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Real Zaragoza

Real Zaragoza: anatomía de una metamorfosis

El cambio y reacción del Zaragoza se apoya en diferentes claves y factores desde la llegada de Víctor Fernández

Los futbolistas del Real Zaragoza se ejercitan en las instalaciones de entrenamiento de la Ciudad Deportiva.
Los futbolistas del Real Zaragoza se ejercitan en las instalaciones de entrenamiento de la Ciudad Deportiva.
Guillermo Mestre

Aun con la victoria, el partido del Real Zaragoza en Lugo, posiblemente, estuvo alejado de las versión canónica instalada por Víctor Fernández. De sus siete partidos, fue el más imperfecto. Los rasgos principales de su juego, aquellos que han levantado al equipo con una dinámica de 14 puntos de 21 posibles, apenas tuvieron continuidad más allá del minuto 20, como tampoco pudo observarse una estructura sólida con pelota y sin ella hasta el tramo final… El Lugo fue el rival que más remató al Zaragoza de Víctor, descubriendo a la luz algunos de sus puntos débiles.

Aunque su funcionamiento colectivo ha mejorado, sigue siendo un equipo quebradizo en la defensa de su área, poniendo de relieve una de las cuestiones que Víctor Fernández destacó a su llegada: el Zaragoza necesita un alto volumen de posesión y un elevado caudal ofensivo para ser plenamente fiable. Pero más allá de sus puntuales debilidades y vías de mejora, el equipo aragonés, como es obvio, ha resucitado su capacidad competitiva con una serie de claves y factores que explican su metamorfosis: en realidad, una vuelta a su ser.

1. Víctor le devuelve un rostro al equipo.

El Zaragoza vuelve a competir, a estar más cerca de las victorias que de las derrotas día tras día, porque tiene un plan. Un estilo. Víctor Fernández le ha devuelto al equipo una identidad que se fue diluyendo con Imanol Idiakez y acabaría abrasada con Lucas Alcaraz. Su juego es, de nuevo, reconocible, alimentado de una filosofía coherente con el tipo de plantilla y el perfil de futbolista, y enriquecido por un modelo inherente a la manera de pensar y sentir el fútbol de Víctor. El técnico, durante su carrera, siempre construyó sus equipos desde un vértice: el futbolista creativo, de buen pie, inteligente en la lectura del juego. Y el Zaragoza, según se está viendo, los tiene. Víctor ha puesto el énfasis en el futbolista, priorizándolo más allá de sistemas o dibujos tácticos. El resultado es un equipo que propone, que presenta una personalidad asociativa, con mirada ofensiva y muchos minutos plantado en campo rival.

2. Los factores ‘invisibles’.

El Zaragoza ha crecido por juego, pero eso se lo ha permitido el cambio de tendencia en los resultados. Ganar siempre conduce a ganar. El factor emocional está siendo una de las claves. La mentalidad del equipo ha cambiado: es más seguro, atrevido, ambicioso, entusiasta… El jugador ha perdido miedos y tensiones. También ha ayudado otro de los invisibles del juego: el físico. Aunque ha sufrido una oleada de lesiones en este tramo de recuperación, hay futbolistas que ya se acercan a su nivel óptimo de forma: Eguaras, James Igbekeme, Álvaro Vázquez, Benito, Papunashvili… Piezas básicas apagadas en el primer tramo de la temporada por razones físicas.

3. Eguaras y Guitián: un doble faro.

El Zaragoza no es un equipo, aún, con una identidad táctica nítida. Sabe lo que quiere y a lo que juega, pero aún no cabe unirlo a un sistema base. Víctor ha alternado el 4-3-2-1, el 4-2-3-1, el 4-3-3… Variantes para una misma intención. Como rasgo diferencial, sobresale su libertad posicional en ataque. Un orden desorganizado. Un desorden organizado. Sin embargo, poco a poco, va retomando mecanismos y relaciones que se asemejan a lo propuesto la pasada campaña con el rombo de Natxo González: sin tanto dogmatismo en las posiciones, ya aparecen en el campo triángulos, líneas de pases múltiples o receptores a diferentes alturas. En este contexto, destaca, por su especificidad, Íñigo Eguaras. El navarro ha ganado físico, es indudable, pero sobre todo ha ganado un equipo: referencias de pases con las que guiar el juego. Eguaras necesita eso. Él es, a la vez, causa y consecuencia de que el Zaragoza haya crecido con balón. El apoyo, en esta distribución del fútbol, que le brinda Guitián está siendo fundamental. El central cántabro limpia la salida del balón, conecta con Eguaras, le asiste en la creación, une líneas… Un defensa esencial para atacar mejor.

4. La custodia de Cristian.

El Zaragoza de Víctor arriesga. Expone sus posiciones y facilita espacios. Por eso, sus defensas están en permanente amenaza. Su área no termina de cerrarse. Ante eso, contar con un último cerrojo de la fiabilidad de Cristian Álvarez es una garantía competitiva. Su magia se ha encendido en el momento preciso, y, en las últimas siete jornadas, colecciona proezas entre los palos: penalti al Oviedo, paradas en Lugo...

5. El efecto banquillo.

Tres de las cuatro victorias con Víctor y los dos empates se han apoyado en remontadas, levantado resultados adversos. Ha influido la actitud y el talante del equipo, la lectura de los partidos, y la suma de los recursos salidos del banquillo. Un caso es Soro, frente al Oviedo. Otros, más específicos por su registro, especialistas, ya se vieron en Lugo: Linares llenó el área rival y Aguirre agitó la banda izquierda.

6. Ocasiones, remates y goles.

Estamos ante el Zaragoza más eficaz de la temporada. La producción anotadora se ha disparado: si con Idiakez se marcaban 1,2 goles por encuentro o 0,75 con Alcaraz; con Víctor este índice ha subido a 1,6. El Zaragoza marca más no solo por acierto: también pisa más área y remata más que en toda la temporada. Con Idiakez, promediaba 12,2 disparos. Con Alcaraz; 11,1. Víctor Fernández ha elevado el dato a 17 tiros por partido.

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