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El Aragón vacío de tiendas: en 132 pueblos no se levanta nunca la persiana

Taxis cofinanciados, centros multiservicios o incluso hacer la lista de la compra vía ‘whatsapp’ para que los vendedores ambulantes se aseguren el viaje son algunas de las fórmulas para sostener el comercio en un medio rural castigado por la despoblación.

Olesea Chergan es tendera en Torrijo de la Cañana. De origen moldavo, abrió el establecimiento hace 8 años ganando el concurso que convocó el Ayuntamiento.
Olesea Chergan es tendera en Torrijo de la Cañana. De origen moldavo, abrió el establecimiento hace 8 años ganando el concurso que convocó el Ayuntamiento.
MACIPE

La despoblación es muchas veces un concepto abstracto. Lo concreto es una barra de pan que falta o el no poder conseguir un producto básico cuando se necesita. En Aragón hay 132 municipios que no tienen ni una sola tienda. Nadie que madrugue para levantar una persiana, que despache fruta fresca, papel higiénico, unas revistas… En estos pueblos, en caso de necesidad, solo se puede pedir sal al vecino. E incluso para esto han de cumplirse dos requisitos: que tenga sal y… que exista el vecino.

Son casi 27.000 los establecimientos comerciales abiertos en Aragón, pero como tantas otras cosas en la Comunidad no están uniformemente repartidos. Según el atlas que acaba de publicar el Gobierno de Aragón, con datos de su Instituto Geográfico, las carencia de dotaciones y servicios del medio rural se cronifica: son más de 400 los municipios que poseen cinco o menos establecimientos en su territorio y cada vez más ha de recurrirse a experimentar con fórmulas como procurar ayudas para centros multiservicio, cofinanciar taxis para hacer la compra en pueblos aledaños o solicitar productos a demanda (incluso vía whatsapp) para que los vendedores ambulantes acierten con su oferta.

Los tenderos de pueblo son una especie en extinción en localidades como Maicas, Cerveruela, Santed, Orcajo, Beranuy, Torrehermosa o Vencillón, a pesar de la imprescindible función social que cumplen las tiendas de los pequeños pueblos.  “Acerca el producto al cliente, genera relaciones sociales, vigila la calle, ilumina las plazas...”, explica José Antonio Pueyo, presidente de la Federación de Empresarios del Comercio y Servicios de Zaragoza (ECOS), que recuerda que “el comercio ocupa en Aragón a unas 85.000 personas”.

Los comerciantes también recuerdan la ‘desvertebración’ del territorio aragonés, pues en uno de cada cuatro de los 731 municipios viven menos de cien personas. “Además es población envejecida: a este grupo ni se le puede pedir que se conecte a internet ni a veces tiene automóvil a su disposición para efectuar compras”, comenta Pueyo, evidenciando el drama de que desaparezcan comercios tradicionales.

En muchas de las tiendas que aún resisten en los pueblos no hay carteles que indiquen que son un pequeño colmado, pues los clientes potenciales ya lo saben. La puerta está abierta, se pasa sin llamar y aún se fía. Facilitar el relevo generacional es una de las asignaturas pendientes y los interesados proponen, entre los posibles remiendos, flexibilizar la legislación para poder vender sus productos agrícolas o concienciar de las bondades que supone comprar un producto artesanal, que contribuye también a ser solidario con la España vacía.

Los grandes ejes comerciales de Aragón, como es obvio, están en relación con las zonas más densamente habitadas o con un sector turístico más desarrollado, lo que implica la llegada estacional de visitantes. La cartografía es clara: Zaragoza, la zona de la N-232 y en el eje del Bajo Huerva condensan la mayor concentración de tiendas. Tan solo cinco municipios poseen más de 500 establecimientos comerciales: se trata de las tres capitales provinciales, Jaca y Barbastro.

“De forma más puntual y menos importante aparecen agrupaciones con mayor número de establecimientos en polos de desarrollo del Pirineo, como el Valle de Benasque o el de Tena, así como alineaciones entorno a ejes de comunicación de importancia, como es el caso de la N-330 hacia Navarra, el eje del Cinca Medio y Bajo, así como ejes ibéricos como el del Jiloca”, explica el informe del Gobierno aragonés.

A la sangría del comercio en el medio rural se le han buscado mil y una formas de poner coto -hacer un torniquete, acaso- desde las administraciones. Una de la que mejor resultado ha dado es la iniciativa impulsada por la Cámara de Comercio de Teruel allá por 2003 que ha evitado no pocos cierres e, incluso, ha dado más de una alegría con los multiservicios, establecimientos que aglutinan servicios básicos, comercio, ocio, turismo o restauración… Desde entonces está en marcha el proyecto que ha conseguido sostener un centenar de establecimientos y este 2019 han vuelto a convocarse unas ayudas dotadas con 125.000 euros con cargo al Fondo Local de Aragón. No obstante, en algunas localidades saben que tampoco son la panacea porque muchos no resultan rentables a pesar de las ayudas públicas.

“Cada año mantener el negocio se hace más difícil porque somos menos”

El sensor de la entrada a la pequeña tienda que regenta Olesea Chergan en la calle Martí Lis de Torrijo de la Cañada, a unos pocos pasos del edificio del Ayuntamiento, va sonando de poco en poco: el goteo de los vecinos que resisten para esta época del año va llegando a primera hora de la mañana. “Ahora son 30 barras de pan al día”, apunta esta moldava de 36 años que se puso detrás del mostrador hace ya ocho. “El local es del Ayuntamiento, que como no había tienda pidió una ayuda para prepararlo y lo sacó a concurso”, recuerda. Se refiere al plan que puso en marcha el Gobierno de Aragón, en colaboración con la Cámara de Comercio y la Diputación de Zaragoza, para fomentar la apertura de los denominados multiservicios rurales.

Allí, entre estanterías repletas de champús, guisantes, embutidos o productos de limpieza, Chergan reconoce la situación tal y como es: “Cada años es peor y mantener el negocio se hace más difícil porque somos menos ya que muchos se van y los más mayores van falleciendo”, se lamenta. Pero también valora la gran acogida por parte de los vecinos ya que “nos conocemos todos y es una relación muy cercana”. En su caso, el horario para invierno abre pronto y está hasta las 13.00 y por la tarde, un día y otro no, atiende otra hora más. En verano es otro cantar: “Amplío el horario porque el pueblo se multiplica por 15”.

Una barra de pan o una botella de refresco son algunas de las cosas que va despachando Olesea. Para Jessenia Vanesa Méndez, también vecina de la localidad, es “muy positivo tener una tienda en el pueblo para comprar lo que más necesitas sin tener que desplazarte”, comenta mientras deja las monedas sobre el mostrador.

Cuando se cierra la puerta, Olesea no deja de reflexionar y más pensando en sus hijos: una niña de 13 y un niño de 2. “Ahora que el pequeño no se vale por sí solo no puedo trabajar fuera, pero en un futuro no lo descarto”, asume. Su marido, Gregorio Tierra, trabaja a tiempo parcial en el ayuntamiento: “Está hasta diciembre y ahora entre lo suyo y la tienda nos apañamos, pero después no sabemos qué pasará”.

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