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Ocio y Cultura

Literatura sudamericana. 'artes & letras'

El penúltimo canto a la amistad y al arte de contar de Luis Sepúlveda

Tusquets recupera su libro ‘Historia de Mix, de Max y de Mex’, el cuento de un gato, un joven y un ratón mexicano, ilustrado por Noemí Vilamuza

El libro póstumo de Luis Sepúlveda.
Luis Sepúlveda era un gran amante de los animales. Aquí lo vemos en el restaurante La Scala, en uno de sus viajes a Zaragoza.
Víctor Lax/Heraldo.

Hace algo más de un mes fallecía en Asturias Luis Sepúlveda, un fabulador nato que, curiosamente, se presentó al premio de novela ‘Ciudad de Barbastro’ con ‘Un viejo que leía novelas de amor’ (1989) y, al final, tras muchos debates, no ganó. Con ese libro vendería algunos millones de ejemplares y conmovería a los lectores de medio mundo.

Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949-Asturias, 2020) fue muchas cosas, entre ellas, un ciudadano cosmopolita y comprometido que vivió en varios países de Latinoamérica y de Europa hasta afirmarse hace una veintena de años en Gijón con la poeta Carmen Yáñez, con la que había estado casado en los años 70. Fue periodista, viajero (a muchos lugares y especialmente a la Patagonia, con su hermano del alma, el fotógrafo Daniel Mordzinski), un escritor de una peculiar mirada que abrazaba el realismo mágico, la crónica política y la fábula y el amor a los animales. Ahí están, sin afán de abrumar, novelas o cuentos largos como ‘Historia de la gaviota y del gato que le enseñó a volar’ o ‘Historia de la ballena blanca’. Poco antes de su inesperada muerte, había entregado un libro delicioso y envolvente ‘Historia de Mix, de Max y de Mex’, que recupera Tusquets (su sello desde hace muchos años. El libro ya había sido publicado en España en 2013 por Espasa ) con estupendas ilustraciones de una creadora tan inspirada y personal como Noemí Vilamuza.

Luis Sepúlveda firma un prólogo que data al final del verano de 2012, en Gijón. Con su humor habitual, aunque estas cosas solían sucederle, declara que una vez conoció a un astrólogo chino, que le dijo: “Alguna vez, en una vida pasada, fuiste un gato muy feliz, porque eras el gato favorito del mandarín”. El astrólogo le regaló tres gatos de bronce, “tres gatos gordos, y cada uno tiene en la parte de atrás un pequeño agujero. ‘Que nunca les falte de comer’, me aconsejó y dio por finalizada su entrevista conmigo”. Cada cierto tiempo, Lucho alimentaba a los bichos.

El libro póstumo de Luis Sepúlveda.
Una de las ilustraciones de Noemí Vilamuza. Detalle. El ratón mexicano Mex.
Noemí Vilamuza/Tusquets.

De ahí da el salto a la historia que nos ocupa: el gato Mix, “que mi hijo adoptó en la Sociedad Protectora de Animales de Múnich”. Sepúlveda había anticipado líneas atrás: “Me gustan los gatos porque son misteriosos, muy dignos e independientes”.

El cuento-‘nouvelle’ empieza con una doble emoción: Mix, cuando era muy pequeño, salió de casa, se zafó del control de Max y sus hermanos, y se subió a lo alto de una rama de castaño, de lo que no sabe bajar. Max hace lo propio y deben ser los bomberos quienes los rescaten. Fue su primera aventura compartida. Cuando el joven se independiza, con solo 18 años, Mix se va con él. Y el lector sigue esa convivencia fascinado; se implica en ese lapso de amistad, de sinceridad, de apoyo, de confianza. 

Como sucesivos mantras leemos: “Los amigos se apoyan, se enseñan el uno al otro, comparten los aciertos y los errores”; más adelante, se escribe: “Los amigos siempre cuidan de la libertad del otro”. Y, diez más páginas más allá, otra nota: “Los amigos de verdad siempre cuidan uno del otro”.

La vida en el último piso de una casa de vecinos, entre Max y Mix, es sugerente. Sucede el primer conflicto: Mix se queda ciego. Y en la evolución de la narración aún habrá otro protagonista: un ratón mexicano, huido de uno de los pisos, que tiene dos serios conflictos: no tiene nombre, y eso le apena, y le chifla en muesli. Hasta aquí se puede contar.

Como ha dicho el editor Juan Cerezo, Lucho Sepúlveda dominaba el arte de la oralidad, la magia del decir con sorpresa, humor y sencillez. Aquí se 'muestra' la narrativa oral y se ensalza. Este es un libro sobre la fraternidad y el reconocimiento del otro, pero también es un libro sobre el arte de contar: lo hace Sepúlveda con elegancia y contención, con una natural limpidez, con poder de evocación y con homenajes a los primeros libros que nos marcan la vida. Desde Mark Twain a Julio Verne y Michael Ende. O ‘El último mohicano’. Y contar lo hacen muy bien tanto el gato Mix como el ratón Mex. Si aquel tiene un perfil griego; este también tiene su personalidad y es parlanchín y soñador, y le gusta saltar de tejado en tejado y a la vez explicarle a su amigo Mix y al lector cómo es la nieve por las calles o cómo Max se aleja en su superbicicleta ahora que ha dado el salto de la universidad a su primer trabajo.

El libro póstumo de Luis Sepúlveda.
Mix y Max, vistos por Noemí Vilamuza. El libro se había publicado en 2013 en Espasa.
Noemí Vilamuza/Tusquets.

Luis Sepúlveda crea climas, huye del artificio y del énfasis argumental, halla un ritmo narrativo natural, de terso fraseo, y nos conmueve con su canto a la amistad, a la fraternidad entre animales, y con los pequeños gestos de la vida, que es, de largo, la mejor aventura. La más sutil. Una caracola de hechizos e incidencias.

Aunque quizá a nadie le importa ese detalle, el libro llegó ayer y lo leí dos veces: por la mañana y por la tarde. Es breve, sí, y tiene emoción, un humor dosificado y el inasible misterio del encanto. Palabras con alma, el vértigo tranquilo de la mejor ficción para todas las edades y todos los públicos. Luis Sepúlveda, que está en los cielos de la locuacidad del narrador inmortal, sabía algo: “Los amigos de verdad comparten lo mejor que tienen”.

LA FICHA

‘Historia de Mix, de Max y de Mex’. Luis Sepúlveda. Ilustraciones de Noemí Vilamuza. Tusquets: Colección Andanzas. Barcelona, 2020. 89 páginas.

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