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ARAGÓN ES EXTRAORDINARIO

Josefina Loste, la guerrera que gana batallas con el corazón

Pionera del turismo rural cuando aún no se llamaba así, la antigua alcaldesa y sempiterna hostelera de San Juan de Plan ha contado su experiencia vital y profesional en toda España y medio mundo

Fue alcaldesa y concejala allá por los 80 y 90, un total de 12 años en el consistorio de San Juan de Plan. Dedicada al campo desde niña, se reveló jabata en la lucha contra la despoblación por la vía del rescate de tradiciones y el fomento del empleo femenino en el valle de Chistau, para paliar en lo posible el éxodo. Además, su Corro d’es Bailes de San Chuan supuso una llamada de atención para futuros pobladores; entre ellos, Elena Requejo y el actual alcalde Roberto Serrano, fundadores de La Orquestina del Fabirol. Impulsó el actual museo etnográfico y marcó con Casa Laplaza la pauta de lo que luego se llamaría turismo rural, entonces turismo en casas de labranza, allá por 1960; una inmersión real en la vida del pueblo. Todo eso y mucho más, si atendemos a intangibles, fue y es Josefina Loste.

El taller de artesanía textil de Josefina, con telares manuales y de lanzadera volante, sigue expuesto en el pueblo, junto al río. Su mentora, de 85 años de edad, aún sueña con verlo en activo otra vez. “Es triste ver cómo se vacían los pueblos, pero si apuestas por quedarte hay que hacer cosas, no quejarte más de la cuenta: lo justo. Para mis telares puso dinero la DGA, el Instituto de la Mujer, Cultura del Campo, Artespaña… creían en que era un buen proyecto para preservar la historia, y yo también. Me costó mucho sacrificio”.

Un curso elevó la apuesta. “Hicimos un taller con 19 mujeres, se quedaron cinco y estuvieron trabajando unos años de continuo; aún quedan en muchas casas de aquellas alfombras, jerséis, toallas de algodón, calcetines, mantelitos... pero las cuentas no salían, y cerró; siempre pensé que podían servir como sede de talleres de historia, desde el modo en que se lava la lana a todo lo demás. La meta original de los talleres era aprovechar la lana y dar una salida al talento de todas esas mujeres. Era conocimiento, nuestra cultura de vivir con lo que teníamos... ay, nuestros trajes regionales se hacían aquí y si hubiera modista fija podrían volver a hacerse aquí; los cosía Maruja para todo el valle, pero ya no quiere seguir, no se ve con fuerzas”.

Josefina recuerda con una sonrisa tristona cierta anécdota que le ocurrió tiempo ha. “Una vez, en televisión, María José Cabrera me entrevistó y me preguntó que quería para el pueblo por encima de todo; dije que un educador de adultos. Alguno se molestó. porque daba imagen pública de pueblo inculto, pero es que yo era la primera que lo necesitaba, no había ido a la escuela, y no era la única”.

Impulso

La veterana dinamizadora social y emprendedora insiste; San Juan de Plan quiere hacer cosas, pero necesita ayuda. “Y no solamente nosotros, sino el valle entero. El Ayuntamiento no tiene dinero para todo lo que hace falta; las mayores estamos dispuestas a enseñar a quienes vengan, estamos a tiempo de rescatar más historia del valle. Roberto –por Serrano– vale muchísimo, es un buen alcalde, pero no da abasto con todo lo que quiere hacer. Yo le digo que tenga paciencia, como me decía siempre mi madre, Antonia”.

Josefina ya se hizo su composición de lugar desde veinteañera. “Yo veía venir el mundo como está hoy, pero hasta los 52 años no empecé a hacer cosas fuera del campo, quitando lo del turismo en casa. Aquí pusimos las primeras casas de ‘turismo rural’ dos mujeres: Anita, que ahora su familia tiene el hotel ahí arriba a pie de carretera, que está muy bien y se come de maravilla, y yo. Al Ayuntamiento le llegó una carta del ministerio de Información y Turismo, que llevaba Fraga, y nosotras dos respondimos. Nos mandaba la gente el Ayuntamiento; recibimos una ayuda para hacer un baño, 10.000 pesetas, y calentábamos el agua con cocinilla de leña. Teníamos que dejar dos habitaciones disponibles, y desde Huesca vinieron a supervisar si lo habíamos preparado todo bien. La gente de la ciudad convivía con nosotros, entendía nuestra cultural y nuestra vida. Y se hacían la comida ellos, ¿eh?”.

