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Real Zaragoza

El diamante de Natxo

El renovado sistema táctico con rombo en el centro del campo explica varias de las razones de la mejora y el despegue del Real Zaragoza.

Natxo González, en un entrenamiento del Real Zaragoza.
Natxo González, en un entrenamiento del Real Zaragoza.
Raquel Labodía

Es el rombo de la felicidad. La figura táctica que recoge en su esencia la mejora y crecimiento del fútbol y, en consecuencia, de los resultados del Real Zaragoza de la segunda vuelta. Natxo González concibió en su día un equipo ordenado de acuerdo a este sistema y alimentado por el juego de posición. Un 4-4-2, con el centro del campo organizado tal cual es la forma de un diamante. Comenzó así la temporada, cuando el Zaragoza alcanzó notables cotas de juego, aunque, entonces, el equipo no terminaba de agruparse de forma consistente, de ahí la falta de resultados.

Aquel rombo original presentaba singularidades: el Zaragoza solo se organizaba así en ataque, cuando Toquero abandonaba la banda derecha de la fase de repliegue para juntarse a Borja Iglesias. En esa disposición, Zapater solía ejercer de mediocentro, con Eguaras y Febas en los interiores, y Buff de mediapunta. Cuando se perdía el balón, Toquero pasaba a la banda derecha, Eguaras se alineaba a Zapater, Febas cerraba la izquierda y Buff lanzaba la presión con Borja. El sistema era elástico, diferente en ataque y defensa, y el Zaragoza no terminó de asimilarlo y fortalecerse con él.

La falta de resultados forzó a Natxo a buscar otras soluciones. Remedios que no llegaron. En Albacete, antes del parón navideño, recuperó el rombo, aunque con variaciones. El 4-4-2 evolucionó hacia el actual 4-3-1-2, sin cambios posicionales. Ahora, el rombo se mantiene siempre, se ataque o se defienda.

Eguaras sería ahora la guía y Febas subiría un escalón, a la mediapunta, con interiores de largo recorrido y desgaste sin la pelota: Guti, Javi Ros y Zapater. También regresó tras lesión Benito, una herramienta táctica fundamental para el sistema, y apareció Lasure, otro lateral con buen juego interior, como Benito. Así ha crecido el Zaragoza: las piezas han encajado cada cual en su sitio, como cohesionadas entre sí por un pegamento mágico. El tiempo y los partidos –la adaptación– han hecho el resto. Todo parece funcionar cada vez de forma más natural, más memorizada y autómata.

En sus primeros contactos con Lalo Arantegui, Natxo González ya sugirió la conveniencia de fichar perfiles adecuados para este modelo de juego. Y así, en ese sentido, se trabajó desde la dirección deportiva en verano. Natxo tuvo siempre claro durante la pretemporada que era la fórmula ideal para desarrollar su idea de juego de posición.

El 4-4-2 (ó 4-3-1-2) es un esquema poco habitual en el fútbol de hoy. En Zaragoza, el antecedente está en la segunda etapa de Víctor Fernández, con Aimar de enganche. Hoy, hay pocos equipos y muy concretos que lo usen. El Barcelona de Valverde suele organizarse así. También Zidane lo ha impuesto en el Madrid con frecuencia. En Villarreal, Javi Calleja lo instauró nada más relevar a Fran Escribá. En Segunda, Martí lo probó en el Tenerife y el Rayo Vallecano se ha consolidado con él. Pero poco más, ni siquiera en Europa, salvo excepciones, como eventualmente el Nápoles de Sarri o en cursos previos el Borussia Dortmund de Tuchel.

No es un sistema muy extendido porque es sumamente complejo de trabajar, de hacerlo carburar y encontrarle el punto de equilibrio adecuado. Exige una alta concentración y comprensión del juego al futbolista. Y precisa ciertos perfiles muy específicos: un mediocentro especialista en el pase, laterales creativos y técnicos, e interiores de mucho radio de acción y energía.

