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La pandemia, en el cementerio de Torrero: "Estos días solo saco en claro que la vida es muy frágil"

Los trabajadores del mayor camposanto de Aragón toman aire tras varias semanas de jornadas maratonianas que les dejaron "agotados física y psicológicamente".

Los días de pandemia son especialmente duros en el cementerio de Torrero. Aunque sus trabajadores tienen la piel curtida, el panorama que viven es tan extraordinario que resulta imposible abstraerse. Pocos consiguen no llevarse el trabajo a casa en la cabeza. El camposanto más grande de Aragón ha conseguido tomar algo de aire esta semana, tras varias jornadas en las que ha batido todos sus récords. El pico de la pandemia del coronavirus en Aragón hizo que los cadáveres se acumularan como nunca antes había sucedido en su historia reciente. Pese a ello, el recinto municipal consiguió evitar el colapso.

Eliseo Andrés es encargado de mantenimiento e incineración de Torrero. Ha llegado a hacer jornadas de más de 15 horas para sacar adelante el trabajo acumulado en los hornos crematorios. "Nos ha pasado factura, estamos agotados física y psicológicamente", admite. Durante esos días críticos llegaron a hacer 28 incineraciones cada jornada, cuando las prescripciones técnicas de los hornos recomiendan no superar las 20, y cuando habitualmente se hacen entre 8 y 16.

Los cuatro turnos habituales de incineración se fueron ampliando sucesivamente hasta convertirse en siete, de tal manera que los hornos empezaban a funcionar a las 6.00 y dejaban de hacerlo a las 4.00, 22 horas después. "Ha sido terrible, porque pasaba una semana, y otra, y otra, y el trabajo no bajaba. Eso nos iba minando", recuerda Eliseo.

Aunque están acostumbrados al trabajo que les toca, estos días tienen que hacer un esfuerzo extra para blindar su cabeza al sufrimiento que se genera a su alrededor. "Intentas hacerlo de forma mecánica y solo pensar que tienes que incinerar a otros cuatro más, porque si no es imposible. Pero también somos humanos", señala. Alfredo Labella, responsable de las brigadas del cementerio, coincide: "No podemos empatizar con todo el que pasa por aquí, porque si no duraríamos dos días". "Del trabajo de estos días solo sacas en claro que la vida es muy frágil", concluye Eliseo.

El día a día de todos los empleados de Torrero ha cambiado de forma radical. Desde que entró el primer cadáver con Covid-19, han pasado muchas cosas. Aquel 6 de marzo, Carlos Lobera, gerente del tanatorio, recuerda que le llamaron de la funeraria a la que le tocó el servicio diciendo que "no sabían qué hacer" con el cadáver. "Los primeros días fueron los más complicados, porque aún venían los familiares, iban cambiando los protocolos...", rememora.

Ahora todo está más claro. Los cuerpos llegan al cementerio con un protocolo de recogida que se empieza a aplicar en el hospital, en la residencia o en la vivienda en la que se produce el fallecimiento. Allí los cadáveres se meten en un saco sanitario especial, el ataúd se desinfecta, se precinta y ya no se vuelve a abrir.

En Torrero, todos los ‘ataúdes-Covid’ esperan en una sala frigorífica a que llegue su turno. La cinta que los rodea, generalmente gris, los identifica. En el momento más crítico, llegó a haber 89 fallecidos en total, lo que supuso que se acumulara una espera de tres días para incinerar. «Nunca nos había pasado», confirma el gerente del tanatorio.

En el peor momento de la pandemia se acumularon 89 cadáveres, lo que supuso una espera de tres días para incinerar 

Si llegan de una residencia, es la funeraria la que se encarga de ese protocolo de recogida. Los trabajadores de estas empresas están acostumbrados a vivir situaciones duras, pero lo de estos días también es distinto para ellos. "Su trabajo me ha impactado, porque a muchos abuelos los recogen en sus residencias en situaciones precarias, sobre todo al principio", explica Eliseo.

La situación es complicada para todas las personas que trabajan en torno a la muerte, pero también, lógicamente, para los familiares de los fallecidos. Al dolor de la pérdida del ser querido se unen las circunstancias en las que se produce. Muchas veces sin posibilidad de despedirse ni en vida ni en muerte, ya que las visitas a residencias y hospitales están prohibidas, y al cementerio solo pueden acudir tres familiares.

Así, la imagen de las inhumaciones es aún más triste de lo habitual, con apenas tres personas situadas a una distancia prudencial, separadas por una cinta roja y blanca y observando cómo completan el proceso unos trabajadores enfundados en grandes trajes de protección blancos. 

"En muchos casos no los ven durante la enfermedad, y cuando llegan aquí no se pueden despedir, no se puede abrir la caja… Se organizan pequeños responsos, pero se hace muy duro no poder decir adiós", apunta el gerente del tanatorio, quien señala que estos días en Torrero se respira "una tristeza muy profunda, mezclada con rabia y resignación".

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