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Ocio y Cultura

Nadie se esperaba el cierre de Los Portadores de Sueños

Libreros de Zaragoza, Huesca y Teruel analizan los ecos de la decisión de Eva Cosculluela y Félix González, sus propietarios, y el estado “de supervivencia” del sector

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“Estamos completamente desbordados. No nos podíamos imaginar esta oleada de cariño y de respeto desde todos los lados. Desde que salió la noticia no ha dejado de pasar de gente para expresarnos su afecto, para decirnos cuánto les duele la decisión, para recordar anécdotas o contarnos qué importantes hemos sido en sus vidas y que no os olvidarán. Y ha pasado lo mismo con libreros, editores, escritores. Ahí está el conmovedor texto de Fernando Aramburu, el ‘tuit’ y luego un mensaje de Rosa Montero, etc., que decía: ‘No me lo puedo creer. Decidme que no es verdad’. Los medios nos llaman sin parar, los de aquí y los de afuera: Carles Francino de la SER, Julia Otero de Onda Cero, la lista es enorme. Y ahora aprovechamos para decir, claro, que agradecemos el cariño y la solidaridad, y pedimos que este interés, este apoyo y esta entrega sean para los compañeros libreros que siguen abiertos”, dice Eva Cosculluela, librera de Los Portadores de Sueños de Zaragoza y además vicepresidenta de Cegal, que acaba de anunciar, con auténtica conmoción social, el cierre de su espacio tras catorce de actividad intensa y de defensa de la creación y la vanguardia cultural.

Nadie se esperaba el cierre de Los Portadores de Sueños

Félix González y Eva Cosculluela han recibido una oleada de cariño, de solidaridad y de afectos ante el cierre de su local. / Guillermo Mestre.

El respeto y el reconocimiento hacia Los Portadores ha sido unánime por parte de los libreros de Aragón. Nadie, nadie se lo esperaba. Paco Goyanes, de librería Cálamo, dice: “La decisión de Los Portadores, como a todo el mundo, me ha sorprendido. No me la esperaba y es un auténtico palo. Era una apuesta personal, que había tenido éxito, con proyección, un establecimiento emblemático en Zaragoza, Aragón y España, de los más representativos del sector, y que alguien así cierre da una imagen de desaliento”. Agrega que si a eso se le agrega que Eva Cosculluela, colaboradora asidua de HERALDO e integrante habitual de jurados tan prestigiosos como el Alfaguara o el Tusquets de novela, fuese vicepresidenta de Cegal, “aún desanima más y da la sensación de que el desamparo, la catástrofe o la crisis del sector es aún mayor”.

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Los libreros de Librería París, una institución familiar: los hermanos Muñío. / Asier Alcorta. 

Julia Millán, librera de Antígona de Zaragoza, señala: “Nuestro modelo a seguir era Librería Pórtico, pero con las puertas abiertas. Con Eva y Félix hemos compartido clientes, amigos, escritores, editores, ilustradores y sus correspondientes en femenino. En sana vecindad, como con las demás librerías a las que apreciamos, porque las buenas librerías se retroalimentan unas a otras creando lectores y tejido cultural, cada una en su especialidad, en su manera de estar en el mundo del libro. Con la desaparición de Los Portadores, Zaragoza pierde un gran referente y un gran espacio de cultura y amistad”.

César Muñío de París revela: “Yo no me olía nada. Pero el martes, pasé ante Los Portadores, que siempre han sido cómplices y buenos amigos. Entré y Félix me invitó a subir arriba, al piso de literatura infantil juvenil, y me contó la noticia. Me quedé de piedra. Entendí algunas cosas, claro: los números son los números, y la rentabilidad es importantísima, y además está el cansancio. Eso que dice Eva, es cierto. El cansancio nos afecta a todos: en este sector vivimos días de trabajo de catorce horas. Y nosotros, que somos siete y medio, siete personas y una a media jornada, salimos adelante esencialmente porque este es un negocio familiar”.

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El equipo de la librería Cálamo, durante la celebración de su 35 aniversario. Itziar Abril, León Vela, Ana Segura, Ana Cañellas y Paco Goyanes.  / Toni Galán. 

Chema Aniés, de Anónima de Huesca, Luisa Perruca, de Perruca de Teruel, y Bienvenido 'Beni' Ibor, de Barbastro, andan con idéntico estupor. “Ni de coña lo esperábamos”, podía ser el resumen de su perplejidad. Chema Aniés dice que en Anónima no han podido remontar desde la gran crisis de 2013, que el volumen de ventas descendió entre un 30 y 35 %, y que viven “en un permanente estado se supervivencia, con sueldos mínimos. Ese repunte anunciado aquí no lo hemos vivido nunca”.

Luisa dice que ellos van “lagarteando”, que han remontado un poco en la campaña de Navidad, pero que la situación es dramática; y Beni Ibor dice que ellos andan “con el agua al cuello, y acumulando deudas por los pagos atrasados de los libros de texto becados de la DGA”. Dice que la institución puede pagar de manera atrabiliaria: “en 2017 cobramos en febrero; en 2016, en abril. Este año no sabemos cuándo será. En este momento, nos deben entre 7.000 y 8.000 euros”. Paco Goyanes dice que sabe “hay librerías aragonesas a las que el Gobierno de Aragón, por los libros de texto, les debe desde hace meses 42.000 euros, por ejemplo, y eso coloca en una situación compleja a cualquier negocio”.

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Interior de la librería Ibor de Barbastro. /Beni Ibor.

