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Huesca

El declive de los glaciares del Pirineo se acelera al perder más del 10% del hielo desde 2016

Tras la medición con drones de este año, la superficie apenas supera las 200 hectáreas. El espesor se ha reducido 7 metros de media en Monte Perdido, Maladeta o Aneto, los gigantes del lado español de la cordillera.   

Imagen aérea del glaciar del Aneto, el más grande de toda la cordillera pirenaica.
Imagen aérea del glaciar del Aneto, el más grande de toda la cordillera pirenaica.
Gerardo Bielsa

Las futuras generaciones no conocerán los Pirineos tal y como son hoy. Uno de sus paisajes icónicos, los glaciares, que han resistido miles de años a los cambios climáticos, no superarán el actual y están condenados a desaparecer en dos o tres décadas. La última medición confirma un rápido retroceso, en paralelo al aumento de temperatura de la cordillera (0,2 grados por década). Las masas de hielo pirenaicas, las más meridionales de Europa, apenas suman ya 200 hectáreas, con una pérdida de más del 10% entre 2016 y 2020.

La cuenta atrás comenzó hace tiempo, pero se acelera a paso de gigante. En 1850 había 52 glaciares en los Pirineos ocupando 2060 hectáreas; en 1984 eran 39 (810 ha); y en 2008, 22 (306 ha). La estimación actualizada en 2016 por varias universidades españolas y el Instituto Pirenaico de Ecología (IPE), a partir de imágenes de satélite y observaciones ‘in situ’, aún rebajó más las cifras, hasta 19 masas heladas y 242 ha, un retroceso del 88% desde el final de la Pequeña Edad de Hielo a mediados del siglo XIX.

La nueva revisión del 2020 confirma el declive acelerado, pues apenas quedan 210 ha, un 13% menos que hace cuatro años. El dato lo avanzó el científico del IPE Juan Ignacio López Moreno en la VI Jornada de Investigación del Parque Nacional de Ordesa el 2 de diciembre, extraído del estudio realizado entre septiembre y octubre de este año mediante el vuelo con drones de 15 de los 19 glaciares repartidos por la cordillera, ocho en el Pirineo aragonés.

"Seguramente no tiene consecuencias enormes a la hora de los recursos hídricos o de riesgos naturales, pero sin duda supone una pérdida del patrimonio paisajístico", señaló López Moreno, recordando el simbolismo de los gigantes de hielo en la alta montaña, donde siguen siendo un reclamo turístico, aunque queda lejos la imagen de la caída de los seracs o bloques fragmentados de la masa glacial. Son además un indicador del cambio climático más comprensible que una gráfica de temperaturas, añadió.

Hasta -13 metros de espesor

La campaña de vuelos con drones permitió topografiarlos y compararlos con los datos de 2011 del Instituto Geográfico Nacional. En Monte Perdido se observó una pérdida de espesor de hielo de 7,1 metros de media, similar a Aneto (-8,5) o Maladeta (-7,4). Es menor en Tempestades (-2,6) o Coronas (-4,8), pero se multiplica en Seil de la Baque (-13,1).

Los científicos trabajan a contra reloj ante la cercana desaparición de estos laboratorios del cambio climático. El de la Maladeta es estudiado desde 1991 por la Confederación Hidrográfica del Ebro. Según la medición de este año, en tres décadas se ha derretido un 60%, pasando de 50 a 20 hectáreas, y el frente ha retrocedido unos 350 metros.

El glaciar de la Maladeta está sometido a mediciones desde hace tres décadas.
El glaciar de la Maladeta está sometido a mediciones desde hace tres décadas.
Confederación Hidrográfica del Ebro

En Monte Perdido, el equipo de López Moreno lleva casi una década de monitorización, constatando pérdidas casi todos los años, como los -2,3 metros de espesor en 2016-2017. El aumento algún invierno aislado (0,87 m) no compensa en absoluto el retroceso generalizado. Son, dijo, "pequeñas alegrías" que no rompen el balance de -7 metros en los últimos nueve años. Llama la atención que la pérdida en las dos últimas décadas del siglo XX es similar a la de la primera del siglo XXI: entre 1999 y 2010 retrocedió 1,87 veces más rápido, lo que prueba la aceleración del deshielo. Fue precisamente esta regresión lo que animó a los científicos a monitorizar un glaciar que tenía sus días contados.

