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Real Zaragoza

Real Zaragoza - Real Madrid

Así se gestó la vuelta de honor de los jugadores del Real Zaragoza

La unión del vestuario y de los jugadores con la grada destaca la buena salud emocional del equipo aragonés, subrayada al término del partido contra el Real Madrid con una conmovedora vuelta al ruedo.

Los jugadores del Real Zaragoza dan la vuelta de honor a La Romareda.
Los jugadores del Real Zaragoza dan la vuelta de honor a La Romareda.
Guillermo Mestre

Acabó el partido contra el Real Madrid, y la derrota, como casi siempre en la vida cuando ésta te vuelve la cara, permitió observar el verdadero significado de la dignidad y apreciar el color puro del honor: el zaragocismo alzaba sus bufandas, cantaba sus canciones más sentidas y cuidadas, y se entregaba a los jugadores que deben traerle el mayor de los sueños en los próximos meses. Lo vino a decir así tras el choque Víctor Fernández, con acierto, pues nadie como él conoce la naturaleza y esencia de ese sentimiento: “Los jugadores han descubierto La Romareda y ahora depende de ellos volver a tenerla así próximamente”. La simbiosis entre equipo y grada vivió su estado de máxima exaltación en la vuelta al ruedo que los futbolistas del Real Zaragoza dieron en plena resaca de la derrota. No importaba el tiempo. Se fueron al centro del campo, levantaron la mirada y asistieron a un homenaje emocionante y colosal, una demostración de musculatura sentimental que impactó a periodistas de medios nacionales o a los propios hinchas del Real Madrid.

Cuando el zaragocismo puso en combustión sus corazones, Íñigo Eguaras entendió lo que había que hacer. Levantó la mano, el dedo índice y lo giró: había que dar las gracias rincón a rincón de La Romareda. No fue una orden, pero todos sus compañeros lo entendieron. Fue un gesto de liderazgo que no admitía discusión. A Eguaras, le siguió Grippo, otro de los pesos pesados del grupo, un núcleo duro que completan Javi Ros, Guitián, Cristian Álvarez o Linares. Casi todos ellos ‘veteranos’ del vestuario del Real Zaragoza, con varias temporadas aquí, sufriendo, lidiando con la máxima exigencia, asimilando bofetadas como la ocasión derramada con el Numancia en el play off de hace dos años, levantando crisis envenenadas como la del curso pasado…

Todos esos episodios han curtido las pieles de estos líderes, sin los cuales sería complicado descifrar el bonito clima de complicidad y sana competencia que preside el vestuario de esta temporada y que ha extendido lazos hacia su comunión con la grada. Su singular ascendencia sobre un grupo expuesto a los pecados de juventud está siendo determinante para comprender por qué el Zaragoza vive su actual momento.

Víctor Fernández también lo ha comprendido desde la atalaya del entrenador y, por eso, últimamente, recalca la conveniencia de no alterar esa armonía en el mercado de invierno: quien venga, debe asumir su rol y respetar la misión final del grupo. El técnico zaragozano, a lo largo de la temporada, fue el primero en arriesgar eso: su gestión del caso Linares, sus mensajes en ruedas de prensa valorando más lo que faltaba en la plantilla que aquello que tenía, la insistencia en jugadores que estaban lejos de sus piernas y verdadero nivel (como Kagawa)… Cuestiones que resultaron peligrosas y perturbadoras. Ahora, Víctor insiste en evitar cualquier elemento de agitación porque ha tomando conciencia de cuál es su papel y dónde reside la verdadera fuerza del grupo. En cierto modo, Víctor también ha crecido con el paso de la temporada, y ahora administra esa plantilla con cuidado, sentido de la justicia y mucha precisión en el juego de méritos y oportunidades. La piña que en cada victoria se forma entre los jugadores al acabar los últimos partidos es la viva representación de esa fuerza grupal.

La Copa del Rey y el mes de enero le han entregado al Real Zaragoza la mesa de ensayo ideal para que el equipo -entendido como estructura colectiva y organismo competitivo- crezca en su juego, evolucione en su idea y refuerce sus conexiones internas. Lejos de constituir un estorbo inoportuno y sin olvidar que la liga -el ascenso- es su verdadera razón de ser, la Copa, con el estelar partido contra el Real Madrid como foco de referencia y punto final, le ha dado al Real Zaragoza una oportunidad de desarrollarse y exhibir la madera de qué está construido.

Le ha permitido descubrir que su plantilla es mucho más que sus once o doce jugadores más habituales. Ha ayudado, por ejemplo, a que ciertas individualidades apagadas en anteriores semanas se iluminaran de nuevo y elevaran su fútbol cerca de su dimensión real: James -en su posición natural- ha vuelto a corretear como un electrón inatrapable, Kagawa ha reordenado sus musas y afilado su creatividad, Clemente ha revelado sus condiciones en el lateral izquierdo, Álex Blanco ha emitido destellos, André Pereira encontró este miércoles minutos con los que aceitar sus piernas… 

La Copa también ha permitido que el Real Zaragoza potencie su idea de juego y afine sus mecanismos de funcionamiento. Pero, sobre todo, la Copa ha contribuido a que los futbolistas de la plantilla, todos, se sientan partícipes del equipo, se enchufen a la misión final de esta temporada. Han descubierto que sus roles, al margen de rangos, son igual de relevantes y útiles. Javi Ros, hasta su lesión, simbolizaba este papel de que no necesariamente hay que ser titular para ser importante. Esto se aplica a la aportación del tudelano al juego, pero también a su valor en el día a día del vestuario y sus relaciones humanas: en la gestión de talantes diversos, en el liderazgo, en la ascendencia, en la defensa de la idea de grupo sobre las ambiciones personales… La Copa, con la administración de minutos y decisiones particulares emprendida por Víctor Fernández, ha colaborado a que la unión interna, el sentimiento de pertenencia a un vestuario, el compañerismo, el entusiasmo y la concordia se hayan instalado entre las cuatro paredes que refugian a esta plantilla.

La mezcla de jugadores jóvenes y hambrientos con expertos también hambrientos de pisar el suelo de Primera División, por fin, después de una carrera sacrificada, adusta y exigente en Segunda ha generado un clima sano, bonito de vivir, según reconocen en el vestuario, una cuestión en la que Víctor Fernández ha puesto especial énfasis en las últimas semanas: en un equipo, solo hay una cosa por encima de sus jugadores: sus aficionados.

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