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pilar 2020

Cómo celebrar unas fiestas sin el alma de las fiestas

El próximo Pilar no tendrá recinto ferial, ni carpas para conciertos, ni cabezudos ‘encorriendo’ a la chavalería. Ha habido otras ediciones de las fiestas un tanto singulares: las de 1918, por ejemplo, se tuvieron que hacer en mayo.

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Una atracción común de las fiestas en la década de 1950 eran las exhibiciones de paracaidismo.
Marín Chivite

Desde que comenzaron a celebrarse –hay documentación del concejo de la ciudad de 1613–, las fiestas del Pilar han cambiado muchísimo: al comienzo eran apenas tres días de celebraciones piadosas y algún que otro banquete de gala, y solo con el paso de los años y los aires democráticos se convirtieron en una explosión de alegría popular que toma las calles en torno al 12 de octubre. Este año lo de la calle está complicado. La pandemia del coronavirus desaconseja cualquier aglomeración o acto multitudinario y el Ayuntamiento ya ha anunciado que este 2020 no habrá conciertos de la plaza del Pilar, pasacalles del pregón, cabezudos, muestras gastronómicas... "No van a ser unas fiestas de calle", reconoció la vicealcaldesa Sara Fernández, que aún deshoja la margarita en torno a la Ofrenda de flores, que será virtual, aunque "quizá, con una participación física muy restringida".

Las celebraciones, a lo largo de su historia, han sufrido altibajos siempre en paralelo a la actualidad de cada momento. Cuentan las crónicas, por ejemplo, que en las de 1909 también fueron de lo más extrañas y, de hecho, se anunció que no se celebrarían porque estaba en curso la guerra en Marruecos y la ciudad sufría una galopante la crisis económica. No obstante, la "presión popular" hizo que finalmente sí se rescataran algunos actos, aunque el Ayuntamiento parecía desentenderse de su organización. De hecho, al año siguiente el Sindicato de Iniciativa y Propaganda de Aragon (SIPA) se reunió con los comerciantes y gremios para recaudar fondos y organizar los festejos por cuenta propia, pero el Concejo se puso celoso y, a mitad de septiembre, improvisó un "programa oficial mísero (...) sin nada llamativo para mover a los forasteros a salir de sus casa", se leía en HERALDO. De hecho, no se celebró siquiera un concurso para elegir el cartel de fiestas como era tradición desde finales del siglo XIX.

Un bando controvertido

Las de 1910 también son recordadas por el bando (a falta de pregón anunciador) que publicó el entonces alcalde Julio Juncosa Molins. Prohibió el primer edil a los niños cantar las coplillas de los cabezudos por ser maleducadas y amenazó con retirar la comparsa al año siguiente si la chiquillería desobedecía. "¿Cuánto mejor sería que los cabezudos repartieran confites en vez de zurriagazos? Y vería entonces el alcalde cómo las criaturas entonarían hasta cánticos celestiales", escribía con sorna el redactor de este diario en su crónica de las fiestas.

En aquella década eran comunes en las fiestas del Pilar las exhibiciones de aviación o las cabalgatas industriales. También se hacían "exposiciones con los últimos adelantos técnicos y científicos", pues apenas diez años antes se había proyectado en el café Ambos Mundos la primera película que el cinematógrafo acercó a Zaragoza, donde ya se había grabado en 1896 la popular ‘Salida de misa de doce’. Toda esta confianza en un futuro próspero se vio interrumpida de raíz por la Primera Guerra Mundial y por la epidemia gripe (española) de 1918 que sí obligó a dejar a la ciudad sin fiestas... al menos, unos meses. Primero se pensó en retrasarlas e iniciarlas a partir del 20 de octubre, pero pronto se vio que era inviable y hubo que tomar medidas excepcionales: se movieron al mes de mayo de 1909 para hacerlas coincidir con la conmemoración de la Reconquista de Zaragoza.

En 1918 abrieron los teatros

Se cancelaron los cinco festejos taurinos programados, se suspendió la procesión del día 12 (entonces, y hasta 1958, no había Ofrenda de flores), el Rosario de Cristal tampoco salió a la calle y se pospusieron actos como un homenaje que se le iba a tributar al maestro Bretón. Es curioso que sí se dejaron abiertos los teatros (el Principal, la Parisina y el Circo), aunque las autoridades de entonces ya informaban de la necesidad de que "el pavimento sea regado frecuentemente con líquidos desinfectantes". Entre otras medidas para luchar contra la epidemia, que acabaría dejando en Zaragoza en torno al millar de víctimas, también se restringieron horarios, por ejemplo, para la "extracción de estiércoles y basuras de las vaquerías y cuadras".

En los años posteriores, incluso durante la Guerra Civil, las fiestas no dejaron de celebrarse, aunque se multiplicaron los desfiles militares, se subrayó el fervor religioso y se fomentó el folclore. No sería hasta los años 60 cuando tímidamente se recuperaron las charangas, y habría que esperar hasta 1978 para disfrutar de las verbenas (la Banda del Canal tiene mucho que decir al respecto), los actos gratuitos y la eclosión de las primera peñas. Al año siguiente, por cierto, se dio otro hecho curioso: Sainz de Varanda, quiso incluir en el programa encierros, toro ensogado (ofrecido por Teruel) y toro de fuego. Sin embargo, el Gobierno Civil se negó a dar la pertinente autorización por "los riesgos que los actos taurinos podían entrañar en pleno centro de la ciudad". Quizá tal decisión nos privara de ver unos Sanfermines (sin tradición ni arraigo, la verdad sea dicha) por el paseo de la Independencia...

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