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Zaragoza

crimen de los tirantes 

Las psicólogas judiciales discrepan de que Lanza matara Laínez en un "acto reflejo"

Las profesionales del Instituto de Medicina Legal de Aragón no creen, como dicen los peritos del acusado, que Lanza actuara en "cortocircuito" y se defendiera de una navaja que solo vieron él y su amigo. 

El acusado, Rodrigo Lanza, habla con su abogado, Endika Zulueta, durante la vista.
El acusado, Rodrigo Lanza, habla con su abogado, Endika Zulueta, durante la vista.
EFE/Javier Cebollada/POOL

La influencia del alcohol y el pánico a perder la vida son los dos puntales de la defensa de Rodrigo Lanza, de 36 años, para lograr una eximente legítima defensa que permitiera absolver al acusado de matar a golpes a Víctor Laínez en diciembre de 2017 en el bar Tocadiscos.

Su abogado, Endika Zulueta, exprimió al máximo el informe presentado por sus peritos, el psiquiatra Pau Pérez Sales y la psicóloga Andrea Galán Santamaría, en una intensa jornada de siete horas prácticamente seguidas de psicología forense criminal.

Los jurados, también ayer muy activos y atinados a la hora de preguntar a los peritos, se encontraron con dos teorías dispares de cómo es Rodrigo Lanza y los hipotéticos motivos que le llevaron a actuar como lo hizo, puesto que la verdad solo la sabe él.

Como expuso al tribunal la doctora en psicología del Instituto de Medicina Legal de Aragón, Cristina Andreu: "Todas las personas normales mentimos. La mentira forma parte de las habilidades sociales y tiene muchas funciones, como manipular la voluntad del otro. Y esto no es patológico. Los niños con 2 años ya mienten".

La afirmación venía a cuento de si Lanza es o no una persona "normal". La conclusión fue que sí, aunque mienta. No tuvieron muchos puntos en común los peritos judiciales y los de la defensa, pero este fue uno de ellos. El acusado no es un enfermo, no es un psicópata paranoide, no es un enajenado, no tiene un trastorno personalidad; ¿entonces?, cómo se puede explicar que hiciera lo que hizo: una agresión brutal, tal y como quedó la víctima y presenciaron los testigos; o una defensa legítima cegado por el pánico a ser acuchillado, según él mismo.

Y las explicaciones vienen dadas, según sus peritos, por la previa ingesta alcohólica al momento de los hechos, la cual afectó a sus facultades volitivas y cognitivas (voluntad para hacer algo y capacidad de conocer lo que está bien o mal). El psiquiatra Pau Sales afirmó que esta circunstancia le "impidió hacer una valoración adecuada de riesgos de lo que ocurrió en el bar". 

De esta forma, ante la supuesta amenaza que Víctor Laínez le hizo en la puerta de salida a la calle, él actuó movido por un "profundo temor a perder su vida. "Este miedo potenció el efecto amenazador de situación y creyó no tener otra salida para librarse de la agresión que amenazaba su vida más que con una acción defensiva. El pánico le impidió optar por huida por si la defensa se volvía ineficaz y su acción fue de defensa. No controló alcance de fuerza física porque estaba en cortocircuito", explicó al jurado.

¿Por qué va directo a por él?

Este planteamiento motivo la siguiente reflexión-pregunta de un jurado: "El acusado dijo que le tenía miedo, pero realmente no le tiene porque va directo a él y le agrede sin piedad. ¿Cómo lo explica?". El psiquiatra le contestó que tuvo una "reacción en cortocircuito" que anuló su voluntad". Para el profesional no es relevante si "hubo" o "no hubo" navaja, lo importante es si Lanza "creyó" que la había y que reaccionó como "si la hubiera". "Hay una respuesta de terror. No se bloquea como las gallinas que se paralizan, sino que salta hacia delante como un instinto, como un acto reflejo o en cortocircuito", insistió.

"¿Donde se encaja en esta situación defensiva, en que temes por tu vida,  que dejes mochila y prendas en puerta bar y vuelvas a entrar?", preguntó otro jurado

Frente  a la teoría de la defensa, Cristina Andreu y su colega Victoria Mínguez (apoyadas por los forenses Juan Antonio Cobo y Pilar del Ruste) ofrecieron otras conclusiones. A su juicio, Rodrigo Lanza es una persona impulsiva, sensible a lo que pueda percibir como provocación –"coloquialmente, con la piel muy fina", dijo– y con dificultades para el control. Describieron una personalidad con una alta emotividad y alta reactividad, extravertida y "no tendente a mostrar conductas de miedo".

Incluso admitieron que el alcohol podría aumentar esa impulsividad y afectar a su capacidad volitiva, pero siempre que se "demostrara" que estaba influenciado por su consumo. Y si para los peritos de la defensa, sí que está claro que influyó, para los otros cuatro no. Su explicación es que el acusado tuvo un comportamiento ordenado antes y durante y después de los hechos, algo incompatible con el abuso o influencia del alcohol. El dueño del bar y los testigos no lo vieron borracho ni tambalearse, ni cuando habló con Víctor Laínez e intercambiaron insultos como "facha" o "sudaca", ni cuando se iba con sus amigos del bar. Además, llegó y se marchó en bicicleta...

Discreparon también en cuanto al pánico, puesto que entienden que en una situación así hay tres opciones: luchar, huir o quedarse bloqueado. "Es obvio que no huyó y la conducta descrita por él mismo (contó que pensó que al darse la vuelta Laínez era su oportunidad de abalanzarse sobre él) quiere decir que estaba haciendo una valoración del riesgo, lo que tampoco corresponde con un bloqueo. 

No comparten que esto fuera un "cortocircuito". "Un volantazo es un acto reflejo, pero no lo es evaluar cómo hacer frente a alguien", dijeron.

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