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Libros, gofres y Santa Engracia de ‘influencer’, en el ensayo general de una tarde de verano

Hasta que se desató la tormenta, miles de zaragozanos tomaron las calles del centro para disfrutar de la Feria del Libro, la reforma de la plaza o los nuevos y sugerentes negocios de Gran Vía.

Viandantes en el tramo inicial de Gran Vía.
Viandantes en el tramo inicial de Gran Vía.
FRANCISCO JIMENEZ

Ha sido como un ensayo general de una tarde de verano. Calor asfixiante, heladerías en las que no cabe un alfiler y calles perezosas -y pegajosas también-, pero repletas de gente. Quienes no han tenido la suerte de poder marchase al pueblo o a la playa este fin de semana, han tratado de disfrutar de los nuevos atractivos turísticos o de ocio que presentaba la ciudad. En la plaza del Pilar, como es sabido, se inauguró el viernes la Feria del Libro, que -eso sí- tiene un aforo limitado y hay que tener un poco de paciencia guardando la fila antes de entrar en el recinto de las casetas. Esta vez, a diferencia del pasado 23 de abril, no hay que vender los libros a través de las vallas, como si fueran objetos de estraperlo, pero sí que toca esperar un poco para conseguir la firma del autor preferido dadas las restricciones derivadas de la pandemia. Donde casi no se recuerda el coronavirus ya es en las terrazas de la ribera y del Casco, que están de bote en bote, aunque con los camareros vigilantes de que las mesas no sean de más de seis comensales y de que nadie fume mientras degusta su consumición. Eso sí, hecha la ley hecha la trampa, porque son decenas los clientes que se ponen de pie, se apartan apenas medio metro y se encienden un cigarro.

“Hemos salido a dar una vuelta porque ya no sabíamos qué hacer en casa con las niñas”, decía Javier Echeveste, con sus dos hijas en la plaza de España. “Llevamos intención de subir hasta el parque Grande, pero con este calor no sé si llegaremos”, continuaba. Su intención era la de echar un ojo a cómo va quedando la gran alfombra floral que prepara el Consistorio junto al Cabezo pero, atención spoiler, aún no está lista. Los muchos rosales tendrán que esperar unas pocas semanas más, como también alguna nueva plantación que se intuye en el paseo de la Constitución y en Gran Vía. De hecho, buena parte de los parterres del trazado del tranvía están ahora con vallas y barreras de protección para que los perros no los invadan y los humanos tampoco crucen por donde no deben dando al traste con las plantaciones.

La reforma de la plaza de Santa Engracia ha causado gran expectación.
La reforma de la plaza de Santa Engracia ha causado gran expectación.
FRANCISCO JIMENEZ

A los libros y las rosas, les ha salido esta semana otro rival inesperado de última hora como es la nueva plaza de Santa Engracia. Quien más quien menos cuando pasa por Independencia se acerca a ver la reforma con una doble intención: por un lado, adquirir una opinión formada en el aireado debate sobre si es una plaza moderna o una sucursal de una cementera y, por otro, hacerse una fotito para Instagram. En la última semana las imágenes de la plaza se han multiplicado por diez en la red social (sólo las que están etiquetadas, claro) y es fácil ver quién busca el ángulo o la perspectiva más original, dado que hacen piruetas en la plaza, colocan el móvil a ras de suelo, buscan auparse en las farolas o buscan balcones de edificios cercanos en los que lograr la más inspirada instantánea. “La plaza está majica, mejor que antes con los coches por medio. Lo que me da miedo es la escultura de la covid, que me parece muy puntiaguda y más de uno se dejará las rodillas allí”, opinaba Amelia Osés, que había bajado de Las Delicias sólo para ver ‘la novedad’. 

“Los árboles ya crecerán y parecerá más verde. Creo que lo mejor es que ahora desde Independencia se ve muy bien la fachada de la iglesia, que antes había que acercarse de propio”, opinaba Fernando Oliván. A su lado, Mayte Lastra se agachaba para hacer alguna foto junto a las nuevas plantas que aspiran a recordar lo que antes era la huerta agrícola de esta zona de la ciudad. “Echo en falta aquel reloj de setos que había y creo que era simpático. Es verdad que se ve mucha baldosa, pero supongo que será cuestión de acostumbrarnos”, decía antes de acercarse al lazo de la covid (son dos zetas de Zaragoza entrelazadas) para hacer fotos también a los ramos que algunos visitantes habían depositado.

Continuado el paseo hacia la plaza de San Francisco, entre terrazas llenas y tranvías dobles (aunque la demanda tampoco era tan intensa), Vicente Bello explicaba que había quedado a “echar una copa porque estos fines de semana son un poco anodinos: por no haber, no hay ni liga de fútbol ya”. Confiado en que el inmediato comienzo de Roland Garros le deparara alguna alegría, el joven zaragozano se quedaba sorprendido al ver una larga fila de ávidos clientes en un nuevo negocio de Gran Vía. En el segundo fin de semana tras su desembarco en la ciudad, la gofrería que elabora sus dulces con simpáticas formas genitales no ha perdido tirón inicial. 

Ayer, incluso, dos agentes de Policía tuvieron que personarse en la zona para ordenar la fila de -en su mayoría- jóvenes estudiantes. Hasta treinta personas esperaban su turno en una cola que, por momentos, alcanzaba la esquina de Gran Vía y se desdoblaba por la calle de Arzobispo Domenech. “Es por hacer la gracia. Llevamos cinco minutos en la fila y avanza rápido, así que no importa que haga tanto calor”, explicaba Julia Sanz, a pocos metros de su ansiada vianda. Ella y sus amigas acababan de celebrar la graduación la semana pasada y esta invitación a comer “de lo prohibido” era el broche perfecto a los fastos. “Seguro que la foto con los 'pollofres' también la incluimos en el álbum”, bromeaban.

Filas delante del nuevo negocio de gofres en Gran Vía.
Captura de un vídeo con las filas delante del nuevo negocio de gofres en Gran Vía.
Heraldo

“Es increíble que hay aquí más fila que para entrar a la feria del Libro. Bueno, y más que para ir al cine o al teatro”, decía Montse Gallo, que solo se había acercado a ver el escaparate. “Es que no sabía de qué se trataba, pero, vaya, ya ves, ni me lo imaginaba”, decía sin saber si dar su visto bueno o censurar el nuevo negocio. “Poca variedad, poca variedad, es lo que veo”, concluía.

A eso de las siete comenzó a tronar y la gente en Gran Vía se fue dispersando. Muchos encontraron acomodo en las terrazas a cubierto de la zona de Dato y Doctor Cerrada y otros emprendieron el camino de regreso a casa cuando ya comenzaba a gotear. No habrá sido el sábado más apasionante de sus vidas pero, entre paseos, músicos callejeros e incluso la exposición de fotoperiodistas a las puertas de Gran Vía, tampoco ha estado mal.

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