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Cierra el restaurante D'Israel: baja la persiana un referente junto al Clínico para desayunos y comidas

Israel Valero, el dueño del restaurante cafetería zaragozano fundado en 1975, se jubila y dice adiós este viernes, tras el duro envite de la crisis por la pandemia de covid.

Israel Valero y su hijo tras la barra del restaurante D'Israel que cierra este 26 de noviembre.
Israel Valero y su hijo tras la barra del restaurante D'Israel que cierra este 26 de noviembre.
Toni Galán

Israel Valero ha pasado buena parte de su vida detrás de la barra y sirviendo las mesas del restaurante cafetería que lleva su nombre. Desde D’Israel ha visto nacer casi un barrio, la prolongación de Gómez Laguna, donde solo había descampados cuando llegó. Incluso se instalaban allí las ferias para las fiestas del Pilar. 

El local fue fundado en 1975 por los hermanos Bolado como San Siro, el segundo tras la cafetería que unos años antes habían inaugurado también en Zaragoza. Él hacía el servicio militar y empezó a trabajar de camarero lo días que podía, llegó a maitre y finalmente se quedó con el negocio cuando lo vendieron en 1982. Desde el inicio, el local ha sido un punto de referencia en el entorno del Hospital Clínico de Zaragoza, frente al que se ubica, para quienes desayunan después de unos análisis o comen durante el ingreso de algún familiar en el centro sanitario. Cafés, cruasanes, mini bocadillos y menús siguen saliendo de la larga barra de la planta calle, pero van siendo las últimas viandas porque el próximo viernes, 26 de noviembre, bajará la persiana para siempre.

"No sé cómo lo voy a hacer. Lo voy a pasar mal", confiesa, a sus 69 años, y se le nota emocionado incluso detrás de la mascarilla, sentado una tarde en el local ya vacío, tras las comidas, y poco antes de terminar su jornada diaria, junto a su mujer, María Antonia Alcaine. Ella ya lloró cuando colgaron este mes en la puerta el cartel de 'Se vende', cuenta de Maritoñi, que así es como la conocen sus amigos y familiares. La pandemia de covid-19 ha supuesto un envite muy duro para el sector y con la jubilación de ambos, ahora que ella acaba de cumplir los 65, han decidido cerrar una etapa. Pero aún no son conscientes de ello ni tienen planes para su retiro.

Recuerdos en cada rincón

Cada rincón del local les trae recuerdos de su vida profesional y familiar, como suele ocurrir a muchos autónomos volcados en su negocio. En la mesa en la que se sientan para la entrevista, la situada más al fondo del local, la número 1 en el mapa mental que solo conocen los que trabajan allí, sus hijos hacían los deberes cuando venían del colegio. Iban a Salesianos, porque se encontraba a unos pasos, en la misma acera del establecimiento, que ha sido "más nuestra casa que un negocio", aseguran.

"Cogimos el bar cuando mi hijo Israel tenía dos años y cuando se dormía lo echábamos entre dos sillas en esta misma mesa"

"Cogimos el bar cuando mi hijo Israel tenía dos años y cuando se dormía lo echábamos entre dos sillas en esta misma mesa", cuenta la madre. Ese niño hoy tiene 42 años, y ha estado trabajando desde los dieciocho con su padre. "Aquí hacía los deberes", dice él mientras señala la mesa desde el otro lado de la barra, "y practicaba música tocando la flauta en los escalones de la entrada de la cafetería", añade. Sus amigos le tenían envidia porque su familia regentaba un bar, pero él echaba de menos ir a casa después de comer y descansar en el sofá. 

María Antonia Alcaine e Israel Valero, en su restaurante D'Israel.
María Antonia Alcaine e Israel Valero, en el salón de banquetes de su restaurante D'Israel.
Heraldo.es

ERTE por la pandemia

Él y su hermana Nuria dejan una parte de sus vidas también en el restaurante, pero ninguno se ha animado a seguir con el negocio. Ella trabaja en el sector de la Comunicación y él mantiene el espíritu emprendedor, pero quiere "cambiar de aires", después de ver "todo lo que ha tenido que exponer mi padre, que ha sacrificado su vida por los demás", afirma. Ha sido un año y medio de pandemia "muy duro", coinciden ambos. "Hemos estado tres meses sin ningún ingreso y muchos gastos", como otros autónomos, y eso que se sienten "afortunados" porque han podido tirar de ahorros pero sin gastar todo el "colchón".

Solicitaron un expediente de regulación temporal de empleo (ERTE) para los siete trabajadores que tenían y se quedaron padre e hijo solos, con el cocinero. Han concentrado el trabajo de 7.30 a 16.30, las horas de más ajetreo. Al desgaste físico de atender el negocio solos se han unido los quebraderos de cabeza para afrontar la crisis sanitaria. Las ayudas no han llegado. Hubieran agradecido que les liberaran de impuestos. "He perdido 15 kilos. Me despierto a las 6.15 y ya estoy aquí", confiesa el fundador.

