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La borda Bisaltico, en Hecho, cerrada por primera vez en 25 años

Los hermanos María y Carlos Boli llevan este negocio familiar con albergue, camping, apartamentos, bungalows y restaurante. Su reapertura no se prevé hasta al menos Semana Santa.

De izquierda a derecha, María, Carlos y Sonia, en la borda Bisaltico.
De izquierda a derecha, María, Carlos y Sonia, en la borda Bisaltico.
Sergio Padura

Cuando sus padres se enteraron de que ni en Semana Santa ni en el puente de mayo la borda se iba a poder abrir no daban crédito. Era la primavera de 2020, cuando el confinamiento por la pandemia se acababa de instaurar en toda España y la situación no permitía que los servicios de alojamiento y restauración en la borda Bisaltico se pudieran ofrecer.

Situada a 9 kilómetros de la localidad de Hecho, en pleno Pirineo aragonés, la borda fue construida por los tatarabuelos de Carlos y María Boli, los actuales dueños del negocio. Por aquel entonces, se empleaba exclusivamente para labores agrícolas y ganaderas hasta que en 1996, la segunda generación de la familia empezó a compaginar estas tareas con los campamentos escolares, habilitando una zona de la finca para este fin. Se montó también una tienda de chucherías y se preparaban migas y carne a la brasa por encargo para quienes hacían senderismo por la zona y querían parar allí a comer.

Esta actividad más turística fue cogiendo protagonismo y pronto se construyó el albergue y el restaurante. Mientras tanto, María y Carlos, que tenían entonces 15 y 16 años, iban ayudando en el negocio familiar, que fue creciendo conforme pasaba el tiempo. Con los años se construyeron baños nuevos de obra y unos apartamentos turísticos en la parte superior. También se mejoraron los accesos a la borda, cubriendo el camino de tierra con losas de piedra.

La última mejora llevada a cabo se produjo hace apenas unos años, en 2017, con la dotación al complejo de bungalows. “Siempre hemos ido adaptándonos a la demanda turística que percibíamos en nuestros clientes”, explica María, quien regenta este establecimiento con su hermano Carlos desde hace más de 15 años.

En realidad, se han criado allí, desde que eran niños y subían a merendar cuando ayudaban en el negocio. Por eso, la borda Bisaltico tiene para ellos una implicación emocional importante. “Verla ahora cerrada y vacía es muy doloroso”, reconoce María.

Pero las circunstancias no les han dejado otra opción ya que mantener las instalaciones abiertas para no recibir huéspedes ni clientes en el restaurante no sale a cuentas. “Tener calientes las zonas comunes y los servicios para dar de comer a 20 personas no merece la pena”, lamenta.

Así, aguardan con la vista puesta en Semana Santa, cuando pretendían poder volver a abrir. No obstante, conforme avanzan los días, ven esta fecha cada vez más improbable. “Hasta que no se flexibilice la movilidad y se aumente el número de personas para las reuniones no lo vemos factible”, añade.

Casi sin huéspedes desde octubre

Tras haber salvado un verano inestable con bastantes reservas de última hora y con unos meses de septiembre y octubre decentes, el varapalo de la borda Bisaltico desde entonces ha sido notable. Con las restricciones de movilidad y el aumento de los contagios las reservas desaparecieron. Esto, sumado a que en el Pirineo comer en una terraza no es del todo viable según la época del año, ha hecho que el otoño-invierno sea casi nulo en lo que a clientes se refiere.

“Hay que tener en cuenta que al no tener estaciones de esquí, el invierno aquí suele ser flojo, pero esto es otra cosa”, matiza María. Quienes pasan por la borda son sobre todo familias con niños, senderistas y montañeros de procedencia, mayoritariamente, aragonesa o vasca para estancias de fines de semana. Para reservas más largas, abundan los madrileños, catalanes y valencianos y, de fuera de España, los principales países de procedencia son Holanda, Francia y Alemania.

Según explica María, muchos de estos clientes son recurrentes, van un año y repiten al siguiente. Por eso confía en que tan pronto como la situación se normalice las reservas empiecen a llegar. Pero, por el momento, las pocas llamadas que había recibido para la Semana Santa se han cancelado y tienen varios interesados para el verano.

En cualquier caso, todavía es pronto para prever cómo irá la temporada, especialmente cuando la tendencia, en tiempos de covid, es la de reservar a última hora. “Hemos notado que ya no nos llaman con tanta antelación y que las estancias son más largas”, dice María.

Para adaptarse a la situación, han tenido que dar las mayores facilidades de cancelación y, aunque siempre tratan de acordar una fecha posterior con el cliente, si alguien lo requiere, el depósito de la reserva se devuelve.

Crisis económica pero también emocional

Con este panorama, los números en la borda Bisaltico salen gracias a que durante muchos años el negocio ha ido bien y prácticamente todos los ingresos se han destinado a amortizar deudas. “Con todas las mejoras que hemos ido haciendo, tenemos préstamos que pagar y hemos invertido mucho dinero”, explica María.

Ver la borda cerrada les parte el alma, sobre todo después de todo el cariño que han puesto para acondicionar las instalaciones. Pero lejos de venirse abajo, María y Carlos aprovechan este tiempo sin clientes para ir haciendo retoques, como pintar y otras tareas de mantenimiento para las que nunca había tiempo. El objetivo es dejarlo todo a punto para que, si todo va bien, los primeros clientes vuelvan a llegar en primavera o, como tarde, en verano.

En su labor les acompaña Sonia, actual pareja de Carlos. Se conocieron cuando ella fue contratada para trabajar en la borda y ahora es una más en el equipo. Ellos tres son la plantilla fija para todo el año, pero en los meses fuertes han llegado a trabajar en la borda hasta 15 personas. “Si tuviéramos cien bungalows, se llenarían todos”, dice María, en relación al volumen de reservas que tienen en condiciones normales.

Mientras tanto, María no puede dejar de pensar en todas las incógnitas que ve en el futuro. “No sabemos cuándo podremos abrir ni cuánto personal necesitaremos. Es imposible hacer cualquier tipo de planificación”, dice, un tanto frustrada. “Teníamos esperanzas en Semana Santa pero, de momento, el teléfono no está sonando”, lamenta.

Con llamadas o sin ellas, con clientes o sin ellos, la visita diaria de rigor a la borda no falta. “Subimos aunque sea a encender el fuego y a mirar cuatro facturas en el ordenador”, explica María, mientras se resiste a abandonar su hogar.

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