Hay cientos de sistemas, pero el sistema perfecto es aquel que mejor exprime las características y las virtudes de los jugadores que lo componen. A este punto es al que se ha acercado el Zaragoza de Natxo: el rombo funciona porque optimiza a cada uno de sus futbolistas. El hombre clave del rombo es Eguaras. Desde que Natxo apartó de la manija del equipo a Zapater y se la entregó a Eguaras, el Zaragoza es otro. El ejeano, en cambio, se ha revitalizado como interior de cantidad, con recorrido, trabajo y llegada al área. Sucede lo mismo con Guti, otro futbolista nacido para el rombo, en este caso, mixto, con buen uso del balón, resistente y muchos kilómetros en las piernas. Ambos lugartenientes de Eguaras, escalonados en ataque, son fundamentales para corregir una de las debilidades de un sistema tan estrecho como este y tan expuesto a las cambios de orientación. Las bandas están más desguarnecidas y ahí Zapater y Guti efectúan un trabajo impagable, muy exigente desde el punto de vista físico y táctico.

Otra de las particularidades del sistema es la creación de triángulos y otros pequeños rombos desde ese rombo principal. Estas formas son una de las marcas del juego de posición que propone Natxo: que la pelota vaya a las posiciones y no las posiciones a la pelota. Esta idea se vertebra a través de la posesión, el circuito de pases y la circulación del balón. La organización posicional es indispensable. El jugador del Zaragoza que posee el balón casi siempre tiene tres compañeros como receptores, en cualquier sector del campo. Este modelo de juego tiene como objetivo crear superioridades por dentro y a la espalda de la presión rival. Las armas para hacerlo son el pase y la conducción en zonas finales. El pase divide y la conducción fija y atrae defensas, liberando hombres libres. Febas (o Buff) son capitales en esta faceta. Apareciendo desmarcados en espacios intermedios para acumular gente en zonas interiores. Son esenciales también laterales creativos, de buen juego interior y técnica asociativa como Lasure o Benito. Y Borja Iglesias brilla de espaldas, dejando balones de cara a los centrocampistas y asentando al equipo arriba. Borja facilita, dadas sus características fuera del área, que el Zaragoza pueda darle otro registro a su juego en el caso de que no pueda progresar con la pelota desde su defensa. Borja ofrece una salida directa. Un atajo que amplia las posibilidades del sistema y de un modelo al que el Zaragoza está agregando matices: no solo le rinde en la pausa y el control, también, en función de los momentos, el equipo de Natxo está corriendo, siendo más vertical si el rival le fuerza a ello.

Resulta llamativo, si se congela una imagen de un ataque aragonés, comprobar cómo sus futbolistas dibujan pequeños triángulos y otros rombos. Por ejemplo, Cristian, Grippo, Perone y Eguaras configuran el primero, en la salida del balón. O en defensa: Perone, Lasure, Eguaras y Guti. En ese mismo sector izquierdo, es común observar también cómo Eguaras, Febas, Guti y Pombo forman otro, del mismo modo que en el lado opuesto sucede con Zapater y Borja. Las subidas de Benito también favorecen estas triangulaciones. Y así en diversas zonas del campo: mediocentro + interior + mediapunta + delantero de ese sector. O central + lateral+mediocentro+ interior...

Es en la delantera donde subyace uno de los secretos del rombo. El sistema ha mejorado la fluidez y el ataque posicional del Zaragoza, pero sobre todo su defensa. Sus dos delanteros, abiertos (otra de sus peculiaridades), ejercen una presión sobre la salida de balón rival que permite al Zaragoza robar más arriba, más rápido y organizarse mejor en defensa. Al contrario de lo que pueda pensarse, Pombo está mucho más exigido ahora en labores defensivas. Y cumpliendo en ello. Lo mismo que Borja. Ambos puntas deben presionar y cerrar su banda correspondiente. Natxo ha conseguido ahí algo que no es fácil, movimientos sincronizados de ambos puntas sin balón que entorpecen notablemente al rival.

El sistema aún está en evolución y en fase de aprendizaje. Pero el Zaragoza cada vez se siente más cómodo con este juego. De momento, el rombo de Natxo le luce como un diamante.

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