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Ocio y Cultura

FOTOGRAFÍA. 'ARTES & LETRAS'

Pedro Avellaned: la (insistente) discreción del monstruo

'Para calmar la sed', extraordinaria exposición del mejor y más maduro fotógrafo, distinguido con el premio Aragón-Goya, en el museo Pablo Serrano

Pedro Avellaned expone 'Para calmar la sed'.
'Las manos de Anita en reposo', las manos de la madre del artista.
Pedro Avellaned.

Un retrato doble de Pedro Avellaned (Zaragoza, 1936), obra del fotógrafo José Lizaga, nos lo muestra con los ojos abiertos y cerrados simultánea y alternativamente, según como miremos. Este retrato da paso a la exposición de Avellaned en el Pablo Serrano, una exposición que celebra la concesión al artista del Premio Aragón Goya de 2016. En ella, hay también algo parecido a un autorretrato, pero por objetos interpuestos. Es una vitrina donde se exhibe un conjunto de objetos personales. Allí hay una cuerda, un devocionario de la infancia, un paquete de ideales, etcétera. Varios pertenecen a la familia de lo enigmático, otros son fantasmas de una religión represiva, y otros revelan afinidades culturales. 

Me parece importante, por ejemplo, que esté allí el 'Heliogábalo', el libro de Antonin Artaud sobre el “anarquista coronado”. Artaud es un surrealista heterodoxo, interesado por la magia negra, que, como dijo Susan Sontag, dibujó un mundo “atestado de materia (heces, sangre, esperma), un mundo mancillado”. Está bien que un artista exhiba un libro como reliquia, y que uno tenga ese mismo libro en casa, y convenientemente subrayado. Estos subrayados funcionan como premoniciones. 

Cito de 'Heliogábalo': “En toda poesía hay una contradicción esencial. La poesía es la multiplicidad machacada y que lanza llamas”. Para aplicar la frase a Avellaned no hace falta, ni tan siquiera, cambiar la palabra poesía por otra (no hace falta cambiarla por arte, o por fotografía). Se trataría de llamar al orden resucitando, de primeras, el desorden. Invitando, dice Artaud, al choque de elementos que luego se reunirán: fuego, gesto, sangre, grito. De la “contradicción esencial” aludida, es buen síntoma que hayamos visto, en aquel retrato‑prólogo, a un personaje dual, ojos abiertos y cerrados, mirando hacia fuera y hacia adentro. Utilizando la vista, pero para mirar hacia dentro. A los fantasmas. 

La reunión de los elementos destructivos y agresivos se resuelve en Avellaned acallando el grito, introduciendo una especie de sordina, como a esos personajes suyos que quieren expresarse, pero a quienes detiene una membrana, o esos elementos “gore”, pero apaciguados en su obscenidad por su condición fragmentaria, que permite intuir lo siniestro, pero no concretarlo. Se produce además en Avellaned, con gran frecuencia, y de un modo más exagerado en esta exposición, la multiplicación de las imágenes, que introduce ese raro “orden poético” del que hablaba Artaud como cruel puesta en escena.

Pedro Avellaned expone 'Para calmar la sed'.
La pieza más ambiciosa de la muestra. El hombre atrapado.
Pedro Avellaned.

Otra alusión interesante es la que hace Avellaned en su vitrina a David Lynch. Después de Lynch, no creo que veamos ningún enchufe sin desasosiego. Con Avellaned pasa algo similar. El rincón alicatado de un baño no volverá a ser lo mismo, si hemos visto esa secuencia de fotografías suyas (“El maldito cuarto de baño”), que exhibe, además, como un objeto pérfido, en otra vitrina y barrocamente enmarcado. Como sucede con Lynch, lo que tiene de efectivo el mundo de Avellaned –y muy específicamente el del Avellaned que se muestra en esta exposición, y que puede que sea el mejor– es su capacidad de convocar una realidad “otra”, traumática, atreviéndose a señalar, desde una libertad casi exasperante, lo que otros no se atreven a mentar. 

El que después se multipliquen estas imágenes en sus polípticos, obliga al ojo a no olvidar. Inteligentísima, en este sentido, su “Natura Morta”, de 2018, un auténtico “altar”, dedicado a un único objeto y una única imagen, la del segmento de un tronco, donde las copias más pequeñas, agrupadas a izquierda y derecha de otra mayor, actúan como acólitas, ángeles adoradores de sí mismos, incurriendo en una contradicción irónica con el título, puesto que la naturaleza muerta parece cada vez más viva conforme miramos.

La exposición está llena de cosas de interés, obras de madurez del artista, fechadas dentro de este mismo siglo. Muchas de ellas justifican a Avellaned se considere algo distinto o algo más que un fotógrafo. Hay rincón dedicado a su relación con la pintora Julia Dorado, y creo que esta larga amistad está vinculada a la dedicación del artista a collage, y a un tipo de collage distinto al que se suele asociar con él, mucho más pictórico, con idas y venidas de lo real (son sus “Papeles modificados”). Es una exposición tan múltiple como coherente. Y contundente. Sin ir más lejos, la pared roja que nos recibe (la que se abre con el retrato doble de Lizaga) ya nos apabullará. 

Encontramos allí dos grandes fotografías (vinculadas entre sí por una curiosa historia que no me da tiempo a contar), la que “retrata” las manos de Anita, la madre del artista, tan perfecta en su técnica como emotiva, y la de 'Rocco bajo el agua', un inquietante cuerpo que renuncia a respirar. Junto a ellas, uno de los mosaicos de imágenes mejores de Avellaned, su 'Visceral', del año 2000. Tan representativo de su obra como inefable y discretamente monstruoso.

LA FICHA

'Para calmar la sed'. Pedro Avellaned. IAACC Pablo Serrano. Hasta el 21 de diciembre.

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