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Real Zaragoza

real zaragoza-Real madrid

Los nervios de la primera vez

El Real Zaragoza comenzó el partido atenazado y hasta la segunda mitad no logró soltarse.

Delmás fue superado por Vinícius.
Delmás fue superado por Vinícius.
Galán/Mestre/Jiménez

Para todo hay una primera vez en la vida. Inesperada si llega temprano; eterna si se hace esperar. Seis años y medio, en este caso. Los que van desde aquel triste junio de 2013 en el que el Real Zaragoza perdió la categoría hasta hoy. Lo que tarda un niño en madurar para comprender las lágrimas del fracaso, ese llanto que despidió ‘sine die’ a los equipos grandes del estadio de La Romareda y ayer se encarnó en el entusiasmo de antaño. 

El regreso de las fascinantes noches coperas fue un viaje al pasado para mirar hacie el futuro. Los ojos del flamante zaragocismo, el que abanderan los más jóvenes, volvieron a contemplar el fútbol de las máximas figuras. El patrón San Valero trajo a Zinedine Zidane, Sergio Ramos, Marcelo, Toni Kroos, James Rodríguez, Karim Benzemá… y una derrota dulce. 

El merengue cubrió la nata del roscón, pero dio igual. Era una fiesta ganada previamente. Así lo interpretó el entrenador Víctor Fernández, dando la oportunidad a los menos habituales. Para ellos, para casi todos los que ayer afrontaron el encuentro de inicio, también fue la primera vez. Y lo acusaron sobre el césped, donde no se admiten concesiones. 

Mucho menos, contra un Real Madrid que se valió de los nervios iniciales para sentenciar la eliminatoria copera. Julián Delmás, uno de esos niños que lloraron el descenso a Segunda, plasmó el desconcierto inicial del Real Zaragoza. La magia del decorado atenazó al lateral convertido ya en hombre. Vinícius Júnior y Marcelo atacaron su indecisión. La banda derecha fue un tremendo boquete que los futbolistas madridistas, inteligentemente, aprovecharon para acabar con cualquier atisbo de fantasía victoriosa. La otra fantasía, la de disputar un encuentro de tanto encanto, se estaba haciendo realidad. Y no solo para Julián Delmás, sino también para el grueso de unos futbolistas que tardaron en absorber la atmósfera.

Los Álvaro Ratón, Enrique Clemente, Alberto Soro, Miguel Linares y compañía pagaron la novatada -y la evidente superioridad del rival- durante la primera media hora. Y solo a partir del 0-2, con el marcador resuelto y todos más relajados, comenzaron a soltarse en busca de espacios en terreno rival. El despertar del japonés Shinji Kagawa, con un fútbol de Primera más prodigado en este tipo de encuentros, fue fundamental. También el paso por vestuarios, el discurso del «no hay nada que perder» que, a buen seguro, Víctor Fernández pronunció hacia una segunda mitad de distinto guion. 

Fortalecidos y renovados por la entrada de Álex Blanco y Luis Suárez al terreno de juego, los zaragocistas en conjunto cobraron confianza. La incertidumbre del qué pasara estaba resuelta: los nervios quedaron atrás en busca de un gol que metiese al RealZaragoza en el encuentro. Todos -la pareja de centrales (Pichu Atienza-Simone Grippo), la de mediocentros (Íñigo Eguaras-JAmes Igbekeme) y los nuevos atacantes- empezaron a entonarse y llegaron las ocasiones, no así los goles, que siguieron cayendo del lado madridista hasta el 0-4.

Era momento de seguir reconociendo méritos. Y Raúl Guti, uno que anda sobrado, entró al campo para saborear un ambiente irrepetible. No para él, que a buen seguro disfrutará de noches como esta en el futuro que le aguarda. Tampoco para otros compañeros cuya proyección apunta a Primera. Sí para aquellos protagonistas conscientes de que ayer fue la primera vez y, probablemente, la última. El fútbol les había brindado la oportunidad de decir «hola y adiós» a citas de tal magnitud, al tiempo que otros incipientes, los niños que colmaron las gradas de esperanza, descubrían al verdadero Real Zaragoza. 

Poco o nada les importó el resultado de la eliminatoria. Habían conocido La Romareda de las grandes ocasiones, la que debe impulsar al equipo hacia el ascenso a Primera División y más noches como la de ayer. Para entonces, la inseguridad propia de los nervios será otra. Las circunstancias, también. Todos hemos vivido una primera vez.

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