Los estudios, explicó López Moreno, se centran en primer lugar en saber si todavía tiene movimiento. "Un glaciar que se mueve es un glaciar vivo, uno que no se mueve es que no genera hielo nuevo, ya no discurre ladera abajo y por lo tanto ya no se le puede llamar como tal sino nevero o helero, según la degradación". Por otra parte, se cuantifica el volumen, el espesor y la superficie en relación con los cambios de temperatura.

En Monte Perdido, como en el Viñemale o el Aneto, todavía quedan zonas favorables a la acumulación de hielo con 40 o 50 metros de espesor, mientras otras apenas llegan a los 20 m. En Maladeta o La Paul no se encuentra más de esta cantidad en ninguna parte. La comparación entre la superficie en 1981 y la actual muestra que en este tiempo "se ha perdido tanto hielo como el que tenemos ahora, con lo que el futuro del glaciar queda comprometido".

En Aragón, de los ocho macizos montañosos inicialmente con masas de hielo, solo quedan cuatro, según el Plan Rector de Uso y Gestión de los Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos, protegidos desde 1990. No solo se ha reducido tres cuartas partes la superficie en tres décadas sino que el de Coronas ha pasado a ser un helero, casi ha desaparecido el del macizo de Balaitus (había 23 ha en 1983) y el de Maladeta se ha escindido en dos.

En Monte Perdido se han perdido 7 metros de media desde que en 2011 comenzó su monitorización.
En Monte Perdido se han perdido 7 metros de media desde que en 2011 comenzó su monitorización.
Alfredo Serreta

De cara al futuro, el investigador del IPE mostró en las jornadas científicas de Ordesa su preocupación por algunos fenómenos observados en Monte Perdido que pueden acelerar la desaparición, como el incremento "muy marcado" de la pendiente, que dificultará la acumulación de nieve; los afloramientos rocosos, que ganan terreno al hielo y facilitan la fusión; y los grandes colapsos, con partes huecas dentro.

El hielo más antiguo datado en este glaciar es de hace 2.000 años. Esto significa, concluye López Moreno, que ha sobrevivido dos milenios, pese a que también hubo periodos cálidos en ese tiempo. Ahora, la cuenta atrás ha comenzado y los glaciares del Pirineo desaparecerán en unas pocas décadas.

Un plan de protección incapaz de frenar el retroceso

La supervivencia de los colosos de hielo está tan condicionada por el cambio climático que el propio Plan Rector de Uso y Gestión de los Monumentos Naturales de los Glaciares Pirenaicos reconoce las escasas posibilidades de conservación a través de esta figura. No obstante, el nuevo plan, aprobado el pasado 28 de octubre, propone "medidas para evitar su pérdida, deterioro o alteración".

Los expertos consideran "imposible" a estas alturas proteger los glaciares porque implicaría cambiar el clima. A sus ojos, el principal interés de la figura de protección consiste en remarcar su interés de cara a la sociedad. Ni siquiera la limitación de actividades deportivas (no se pueden hacer carreras de montaña) o la prohibición de pisarlos frenarían su deterioro. Cuando se realizó el borrador, hubo un intento de impedir la escalada, el esquí de travesía y las pruebas deportivas de cualquier tipo en las crestas y cuerpo de los glaciares, una limitación inmediatamente contestada por los montañeros, ya que impediría el acceso a algunas de las cumbres míticas del Pirineo (es paso obligado al Aneto). Al final se consideró un "error" y se rectificó.

"El nuevo plan es una buena noticia, pese a la poca gestión real que se puede hacer para impedir que continúen su deterioro derivado del cambio climático", señala Óscar Díez, representante ecologista en el Patronato de los Monumentos Naturales.

Su declaración se justificó por su interés científico, cultural y paisajístico. En 2007 se amplió la superficie, abarcando desde las cumbres del circo hasta los complejos morrénicos depositados durante la Pequeña Edad de Hielo, incluyendo heleros, neveros o glaciares rocosos. El hielo de los ocho aragoneses apenas ocupaba 152 ha en 2016, pero el perímetro se extiende a 3.190 y la zona periférica suma otras 12.897.

Entre las actividades prohibidas están las que puedan producir alteraciones morfológicas y cambios geológicos o bióticos. Tampoco se permite el tráfico de vehículos o sobrevolar a menos de 1.000 metros con cualquier aronave, incluido un dron, salvo vuelos de emergencia o investigación o aquellos necesarios para el abastecimiento de refugios y bordas. La prohibición incluye cualquier construcción temporal o permanente.

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