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Zaragoza

coronavirus en aragón

Elegir entre un techo o un plato de comida

La parroquia del Carmen de Zaragoza reparte 260 comidas, un 53% más que antes de la crisis sanitaria, aunque en táperes y con medidas de seguridad

La labor social se vuelve más importante que nunca en una situación tan extraordinaria como la actual, en la que la paralización de la actividad económica ha provocado que muchos ciudadanos en situación precaria pierdan sus ya de por sí reducidos ingresos. En la parroquia de Nuestra Señora del Carmen, en el corazón de la capital aragonesa, los usuarios del comedor han aumentado casi un 53% desde que se declaró el estado de alarma por la pandemia de coronavirus. De las 170 personas que utilizaban normalmente este servicio se ha pasado a alrededor de 260.

"La crisis ya se está notando. Muchos no tienen medios y tienen que decidir entre pagar un alquiler y gastos como el agua y la luz o comer, por eso vienen aquí", explica Javier Cambra, el voluntario más veterano de la parroquia, con unos 30 años de experiencia a sus espaldas.

El día a día del comedor se ha visto modificado, como casi todo, por el Covid-19. Los usuarios no comen en las instalaciones, sino que acuden al mediodía a recoger las bolsas con táperes, fruta, agua y cubiertos desechables que previamente han preparado los trabajadores. "Unas 15 o 20 personas comen dentro porque no tienen un hogar, pero manteniendo las distancias de seguridad –cuenta Cambra–. Los demás esperan en la puerta a que les entreguemos las bolsas".

Asimismo, el ritmo de trabajo de los voluntarios se ha vuelto más intenso: son menos los que van a la parroquia para evitar exponer a las personas mayores o con patologías, por lo que deben hacerlo más a menudo. "Estamos trabajando 22 voluntarios, hay algún joven que se ha apuntado a ayudar pero la mayoría somos los de siempre", resume.

El servicio de comedor de la Parroquia del Carmen de Zaragoza ha duplicado sus usuarios desde que comenzó la pandemia. Una crisis que ha supuesto más medidas de seguridad y la entrega de la comida en táperes y bolsas de plástico en la puerta del centro.

Pese a que han perdido su fuente principal de donaciones al no poder celebrar misas, la generosidad de particulares y empresas, así como la ayuda del Banco de Alimentos, ha hecho posible atender a todos los que lo han solicitado. "El presupuesto disminuye, pero esperamos que la situación termine antes de que se acaben los medios", indica el voluntario.

"Los alimentos que nos llegan son de mucha calidad y los usuarios están comiendo fenomenal, a mí me dicen que están muy contentos y hasta me lo agradecen con aplausos", asegura por su parte la cocinera Charo Vega, que se incorporó recientemente al equipo ya que es empleada de la facultad de Ciencias, ahora cerrada. Para protegerse de los contagios, el personal lleva mascarillas, guantes y pantallas protectoras. "Es un poco más incómodo cocinar así pero es una labor muy bonita. Estoy feliz de poder ayudar y además seguir trabajando en estos momentos".

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