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Nacional

Un año perdido en la vida de mi madre

Martina, que vive en una residencia de Mérida, cumple el miércoles 85 años. Su familia dice que entonces habrá pasado un año, 8.760 horas y 525.600 minutos, desde que se reunieron por última vez en torno a ella.

Martina, en una videollamada con su familia durante el confinamiento
Martina, en una videollamada con su familia durante el confinamiento
Jero Díaz Galán

Mi madre, Martina, ha logrado superar el coronavirus y recibir las dos dosis de vacuna que la inmunizan contra él, pero aún no puede abrazarnos un año después de que se declarara una pandemia que se ha cebado con los mayores, también con los que conseguirán sobrevivir a la covid-19.

Ella es una de las más de 322.000 personas mayores de 65 años que viven en una residencia de ancianos en España, según datos de la plataforma Envejecimiento en Red del CSIC.

El próximo miércoles, mi madre cumple 85 años y entonces habrán pasado un año, 8.760 horas y 525.600 minutos desde que toda la familia nos reunimos por última vez en torno a ella.

La residencia antes de la covid

Ajenos a la que se nos venía encima, nuestra máxima preocupación aquel 24 de febrero de 2020 no era otra que impedir que mamá nos cogiera las vueltas para comer más tarta de la que ya íbamos a consentirle por ser su cumpleaños.

Desde el verano de 2016 en que decidió por voluntad propia ingresar en un centro de mayores, para que le pudieran controlar su indisciplinada diabetes tras los tratamientos de quimioterapia y cuando el alzhéimer aún no había dado totalmente la cara, la residencia Rosalba de Mérida y en especial su planta verde se convirtió un poco en la casa de toda la familia.

Hasta que la covid apareció en nuestra vida, mi madre nunca había pasado una tarde sin nosotros, y de hecho Fernando, el más pequeños de sus nietos, aprendió a andar allí entre el regocijo de los abuelos.

Su casa volvió a ser la nuestra, aunque ahora compartida con muchas más personas, por eso hemos sufrido no solo el abandono obligado de mi madre, perdida en medio de su demencia, sino también la soledad y el miedo muy consciente de otras de sus compañeras como Petra, Gracia o María, que han vivido este durísimo año con el dolor que dan las plenas facultades mentales ante un horror así.

Confinamiento

Todo arrancó el viernes 6 de marzo de 2020, cuando Rosalba anunció que suspendía las visitas ante lo que entonces empezábamos a ver como una emergencia sanitaria que podía afectarnos.

Llegó luego el primer estado de alarma y el confinamiento, con el terror que causaban los brotes en geriátricos y las miles de personas mayores que morían en soledad, como si se tratara de la más perversa de las distopías diseñada para el colectivo más vulnerable de la sociedad.

Entre tanto, alguna videollamada pérdida que otra y mamá en sus momentos de lucidez preguntando "¿dónde andáis?", junto a una trabajadora enfundada en un EPI con mascarilla y gafas que le repetía una y otra vez: “Martina, tus hijos no pueden venir porque hay un virus y no pueden ni siquiera salir de casa”.

El “vaya por Dios” de mi madre se convirtió entonces en una constante resignada ante una realidad que no comprendía pero que intuía que le estaba arrebatando todo, según era capaz de transmitir con su mirada.

Visitas a dos metros de distancia

Tras el terror de algunos positivos en el centro, la primera ola se salvó relativamente bien y las visitas se retomaron en verano, separados por dos metros, sin besos ni abrazos, el lenguaje que mejor entienden las personas mayores y en especial los enfermos de alzhéimer.

También llegaron dos salidas para revisiones médicas en las que mi madre pudo aprovechar para reencontrase con algunos de sus nietos, a los que se alegraba muchísimo de ver, pero de los que ya no recordaba su nombre. A los pequeños los vio más grandes, eso sí, y a los mayores volvió a preguntarles por qué llevaban los pantalones tan rotos, un clásico en ella desde que la moda impuso esa tendencia.

Ya empezábamos a quejarnos de que no se avanzara más en los reencuentros cuando todo volvió a suspenderse por el nuevo repunte de contagios y la llegada de una segunda ola, que tenía reservada para Rosalba y para la planta verde de mi madre la peor de las pesadillas.

Contagio y aislamiento

La mayoría se infectaron de coronavirus y muchos de ellos, incluida mamá, pasaron la enfermedad asintomáticos pero encerrados solos más de un mes en sus habitaciones, mientras nosotros recibíamos una llamada diaria en la que se nos informaba de su estado.

Cada día sin síntomas era un triunfo, pero un triunfo en medio de la tristeza más absoluta, la que nos generaba su propia soledad y la que nos ahogaba aún más cuando conocíamos que alguno de sus compañeros habían muerto por covid, que Antonio, Ramona, José o Juana se habían marchado mas solos que nunca.

El horror volvió a amansarse antes de Navidad y así pudimos disfrutar de dos visitas presenciales, nuevamente separados a dos metros de distancia y con mascarilla, antes de que la residencia decidiera blindarse para poder llegar libre de covid a la vacunación el 27 de diciembre de 2020.

La vacuna

Tras ser la imagen de la esperanza frente al virus en Extremadura, los residentes de Rosalba recibieron la segunda dosis del preparado de Pfizer a mediados de enero, pero un positivo volvió a disparar hace dos semanas todas las alarmas en el centro, que decidió incluso suspender las videollamadas, a pesar de que la inmensa mayoría de sus residentes y trabajadores estaban ya inmunizados.

Una vez superado este susto, han vuelto las visitas individuales previa cita, treinta minutos con separación, mascarilla y medidas de seguridad.

“La luna es un pozo chico, la flores no valen nada, lo que valen son tus brazos, cuando de noche me abrazan”, cantó Lorca para dar valor a lo que verdaderamente importa.

Todos necesitamos que vuelvan los abrazos, es urgente, sobre todo para ti, mamá, que ya solo empiezas a entender el lenguaje las caricias y que has perdido este año de tu vida en medio de la ausencia obligada de los tuyos, mientras el alzhéimer cabalga libre, como un “potro de rabia y miel”, para tratar robarte hasta nuestros recuerdos.

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