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hoy domingo. ocio y cultura

Nacho Rubio: "Soy de montaña, y desde que soy padre me gusta viajar por la península"

Actor, escritor y cineasta, acaba de rodar ‘Camera Café’, inicia la serie juvenil ‘Miranda y Tato’ y
actuó en el Festival de música de Panticosa

Nacho Rubio alterna el teatro y el cine, con la literatura y la gastronomía.
Nacho Rubio alterna el teatro y el cine, con la literatura y la gastronomía.
Guillermo Mestre.

«Las vacaciones, para mí, terminan ahora. Las he pasado en familia, haciendo grupo burbuja con los más cercanos y compartiendo momentos y abrazos ‘higiénicos’ con muchos otros familiares y amigos, había mucho roce pendiente. Pero gracias al trabajo he salido bastante, no me puedo quejar. Me siento feliz porque me han vacunado de segunda dosis en mi tierra, como desplazado. Doy las gracias al personal del centro de salud de Biescas», dice el actor y escritor.

¿Qué significa el verano para usted?

Pinos y sonido de chicharras, buscar sombras, montañas y torrentes, viajes y descubrimientos… También la época en la que hay muchos rodajes en exteriores (por eso de los días largos y la poca lluvia) y festivales de teatro al aire libre. Desde hace un tiempo, chapoteo con mis niñas. Y este año, mucha escritura.

¿Es de playa, de montaña, de ciudad? 

Montaña, sin duda. Desde que somos padres, viajamos sobre todo por la península. Antes siempre buscaba algún viaje de aventura, lo más lejos posible, me considero enormemente afortunado por haber podido disfrutar de grandes viajes… Este año hemos pasado por Cantabria, la Terra Alta y, sobre todo, el valle de Tena en nuestro Pirineo. El Festival de Música Internacional Tocando el cielo y Panticosa son destino fijo desde hace unos años. Mis hijas Daniela y Julia dicen que Panticosa es su pueblo.

¿Qué fue primero: el teatro, el humor o la literatura?

Primero el humor, con 5 años ya abrasaba a la familia con largos recitales de chistes de «un francés, un inglés y un español». Leer (narrativa) me costaba un poco, mi padre –José Ángel Rubio, profesor y escritor; fue crítico literario en el ‘Diario de Teruel’– me pagaba cinco duros (¿o eran cien pesetas?) por libro leído, para incentivarme. Pero escribir me sedujo pronto, en el instituto gané algún concursillo de relato. El escenario me tiraba mucho también, pero lo cierto es que el teatro llegó relativamente tarde, vi poco de niño y como profesional no entré en la interpretación por ahí.

¿Cuál ha sido su gran viaje de verano?

Permítame dos. Con mis padres a Kenia y Tanzania, coronamos el monte Kenia y el Kilimanjaro y después hicimos safari fotográfico por el Serengueti y el Ngorongoro. Y con mi pareja, a Indonesia, nuestro primer viaje largo de enamorados, Flores, Sulawesi, Bali…

El verano está asociado a los ritos de paso, a los primeros amores. Usted es turolense. ¿Hay algo especial para recordar?

La puesta del pañuelico de las vaquillas de Teruel era como el pistoletazo oficial de salida de las vacaciones de verano y, antes de volver al cole, estaban las fiestas de la Virgen de la Zarza en Aliaga, el pueblo de mi madre, y las de la Virgen del Olivar en Estercuel, el pueblo de mi padre. De niño, el verano era un salto de fiesta patronal en fiesta patronal con alguna escapada a las playas de Levante y algún campamento por en medio. Petardos, toros, guerras de agua y concursos de disfraces. Y más tarde… ‘kalimotxo’, descubrimientos…, en fin, los 80 y los 90.

¿El mejor recuerdo de vacaciones?

La verdad, estoy en un momento vital especial viendo a mis hijas crecer muy rápido y viviendo reencuentros deseados después de la pandemia, y el mejor recuerdo se actualiza casi cada día.

