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Alcalá de Gurrea, una escuela rural única en Aragón con solo alumnos refugiados 

Once niños ucranianos que residen con sus familias en un centro de emergencia habilitado en el pueblo han permitido reabrir este colegio 27 años después.

Marina Pidhaiko huyó de la guerra de Ucrania y hace cinco meses llegó a España con su hijo, de 5 años, y su madre. Y desde hace un mes vive en Alcalá de Gurrea, en un centro de emergencia que habilitó el Ayuntamiento en una residencia de mayores sin estrenar con la ayuda de Cruz Roja y de la empresa Levitec. Asegura que está contenta "porque es un pueblo pequeño pero muy seguro y hemos hecho entre todos una pequeña familia". Aun así, confiesa que quiere regresar a su país "aunque de momento es muy peligroso". Además, no sabe dónde podrá volver porque su casa en Lugansk fue destrozada por los bombarderos. "Está igual que Mariúpol", pone de ejemplo.

Esta semana ha acompañado a su hijo a la escuela que ha reabierto 27 años después en Alcalá para atender a 11 niños y niñas ucranianos que viven con sus familias en ese centro. "Estamos muy agradecidos porque aquí pueden socializarse mejor y ellos están muy contentos", afirma Marina. El curso pasado, algunos se escolarizaron en la vecina Almudévar, "pero aquí es más cómodo porque lo tenemos a dos minutos andando".

"Cuando me comentaron las características de la escuela, dije ‘esa plaza es para mí’. Fue mi primera opción porque es un aula única en Aragón y creo que es súper enriquecedor"

El tutor del aula que pertenece al CRA Violada Monegros es Alejandro Grau, un joven maestro de Sariñena muy concienciado con la escuela rural. Esa fue una de las razones por las que eligió la plaza. "Cuando me comentaron las características de la escuela, dije ‘esa plaza es para mí’. Fue mi primer opción porque es un aula única en Aragón y creo que es súper enriquecedor para nuestra sociedad, para la labor docente en el medio rural y también para mi desarrollo profesional y persona", subraya.

Y eso que reconoce que en este caso es reto es todavía mayor que en cualquier otro colegio del medio rural "porque si ya tiene su dificultad por la gran diversidad de niños de edades que comparten aula –van de los 3 a los 11 años– y cómo tienes que gestionar esos proyectos, aquí se suma la barrera con el idioma", destaca. En los primeros días ha sido difícil la comunicación, pero no le da miedo y tiene claro que "tenemos que intentar darles el mejor servicio, el mayor cariño y la mayor integración posible porque no sabemos cómo va a ser su futuro y cuánto va a durar el conflicto".

Así, por un lado, está ayudando a los alumnos más mayores a mantener las clases ‘online’ "porque siguen trabajando con sus profesores de allí a través de móviles y tabletas, así que vamos a intentar habilitarles un lugar para que lo hagan en condiciones más óptimas". Y con los más pequeños, la tarea fundamental será tratar de mejorar su nivel de castellano. Para ello, contará en los próximos días con otro docente de apoyo "porque hay tres o cuatro niños de Infantil que necesitan un seguimiento más especial", explica.

De momento, en este inicio de curso ha contado con la colaboración de Inés Menéndez, otra joven maestra que imparte música en todas las aulas del CRA. "Por un lado, es un trabajo muy duro pero por otro, es muy gratificante saber que hay una situación de conflicto y que tú personalmente puedes hacer algo en el día a día para ayudar a estos niños", valora. Por ello, también se lo toma como "un gran reto profesional". Su experiencia hasta ahora no puede ser mejor "porque los niños tienen un montón de ganas de aprender y de participar", subraya.

Acompañamiento de Cruz Roja para buscar empleo y vivienda

Además de esta atención educativa, las familias de refugiados reciben el acompañamiento de Cruz Roja para gestiones de la vida diaria y la búsqueda activa de empleo y de una vivienda. "El objetivo es que en el mínimo tiempo posible puedan encauzar de nuevo su vida", apunta Ángela Carrera, trabajadora social de la entidad. Actualmente, la residencia tiene ocupadas sus 37 plazas tras la llegada de la última familia el pasado 4 de agosto. En verano hicieron colonias para los niños y continúan las clases de castellano para los adultos con voluntarios.

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