"Tenías que dar de comer a todo el mundo y en la calle. Yo los veía pasando mucho frío, sin poder entrar dentro, veía la cola para pedir un café y me parecía inhumano"

"La pandemia ha sacado lo mejor y lo peor de la gente", afirman padre e hijo. Se han encontrado con personas comprensivas y solidarias y otras a las que les molestaba que les dijeran que se tenían que poner la mascarilla en el interior o no han cumplido la petición de no ocupar más de 20 minutos las mesas de la terraza a la hora del café para que pudieran usarlas más personas. Los continuos cambios normativos les han mareado, como al resto de la hostelería, y les dejan algunas imágenes que no podrán olvidar. Para Maritoñi la peor fue la del invierno pasado cuando por las restricciones en las terrazas solo podían tener tres mesas en la calle. "Tenías que dar de comer a todo el mundo y en la calle. Yo los veía pasando mucho frío, sin poder entrar dentro, veía la cola para pedir un café y me parecía inhumano", relata.

"La gente con abrigos tomando algo fuera y aquí dentro todo vacío", dice de uno de los tragos más amargos. Otro ha sido tener que decir adiós a los empleados, algunos tras más de 20 años en plantilla, algo nada frecuente en la hostelería, que tienen que buscar ahora otro empleo. "Son profesionales que cuando entra un cliente ya saben si quiere el café solo o cortado", comenta Israel de ellos. El cocinero ya se ha recolocado y "viene a vernos todos los martes", cuentan, contentos, por seguir manteniendo la relación.

Mural de José Aznar 

Mural de José Aznar, de 1975, en el restaurante  D'Israeli de Zaragoza.
Mural de José Aznar, de 1975, en el restaurante D'Israel de Zaragoza.
Heraldo.es

Pero el tiempo irá alejando esos recuerdos más negativos y acercando los más lejanos, los de los mejores años del local, que esconde secretos como el mural gigante de madera, pirograbado y metal del artista aragonés José Aznar, que lleva colgado desde 1975 en la pared de las escaleras que conducen a la planta sótano por donde han bajado novios, comulgantes y familiares a celebrar banquetes. El piso inferior sorprende porque la escalera se va ampliando hasta desembocar en un salón de 190 metros cuadrados, con espacio para 150 comensales, dividido en dos zonas con dos grandes lámparas de araña que iluminan la estancia.

"Éramos un sitio que trabajábamos muy bien. De una boda sacabas otra", afirma el fundador, con orgullo, y busca en la cartera un papel amarillento que han encontrado en estos días de preparar la mudanza. Es un pequeño menú de una boda de 1976, en el que un invitado le escribía en una cuidada letra el buen servicio recibido. "El servicio es superior al estándar. El maitre es un caballero extraordinariamente competente", son algunas frases que relee ahora con nostalgia. En esos años convivían en la ciudad salones de celebraciones como Rogelios o el Eliseos, este último en obras para convertirse en una franquicia de una famosa multinacional de comida rápida.

En 1997 reformaron el local. Unos años después los gustos del público fueron cambiando y aparecieron las fincas de celebraciones y restaurantes con más espacio. "La gente quería baile, pero aquí no podías hacerlo", cuenta Maritoñi. Y llegó la crisis de 2008, que también dejó huella con una caída del consumo, pero se fueron manteniendo.

La última exposición

En la pared de la planta de arriba cuelga la última exposición de artistas locales, de las que empezaron a organizar mediante el boca a boca hace siete años. Son las 'Crónicas de un confinamiento ilustrado' de Laura Gracia y Miguel Ángel Daniel, artistas plásticos e ilustradores que exponen un reto al que se sumaron otros creadores del grupo ‘De vuelta con el cuaderno’ durante el encierro por la covid. Una ilustración para cada palabra de un particular diccionario de la pandemia. Besos y abrazos que guardan unos abuelos en un bote de mermelada, ventanas cantando ‘Resistiré’ a las 20.00, móviles con videollamadas y casi como un mal presagio, un autónomo aplastado por una montaña.

Solo pide que la persona que se haga cargo del negocio sea alguien "que lo cuide y lo quiera como lo hemos querido nosotros"

"Me costará mucho no venir", repite Israel padre, como queriendo mentalizarse de su nueva etapa. Pese a los momentos duros y los sacrificios personales, no se arrepiente de su elección de ser emprendedor. "Lo he hecho todo muy a gusto", afirma, guardando el viejo menú que le recuerda a sus años de camarero. Entre los recuerdos melancólicos también tiene tiempo para bromear. No descarta presentarse por error algún día cuando ya haya cerrado porque "hasta el coche me dice cuando me monto: 'cafetería, 13 minutos’", afirma con una media sonrisa, que corrobora su mujer. Ella tampoco se hace a la idea.

Son conscientes de que en la época actual, todavía con las secuelas de la pandemia en la economía, y especialmente en la hostelería, encontrar un nuevo propietario que quiera seguir con el negocio será complicado. Van haciendo poco a poco el último inventario antes de despedirse. Junto a la barra de la entrada luce uno de los dos cuadros antiguos de la Virgen del Pilar que guardan con mimo. Maritoñi solo pide que la persona que se haga cargo del negocio sea alguien "que lo cuide y lo quiera como lo hemos querido nosotros".

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