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Blog - La voz de mi amo

por Matias Uribe

SUSPENDE SU GIRA AMERICANA Y LA ESPAÑOLA

Bunbury, no es el final

El cantante ha anunciado esta madrugada de domingo en España que se retira definitivamente de los escenarios y, por tanto suspende su gira estadounidense y la española, pero a partir de ahora se abre un ilusionante “abanico de posibilidades”

Enrique Bunbury, el pasado febrero en Ciudad de México.
Enrique Bunbury, el pasado febrero en Ciudad de México.
Roberto Azorín

Se va definitivamente de los escenarios. Se pierde a uno de los cantantes españoles de rock con mayor sentido y sensibilidad de lo que es subirse a un escenario. Es la pena mayor. Bunbury era escenográfico. Como sus grandes ídolos y maestros, desde Elvis a Dylan o Bowie, cuidaba extremadamente su presencia, el vestuario. No era un Manolo García recién salido del tajo, en vaqueros y camiseta, o un Springsteen con bandana en el pelo y estampa de minero, no, y con ello no quiero minusvalorar a ninguno de los dos. Él representaba sobre las tablas el concepto ancestral de las viejas estrellas del entertainement que sabían que cuando el público paga una entrada hay que gratificarlo no solo con canciones sino también con presencia aseada, impoluta. Pero, además, Bunbury era dueño de una gesticulación, de una forma de estar en las tablas, de expresarse y de moverse, absolutamente absorbente, cuando no explosiva (basta con recordar las salvajes puestas en escena de La decadencia). Entraba también en el pack de respeto y entrega total al público. Luego, estaba, claro, las canciones, que pesaban lo suyo.

Se pierde, por tanto, una buena parte del pack de Bunbury como artista íntegral, completo. Pero afortunadamente no es el fin. Hace unas semanas nos comunicábamos directamente por correo electrónico y me confesaba que la cosa venía desde muy atrás, desde las dos giras anteriores, en las que ya estaba mascullando el retiro por culpa de los consabidos males de su garganta. “Y todo llega”, me decía.

No quise, obviamente, ni mentarle cómo era posible que, pese a esa gran losa que pendía sobre sus cuerdas vocales o su cerebro, que eso los médicos habrán dictaminado ya o andarán buscando fórmulas para levantar ese peso, se embarcara en la gira americana y española, anunciadas para esta primavera y el verano. Naturalmente, supongo, que algún rayo de esperanza había todavía para seguir adelante, aunque personalmente pensaba que, dados los síntomas, era un gran riesgo para su salud y, como derivada, los grandes problemas de todo tipo que surgirían si a mitad de gira o antes, e inclusive al inicio, decidía suspender los conciertos firmados.

Desgraciadamente —como dice el comunicado emitido en su cuenta de Twitter esta madrugada del domingo 15 en España— ayer, en Chicago, tuvo que parar definitivamente. No pudo ni ofrecer el que suponía el tercer concierto de la gira estadounidense. “Mis problemas con la garganta y la respiración se acrecentaron y volvieron anoche con agudeza y, lo que pensaba que iba a estar controlado, está totalmente fuera de mis manos y deseos”, añadía en el comunicado. Y con todo dolor de corazón, remataba con la frase mayor: “Me toca adelantar lo que ya se veía inminente. Me es imposible hacer más conciertos”. Punto y final. Y muy desdichado.

Un término dramático para un artista, y en especial para Bunbury, que ama el escenario y se deja la piel en él. Mas, afortunadamente, por agarrarse a un gran tablón de salvamento y de consuelo de sus miles de fans, no es el final. En el correo que intercambiamos, pese a los males, intuía en sus palabras una gran ilusión en el futuro, tal y como traslucía también su primer comunicado de retirada. A partir de ahora habrá otro Bunbury. Amputado de escenario, tal y como él dice, “un abanico de posibilidades se abre ante mí”. Lo que significa que vamos a tener a un Bunbury poliédrico, polifacético, grabando discos, pintando, escribiendo… y seguramente sorprendiendo con alguna ocupación inesperada. Amputado, sí, pero no se nos va. Lo cual, dentro de la fatalidad, es un gran aliento de estímulo y futuro para él y para sus seguidores.

Lo conocí hace ya más de 40 años, en el 80-81, cuando ni tan siquiera había dado el salto a la música y Héroes del Silencio estaban todavía a casi cuatro años de su nacimiento. Desde entonces he vivido a su lado momentos de todo tipo; e incluso fui testigo de su segunda espantada —previamente lo hizo en Copenhague— de un escenario, en 1993, en París, al poco de iniciar Héroes su concierto en la coqueta sala Élysée Montmartre del barrio de Pigalle. Estaban en su cuarta canción. Enrique cantaba premonitoriamente “vámonos al espacio exterior” y a dónde se fue todo el grupo a reglón seguido fue al camerino. Inflamación de garganta.

Lo curioso del caso es que en el camerino, apenas trascurridos unos minutos de la suspensión del concierto, aunque muy decepcionado con lo ocurrido, hablaba perfectamente, sin problemas. Quizá fue un lejano preaviso de lo que podía venir, preaviso que le hice notar una tarde en su local de ensayo, preparando Senderos de traición, cuando se empeñaba en cantar Maldito duende con voz rota a lo Tom Waits. “Enrique esa rotura puede ser muy dañina, tanto musicalmente como para la garganta”. Afortunadamente, desistió de aquel empeño. Pero me temo que, dada su potencia vocal, forzó demasiado las cuerdas vocales a lo largo de su carrera y eso, entre otras causas, intuyo, le ha traído hasta esta dolorosa retirada.

Aunque no tiremos la toalla. Hay enfermedades incurables y otras que, pese a la aparente gravedad, remiten o se suavizan. Es posible que lo patológico se mezcle con lo psicológico y que algún galeno dé en la tecla y lo recupere. ¡Quién sabe! La esperanza, dice el castizo aforismo, es lo último que se pierde. Es lo que desean sus miles de seguidores y, por supuesto, quien firma. Y, afortunadamente, dentro del negro cuadro, y pese a lo que cantaban sus adorados The Doors, no es el fin.

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