Josefina convirtió una sala en otras dos habitaciones. “Nosotros dormíamos en la falsa ­–buhardilla–­ y abrimos más hueco para los visitantes en la falsa para aprovechar más hueco… todo en esta misma casa en la que estamos. La gente veía que nos iba bien, y se fue animando a seguirnos”.

Con los años, Josefina fue contando su experiencia fuera del valle. “Me llamaron de la escuela de Guayente en Sahún para que contase mi experiencia a gente de diferentes puntos de España, en una convención gastronómica. Conocí a un chico de León que tenía una escuela de turismo, y también me invitó, a mí y a tres chicas más del pueblo. A raíz de aquello acabé recorriéndome España entera; muchos pueblos, pocas ciudades. Yo les decía que no era cuestión de dejar la agricultura y la ganadería, sino de reforzar otra actividad. Les daba ideas preguntando qué tenían en cada sitio, y sugiriéndoles cómo sacar partido a cada valor”.

Josefina sonríe al recordar aquellos años. “Con 50 tenía yo una energía tremenda, ahora ya no, pero tengo aquellos recuerdos muy vivos; sobre todo, el cariño de la gente que se iba atreviendo a montar sus negocios y me lo contaba. Todo lo he hecho con cariño, dando siempre más importancia a las historias y las personas que a los objetos. Hay que aprender a vivir. Si tienes suficiente, ¿para qué más? Aquí en mi pueblo hay oportunidades para gente que quiera ganarse la vida, y todos les ayudaríamos. Por ejemplo, si rescatamos las cuadras del monte y habilitamos casitas... para que viviera el que viene, y ahora con el ordenador, a trabajar. Si dejamos que se tumben, pues... ni ‘ta’ tú ni ‘ta’ yo”.

En Pekín con Hillary Clinton

Ojo a la historia que cuenta Josefina. “Un día me llegó una carta, no sé aún cómo, para que fuera a contar mi proyecto a Pekín. Era 1995, en verano; un médico amigo me tradujo la carta. El 19 de agosto vino el director general del INEM a comer a casa, y le conté lo de la carta; era para la Conferencia Mundial de la Mujer. Me dijo que tenía que ir, que eso no se compraba con dinero. La ponencia era el 6 de septiembre, pero tenía que ir antes; esperé a la fiesta del 27 aquí y viajé al día siguiente por tren desde Monzón, que me llevó mi hijo, a Madrid, y de ahí en avión a China. Una periodista navarra me ayudó el primer día a moverme y luego hice otras amigas españolas allá, aunque la única ponencia española era la mía; coincidí con otra de Hillary Clinton, y creo –ríe– que tuve más público que ella. Hablé con la Reina Sofía, muy amable. Después de allá fui a Portugal, México, Guatemala... siempre a contar mi experiencia de gente sencilla”.

Corro de bailes

Josefina puntualiza un asunto clave para ella. “Aquí tenemos corro de bailes, que no es folklore aunque valore muchísimo el folklore; lo nuestro es pueblo que baila. Cada danza es para un momento determinado, despedida de soltero, boda, cosecha, marchaba e pastor para la tierra baja… Hay dieciséis bailes en el valle que me sé solo yo, quiero dejarlo todo por escrito. Roberto tiene la música, hay que sacar los pasos.

Alianza gala

“Sufrí mucho –dice Josefina– cuando quisieron pasar una línea de alta tensión por el pueblo; ni dormía. Nos hubieran arruinado este monte. Tenía mucho contacto con Philippe Marchand, ministro del Interior francés con Mitterrand, y un día me llamó y me dijo que la línea no iba a cruzar el valle. “Es el mayor alegrón que recuerdo”.

Artículo incluido en la serie 'Aragón es extraordinario'

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