Julia Millán repasa los problemas generales del sector. Dice: “Los problemas del sector son los que ya comentaba Eva Cosculluela: la falta de lectores y su relevo en los jóvenes, que tienen otras prioridades en el ocio, pero sobre todo la competencia de Amazon en el servicio y la falta de criterio a la hora de comprar, sin tener en cuenta el negocio visible y de cercanía. También, el giro en la distribución que nos ralentiza el servicio porque cada vez los almacenes están más centralizados y más lejanos de las librerías de provincias, con el agravante de que priorizan los pedidos de grandes superficies. Hay una guerra de distribución que está haciendo desaparecer los distribuidores intermedios. También está ahí el exceso de novedades que nos ahogan económicamente porque hay que tener toda la variedad posible. Con respecto a la administración, la ley de contratos del sector público está mermando la compra de libros porque establecen un tope por proveedor y encima tenemos que morir al palo del descuento exigido lo que hace que los beneficios sean muy exiguos”.

Con todo ello coincide César Muñío, de librería París. “Internet ha llegado para quedarse. Amazon logra dar la sensación de que vende más barato. Los jóvenes no han dejado de leer, pero apenas entrar en una librería, prefieren el gran comercio o Internet, y los clientes cuando nos piden un libro lo quieren ya. Nosotros funcionamos bien en los libros de encargo, podemos conseguir cualquier libro en entre dos y cuatro días, pero no podemos competir con Amazon que te lo traen al día siguiente. A veces da la sensación de que conseguir algunos libros es tan urgente como conseguir riñones para un trasplante”, dice, y también pone el dedo en la llaga de la distribución: “Hay dos distribuidoras, de Planeta y Random House, que tardan mucho en servir, y así no se puede”.

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Luisa y Marta Perruca han seguido la profesión de su padre, Arsenio Perruca. / Archivo Perruca

La turolense Luisa Perruca aborda el tema de los jóvenes. “El relevo generacional no existe. Los jóvenes leen sí, cosas ‘Los juegos del hambre’ o Blue Jeans, pero son lectores más bien porque piratean, no es que consuman más 'e-book', pero ya no saben apenas lo que es una librería. Antes teníamos de fondo Sherlock Holmes, Stevenson, Lovecraft, libros que constituyen la educación sentimental de muchas generaciones, ahora nadie los pide. Los clásicos desaparecen”. En cambio sí reconoce que las generaciones jóvenes se acercan a fenómenos poéticos que han cristalizado en la red y que dan el paso al libro: Elvira Sastre, Loreto Sesma, Irene X, Marwan, “que tiene añade el factor musical, tan atractivo, pero no deja de ser un mercado arbitrario”.

La celebración de efemérides o la presencia de literatura local es un estímulo más bien relativo. O inexistente: “Nosotros no hemos percibido el aniversario de los Amantes de Teruel. No hemos vendido más ejemplares de Teruel o provincia, salvo a algún turista”. En cambio, Beni Ibor dice que se “ha notado el ‘fenómeno Ordesa’ de Manuel Vilas. Habré vendido entre 170 y 200 ejemplares. Y unos 60 del libro de la Guerra Civil aquí, en Barbastro, de José Azpíroz”.

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Rosa Montero firma ejemplares de sus libros en la librería Anónima de Huesca. Chema Aniés en primer término. / Rafael Gobantes. 

Chema Aniés lo tiene claro. “A mí me gusta mi oficio. Los beneficios, cuando los hay, son mínimos, pero me he formado en la cultura del libro y me abrazo a ella. No me veo en otra profesión. Llevo 31 años en ella, te contaminas, y ya no sales de ahí. Y también es una pasión”. César Muñío considera que cuando se entra en una librería y se ven el buen trato, el esmero y la vocación de servicio, la actitud del lector cambia. “Y repite”. Anota otra hándicap: “Algún otro comerciante de otro oficio podría envidiarnos por el hecho de que podamos devolver los libros. Pero ese es un regalo envenenado… Se publica tanto que a veces casi ni da tiempo a sacar los libros de las cajas”.

Paco Goyanes resume: “Este oficio tiene tres patas: se busca una rentabilidad económica, pero los beneficios por lo regular son bajos, escasos; tiene una vocación social y es un proyecto personal. Todos hacemos muchas cosas, invertimos muchas horas. Yo, pese a los malos augurios, creo que podemos tener futuro: se siguen abriendo librerías en Nueva York, en Madrid, en Barcelona, en muchos sitios; nacen editoriales todos los días. Es complicado, lo sé, mantener un proyecto personal, pero sigo considerando que Zaragoza, que es una ciudad de muy buenas librerías, y Los Portadores es y ha sido un buen ejemplo, debe aspirar a tener buenas librerías. Quiero ser optimista, aunque sé que no es un negocio fácil. Tiene que haber futuro”, afirma.

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Julia Millán en el escaparate de su librería Antígona, que comparte con su marido Pepito Fernandez. / Guillermo Mestre.

Julia Millán extrae uno de sus recuerdos, un poco a modo de homenaje a Los Portadores de Sueños. “Recuerdo la primera vez que vi la librería. Fue una mañana de recados por el centro y pasando por la calle Blancas me topé de pronto con una banderola que anunciaba una librería bajo ella. Fue algo inesperado porque no teníamos noticias de que hubiese sido anunciada en ningún sitio (por entonces las redes sociales eran algo inexistente). Me llamó la atención lo bonito del sitio y con una punzada de curiosidad reparé de inmediato en un libro que a mi me fascinaba, ‘El cuento de Auggie Wren’ de Paul Auster en la edición de Lumen, basado en la estupenda película ‘Smoke’, que descansaba en el elegante escaparate. No entré en ese momento y tampoco me detuve mucho más por si tenían un detector de libreras espías dentro de la inmensa cristalera”, dice.

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