¿Qué tipo de lecturas hace? ¿Se reserva algo especial o se deja arrastrar por la actualidad o por los libros de los amigos?

Comparto el gusto extendido por zambullirme en novelas durante el verano, pero los típicos ‘bestsellers’ estivales de 600 páginas me abruman. Me han tenido que requeterrecomendar un libro de más de 300 para que me atreva con él. Pero resulta que ahora estoy terminando esa delicia de ensayo llamada ‘El infinito en un junco’, que encima acaba de ser rematado con una preciosa dedicatoria personal de Irene Vallejo. Me esperan dos obras de teatro de Ana Merino y tengo pendiente otro ensayo (‘Sapiens’); antes saldaré mi cuenta con Lorenzo Silva.

¿Qué películas están asociadas a un verano inolvidable?

Recuerdo el placer incómodo de los cines de verano, pero no qué películas vi. Casi todos mis cortos como director los rodé en esta época, para mí el verano es muy cinematográfico, pero desde dentro. Durante un verano rodamos ‘Los futbolísimos’, que me ha traído muchas alegrías, y en los albores de este terminaba la grabación de ‘Camera Café’, la película, que también me ha permitido vivir bonitos y divertidos momentos.

¿Los discos y las canciones de verano?

Escucho más o menos la misma música que el resto del año. Quizá un poco más de música bailonga, jazz cubano y ‘afrobeat’. Aparte de los grandes éxitos de Cantajuegos y Pica-Pica que mis hijas me obligan a escuchar en bucle…

¿Cuál ha sido el gran personaje de esta época del año si mira hacia atrás?

El tomate con sabor a tomate.

¿Internet y los móviles han hecho mejores las vacaciones? ¿Las han cambiado?

Se gana y se pierde. Por un lado, uno se orienta mejor, es más sencillo reservar en los hoteles y restaurantes y cuando vas en coche no tienes que limitarte a los mismos 6 CD. El móvil es como la bola que lleva el reo al final de una cadena anclada al pie y ya, si te vas de vacaciones en julio, con la mayoría de la gente trabajando, desconectar es complicado…

¿Los conciertos de su vida?

De adolescente vi a Ixo Rai! y a Celtas Cortos más de una docena de veces y algo más mayor no acabé de enganchar con el rollo festivalero. Recuerdo a Morrisey en Benicasim y, una vez, Javier Álvarez nos regaló un concierto acústico al atardecer en nuestro salón, inolvidable.

¿Cuál es la más sorprendente anécdota veraniega vinculada a su profesión?

En el festival de teatro clásico de Almagro siempre me pasan cosas. Una vez, representando ‘La dama duende’, de Calderón, una señora se desmayó (en Almagro el público es muy de desmayarse, por el calor) y no permitió que la sacaran al pasillo para atenderla debidamente, porque veía que la función se terminaba y no se quería perder el final… Se armó un revuelo tremendo en el patio de butacas y, en mitad de un monólogo sentidísimo, perdí el hilo y, en vez de los versos, solté un montón de sílabas inconexas que más o menos rimaban. Vaya, que me marqué un Mariano Ozores en toda regla. Creo que nadie se dio cuenta.

Firma una nueva serie juvenil en Edelvives a seis manos, con su compañera Itziar Miranda y su cuñado Jorge: ‘Miranda y Tato’, con dos títulos ya. ¿Cómo lo lleva?

A veces nos encendemos mucho, discutimos apasionadamente, como sicilianos (o aragoneses), pero tenemos las virtudes (y los defectos) bastante bien repartidos y formamos un buen equipo. Si tenemos la suerte de poder reunirnos los tres para la revisión final de uno de los libros, como nos acaba de ocurrir, lo disfrutamos mucho. Itzi suele ser quien lee en alto y vamos corrigiendo. A veces, cuando se ausenta, su hermano y yo escribimos alguna procacidad para que, a la vuelta, Itzi se la encuentre cuando está leyendo. Las risas son impagables.

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