seleccionando madera.
B.T.

Apenas una semana lleva Jon Álvarez en la escuela y confiesa emocionado que trabajar en su propio instrumento es "el juego más divertido al que ha jugado nunca". Este joven de 21 dejó su pueblo de La Rioja, Enciso, y Pamplona, donde estudió el Grado Superior de Técnico de Sonido para probar su talento como violero. "Lo primero que hice fue seleccionar maderas, aprender con qué criterio se escogen, por qué una madera es mejor que otra, cuál es mejor para lo que estoy haciendo... Era algo que siempre había querido saber". Bromea diciendo que él es otro de los jóvenes que ha venido a Zaragoza "de propio, como se dice en Aragón", donde ha encontrado buenos compañeros. "Como Javier es el único profesor que tenemos, los compañeros son muy cercanos y hay mucho compañerismo: si Javier está liado vienen y te echan ellos una mano".

Algunas de las maderas que tiene entre sus manos acabarán formando parte de la guitarra flamenca en la que está trabajando y que espera tocar él mismo. "Soy guitarrista flamenco y autodidacta. Empecé con la guitarra en el conservatorio a los ocho años pero lo dejé tres años más tarde. La retomé a los 16 y desde entonces practico cada día bastantes horas y he hecho varios bolos en La Rioja". 

Para él tener ganas es la clave para que esto salga bien. "Hay que tomárselo como cualquier cosa que vayas a hacer para ganarte la vida: si te gusta, no estás trabajando, estás jugando y te están pagando por ello".

Una tradición con mucha historia en Aragón

"Lo que nosotros sabemos de aquella época lo conocemos a través de archivos e imágenes, pero desde hace poco", explica el director de la escuela, cuya tesis doctoral se centró en los violeros españoles entre 1350 y 1650. "El musicólogo Pedro Calahorra, entre otros, empezó a investigar hace unos años y se dio cuenta de que aparecían muchos nombres de violeros por aquella época. De hecho, si atendemos al número de talleres abiertos documentados podemos decir que Zaragoza era la mayor potencia mundial de instrumentos musicales: a finales de siglo XV y principios del XVI convivían 36 violeros en una ciudad con 18.000 habitantes".

La producción de todos estos talleres no iba destinada solo al consumo urbano de la ciudad de Zaragoza. "En los libros de collidas se registraba las operaciones de compra-venta en las aduanas del Reino de Aragón, y aparecen muchísimos instrumentos musicales que se enviaban a Italia, Francia, Alemania...", repasa el docente.

La convivencia entre talleres mudéjares y cristianos en la capital aragonesa era un caso único en toda Europa para la época, y de ella han quedado nombres como el de Mahoma Moferriz, violero y alcalde de la Aljama de la ciudad, de cuya creación, los claviórganos, quería presumir la aristocracia de la época. "De historias como esta se puede deducir que  un violero tenía una consideración muy importante entonces y, como en muchos gremios, poseía una reglamentación del oficio estricta que luchaba contra el intrusismo", recuerda Martínez.

"Esta larguísima tradición artística se mantuvo vigente hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado -prosigue-, pero tuvo que hacer frente a un problema: la mecanización. Mientras las instituciones de lugares como Italia, Francia o Alemania comienzan a potenciar la cultura de la artesanía relacionada con estos instrumentos, en España se descuida por completo". Por otro lado, el artesano explica que muchos de los instrumentos tradicionales fueron desapareciendo con los años, "hasta que el 'boom' de la música antigua y el interés de músicos más puristas que querían interpretarla con instrumentos adecuados de la época volvió a poner en marcha su construcción, dando paso, en la década de los 60 y 70, a los primeros 'nuevos violeros'", añade.

Martínez aspira a que todo este contexto acabe incluyéndose en la formación de sus estudiantes. "Todo esto merece también un espacio y me gustaría poder incluir los contenidos teóricos imprescindibles y convertir la escuela en un centro permanente, con tres o cuatro profesores más", concluye.

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