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Alberto J. Schuhmacher, un viaje del san jacobo a la ropa vieja

El investigador aragonés rememora sus momentos culinarios entre España y Estados Unidos.

Alberto J. Schuhmacher, en El Paladar, en Zaragoza.
Alberto J. Schuhmacher, en El Paladar, en Zaragoza.
Guillermo Mestre

El investigador Alberto J. Schuhmacher tiene muchos recuerdos vinculados a la gastronomía, pero reconoce que aunque hace sus pinitos no le termina de coger el punto. “En el laboratorio seguimos recetas muy medidas y cuando llego a casa me apetece centrarme en otras cosas, aunque me gusta elaborar platos sencillos”, sugiere. La receta de pollo tikka masala que elabora a menudo es un buen ejemplo de su predisposición. “Intento que me salga algo parecido a lo que comía en Nueva York, en el restaurante ´Curry in a Hurry`, pero no me engaño, es comestible, pero no tiene nada que ver”.

Alberto dirige el grupo aragonés de Oncología Molecular que investiga genes y proteínas alterados que tienen algo que ver con cáncer. Cuando realizaba su tesis en Madrid con maestros como Mariano Barbacid o Carmen Guerra, no pensaba que pudiera desarrollar su labor de investigación en Aragón, “pero en los años que estuve fuera de España se hizo una gran apuesta, y hoy, el Centro de Investigación Biomédica de Aragón cuenta con muchos medios”.

Por su trabajo, pasó bastante tiempo en Estados Unidos antes de regresar a España, y de esa etapa evoca muchos momentos gastronómicos. “Lo curioso es que cuando estaba allí y me ponían una patata asada con mantequilla, pensaba en los ricos aceites aragoneses, y echaba mucho de menos las croquetas de mi abuela Begoña”.

Ahora le sucede lo contrario. Se acuerda de los pan woon sen noodles de un tailandés al que iba mucho, los pancakes, los huevos benedictinos o la ropa vieja. Y es que la comida caribeña o latina era un clásico en el que “no faltaba la visita habitual a las taquerías del norte de Manhattan”.

Tal vez por ello ha elegido para esta entrevista el restaurante de comida cubana El Paladar (c/ Pilar Lorengar, 28. 976 073 951) y la ropa vieja como plato principal. En febrero, precisamente, este establecimiento celebra el mes dedicado a esta receta con nuevas elaboraciones como el timbal de arroz congrí y ropa vieja con huevo y plátano fritos.

“No es difícil de preparar, pero a mí no que queda igual que en El Paladar”, asegura. De este restaurante guarda muy buenos recuerdos, “de muchas reuniones con amigos y encuentros del laboratorio”. Alberto apenas bebe alcohol, pero no concibe acudir a un restaurante cubano y no comer con un mojito. Y luego está la animada música de fondo, su comedor tan colorido... “Es un lugar magnífico para desconectar”, confiesa.

Alberto tiene claro que alrededor de una mesa “casi siempre suceden cosas interesantes; es un entorno más relajado y conoces mejor a las personas”. Para los encuentros profesionales le gusta acudir al restaurante La Scala (c/ Felipe Sanclemente, 4. 976 237 880). “La relación calidad/precio de su menú ejecutivo me parece muy buena, y me encanta que en el comedor haya cuadros de Pepe Cerdá o de Saura”.

Para ir de tapas “ya frecuentaba con mis abuelos El Circo; su pimiento relleno de atún es insuperable”. Cerca de su domicilio, en la zona de Universidad, suele acudir al Vogel (avda. Juan Carlos I, 53) y al restaurante Pájaros en la Cabeza (avda. Juan Pablo II, 42). Y cuando le entra la morriña de una buena hamburguesa, su opción es Tik Tak House (c/ Baltasar Gracián, 1), “donde siempre hay alguna novedad interesante”.

De la infancia le queda el recuerdo de que su madre “fue la empleada número uno de Mercazaragoza y a casa llegaban muchos productos, sobre todo verdura fresca, así que el mensaje de comer sano lo recibí desde muy niño”. Ahora procura ponerlo en práctica comprando en el proyecto social agroecológico Gardeniers, de Atades, “e intentando incorporar a la dieta diaria menos carne, pero de más calidad”.

Eso sí, en su memoria sentimental y emotiva tiene grabado a fuego el menú ideal: san jacobo, pero matiza, “el de libro de lomo con un buen queso y jamón de Teruel”, patatas asadas y, de postre, “un trocito de pastel ruso de Ascaso”.

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