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literatura

Retrato del escritor zaragozano Fernando Sanmartín

A punto de publicar un nuevo libro de amor en Xordica, este gestor cultural "nunca ha buscado elogios pero ha tratado de merecerlos"

Fernando Sanmartín.
Retrato de Fernando Sanmartín, escritor y técnico cultural de las Cortes
Aránzazu Navarro.

No recuerdo con precisión cuándo conocí a Fernando Sanmartín pero sería hacia 1977, porque en el número 2 de ‘Rolde’, de enero de 1978, ya publicamos un poema suyo. Hace pues 43 años que somos amigos. Estuvimos luego juntos en la fundación de una revista de poesía, ‘Crótalo’ –que sólo publicó dos números–, él sacó adelante otras revistas (‘El Bosque’, ‘La Expedición’, en las que a petición suya también colaboré) y yo seguí siempre con mi ‘Rolde’ inmarcesible, que aún hoy se mantiene firme y vigoroso conducido por el profesor de Filosofía Antigua de la Universidad del País Vasco, Javier Aguirre, gran amigo de Fernando y mío. 

Uno abandonó pronto los versos, pero Sanmartín siguió escribiéndolos, cada vez más serenos, certeros y conmovedores, y se convirtió en uno de los más grandes poetas aragoneses y españoles, y, sobre todo, en maestro de poetas, reconocido por tantos como han visto en él un compromiso profundo y vital con la poesía, una forma de ser poeta alejada de las pugnas literarias, los egos descontrolados y las vanidades patológicas. 

Ha sido siempre un gran lector –algo imprescindible, no hace falta decirlo, para ser escritor– y hemos compartido muchas lecturas y muchos autores que nos son muy queridos: Jordá, Valero, Bonet, Trapiello, Llop, Miguel d’Ors, Ferreró, Modiano, Larkin… y tantos otros que nos han acompañado a lo largo de la vida. Como a los poetas se les conoce en la prosa, un día Fernando decidió demostrar que también era un gran prosista, y comenzó a regalarnos dietarios, libros de viaje, novelas…, con los que de nuevo consiguió muchos y fieles lectores. Todo ello sin hacer ni una concesión ni echar un chafarrinón, en búsqueda siempre de la mejor literatura, con el listón muy alto, apto sólo para los mejores saltadores herederos de Fosbury.

Es elegante, inteligente y discreto, "un abogado con alma de contrabandista", como le llamó una vez Julio José Ordovás

La vida, un día ya lejano y casi olvidado, le hincó los dientes con saña, pero nunca estuvo solo. Sus amigos estuvimos a su lado y todos juntos pudimos celebrar un final feliz. Es elegante, inteligente y discreto, «un abogado con alma de contrabandista», como le llamó una vez Julio José Ordovás. Y siempre muestra interés por todo, pues todo lo mira con ojos de niño interesado en descubrir el mundo cada día. 

Se abonó hace años con su hijo Jorge al Zaragoza, lo que ya le convirtió a los ojos de todos en alguien rayano en la perfección. Dentro de poco sacará un nuevo libro –en Xordica, claro, a la que es fiel como yo– y será todo un acontecimiento para sus muchos lectores. Nunca ha buscado los elogios, pero ha tratado de merecerlos.

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