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Real Zaragoza

El equipo recupera el gol perdido

Desde la llegada de Víctor Fernández, el Real Zaragoza ha recuperado una capacidad goleadora que se había ido apagando tanto con Idiakez como con Alcaraz.

Los jugadores zaragocistas celebran uno de los dos goles frente al Oviedo en La Romareda.
Los jugadores zaragocistas celebran uno de los dos goles frente al Oviedo en La Romareda.
José Miguel Marco

La llegada de Víctor Fernández ha ejercido un efecto balsámico sobre un equipo y una entidad que transitaban afligidos por la cornisa de la zozobra, con el descenso a Segunda B inquietando a la vuelta de la esquina.

En apenas seis partidos, el técnico del barrio Oliver, ha revertido la inercia infernal que arrastraba al plantel hacia el precipicio. Desde su mágico reestreno frente al Extremadura, con una Romareda que volvió a indentificarse con sus jugadores, se han recuperado valores olvidados, con la pelota y el dominio del juego como eje central del discurso.

Uno de los capítulos en los que es más fácilmente demostrable esta resurrección futbolística es la producción goleadora. Las penurias realizadoras que acompañaron la última fase de Imanol Idiakez y que presidieron toda la estancia de Lucas Alcaraz han sido desterradas. Y es que el entrenador aragonés, con un promedio de 1,5 goles por choque, supera a sus dos predecesores (el vasco se quedó en 1,2 y el andaluz lo rebajó a 0,75).

En los seis encuentros que ha dirigido en esta tercera etapa en el banquillo zaragocista –saldados con tres victorias, dos empates y una derrota–, los pupilos de Víctor Fernández totalizan nueves dianas que han llevado la firma de siete futbolistas. Jorge Pombo y Georgi Papunashvili abrieron la cuenta frente al Extremadura; Álex Muñoz y Raúl Guti sellaron el triunfo en El Molinón; Alberto Soro e Íñigo Eguaras rescataron un punto en la visita al Rayo Majadahonda; y, por último Álvaro Vázquez ha asumido los galones que se le presumían anotando los tres últimos tantos de forma consecutiva, dos frente al Real Oviedo en La Romareda y uno el pasado lunes en Las Palmas.

La reactivación de Álvaro Vázquez no es una cuestión anecdótica ni de un rango menor. Todo parece indicar que Víctor ha dado con la tecla adecuada para conectar al engranaje a un delantero diferencial en la categoría, al que las lesiones y el desacierto habían lastrado durante sus primeros meses en la capital aragonesa. Con sus tres recientes goles –siete en todo el ejercicio– se aúpa ya al séptimo puesto entre en el ranquin de máximos goleadores de Segunda División. Si el ariete catalán es capaz de prorrogar su estado de gracia, las opciones del Real Zaragoza aumentarán en esa misma proporción.

Lugo, Albacete, Osasuna, Almería y Granada certificarán, en las próximas jornadas, si se ha recuperado definitivamente el gol perdido.

Si a este arsenal se añade el fichaje de Miguel Linares, un experto especialista en el área, junto a Jorge Pombo, Marc Gual, Georgi Papunashvili o Alberto Soro –más las puntuales aportaciones de la segunda línea e incluso de la defensa en las jugadas a balón parado–, los buenos augurios parece que sonríen al equipo blanquillo.

Los antecesores

Mucho más si se realiza una comparación retrospectiva. Bajo la batuta de Imanol Idiakez –10 partidos, con dos victorias, cinco empates y tres derrotas–, el inicio fue ilusionante, con el 2-1 inaugural frente al Rayo Majadahonda. Se disparó la euforia en la cuarta jornada, con el 0-4 en el Carlos Tartiere de Oviedo. Pero el conjunto zaragozano fue languideciendo y destiñéndose. Si en las primeras cinco jornadas había marcado ocho goles, en las siguientes cinco –hasta la destitución del guipuzcoano tras empatar con el Tenerife en casa– la cifra se redujo a la mitad, incluidos dos ceros ante Lugo y Numancia.

Precisamente ‘cero’ es la palabra que mejor resume el breve paso de Lucas Alcaraz por La Romareda. Nada más y nada menos que en cinco de los ocho encuentros –un triunfo, dos empates y cinco derrotas– del granadino quedó desierto el casillero zaragocista. Frente al Elche, Granada, Alcorcón, Cádiz y Córdoba se quedó inédito. Un balance aciago que puso las bases para su fulminante y drástico despido.

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