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SEMANA SANTA

Palmas para una tradición que se trenza con las manos y el corazón

Como cada Domingo de Ramos, la tradición manda que los niños luzcan palmas como las que tejen una madre y su hija en una centenaria cestería del casco de Zaragoza.

Antonia Escuer, en primer término, teje palmas junto a su hija Belén Gracia. Al lado, su yerno José Santos, lleva varias en bolsas.
Antonia Escuer, en primer término, teje palmas junto a su hija Belén Gracia. Al lado, su yerno José Santos, lleva varias en bolsas.
Oliver Duch

Una puerta de madera es la frontera entre la angosta calle del Temple de Zaragoza y el templo de las palmas. El característico olor con matices de húmeda naturaleza envuelve a todo aquel que entra.

Al fondo del local, sobre una mesa redonda, Antonia Escuer y Belén Gracia se sientan para compartir conversación y tradición. Esta madre e hija guardan en sus manos un valioso legado: son la tercera y cuarta generación de esta cestería. Cubren sus piernas con el mantel y, con la ayuda de unas tijeras y una pinza, tejen las palmas que algunos niños lucen el Domingo de Ramos repletas de dulces.

Sus dedos revelan los años de trabajo. Para este domingo calculan que han tejido en torno a un millar de palmas. "Empezamos en febrero y hemos encargado palmones cuatro veces a Elche", destacan. Esta semana llegó la última remesa.

Antonia es cestera por amor, porque el negocio era de su marido Miguel, y le enseñó a tejer su vecina Maruja. Belén aprendió de niña. "Cuando llegaba esta semana, mi madre les decía a las monjas que iba a faltar a clase porque tenía que ayudar en el taller", rememora mientras continúa moviendo los dedos.

Primero las seleccionan una a una, por si pueden venderse como palmones enteros o si se cortan para palmas. Con los dedos separan cada hoja en dos tiras y comienzan a trenzarlas. Las palmas tienen varios pisos de trenzas que se decoran con diferentes motivos. "Pueden ser molinillos, flores, cadenetas y se rematan con una o dos hojas", muestran con una de ellas en la mano. No hay dos iguales.

Tejer una palma les cuesta en torno a un cuarto de hora, un poco más si es el modelo de los caracoles. "La inventó mi marido. Cuando lo conocí, de novios, ya la hacía por lo que tendrá unos 70 años, de la década de los 50", recuerda Antonia. Ahora este modelo solo lo teje su hija.

Un mes antes de la Semana Santa llegan los primeros clientes, se intensifica dos semanas antes del Domingo de Ramos y los menos previsores apuran hasta la víspera. En la actualidad, no son tantos los niños que la llevan el Domingo de Ramos, como ocurría hace décadas, pero la tradición sobrevive. "Es algo que va a menos, pero este año se han animado bastante", valoran. En 2020, cuando irrumpió la pandemia, habían vendido tan solo dos palmas. "Tuvimos que tirar todo el género porque se tienen que mantener frescas, son perecederas", lamenta Belén. Este es el último episodio que han escrito en la historia del negocio familiar, que ya ha cumplido los 122 años.

En la mesa se han sentado varias generaciones de esta saga y la tradición también se ha transmitido entre los zaragozanos. "Primero venía para mí, después para mis hijos, continué para mis nietos y ahora las estoy comprando para mis bisnietos", relata una señora con dos palmas en la mano. Abuelas, tías y madrinas son las mejores clientas estos días. "Esto es lo que más recompensa", confiesan madre e hija con una mirada de agradecimiento. "Que nos sigamos viendo", se despiden.

Durante el año, Antonia y Belén seguirán ahí para ofrecer moisés de bebés, cestas de setas, elementos de decoración o las míticas sillas de mimbre, como donde se sientan esta madre e hija para seguir tejiendo tradición. Muchos álbumes familiares dan fe de que se trata de una usanza que todavía se transmite de padres a hijos, igual que los hijos les pasan la palma a sus padres cuando ya se han comido todos los dulces.

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