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Reportaje

Cuevas heladas, el diamante oculto del Pirineo

Esta es una breve historia de las cuevas heladas del Pirineo. Un diamante que hasta hace poco permaneció oculto para los geólogos bajo la piel de estas montañas. Valiosas como patrimonio geológico, almacén de datos climáticos, geoindicador del cambio global y, además, en grave riesgo de desaparición. Los científicos del Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) y la Universidad de Zaragoza que las estudian acaban de recibir el galardón Félix de Azara.

Saliendo de la cueva helada A69, en el macizo de Cotiella
Saliendo de la cueva helada A69, en el macizo de Cotiella
Ánchel Belmonte Ribas

En el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, bajo la Brecha de Roldán y a más de 2.600 metros de altitud, se encuentra la Espluca Negra. Una enorme oquedad que no es una cueva más, ya que contiene enormes formaciones de hielo. Norbert Casteret la dio a conocer en 1926 cuando iba de Gavarnie hacia la cima de Monte Perdido. La espectacularidad de lo que allí vio le hizo cambiar de planes y quedarse explorándola. E hizo bien. La más famosa, pero en absoluto la única, la desde entonces rebautizada cueva de Casteret, es una de las decenas de joyas geológicas que atesoran un diamante helado en su interior.

Bien conocidas por los espeleólogos, pasaron desapercibidas para la ciencia durante décadas. A nadie parecía inquietar cuál era el origen y la dinámica actual del hielo. El asunto se despachaba rápidamente achacándolo a restos de los grandes glaciares que en el pasado tapizaron nuestras montañas. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Las cuevas heladas son aquellas que alojan en su interior depósitos de hielo o nieve perennes. Para ello dos cosas son indispensables: agua y temperaturas lo suficientemente bajas como para generar el hielo y que pueda conservarse durante una serie larga de años.

El agua puede penetrar en estado líquido a través del goteo propio de cualquier cavidad. La lluvia o la fusión nival aportan un caudal que se filtra a través de las grietas de la roca caliza hasta acceder a las cuevas. Pero también la nieve puede entrar directamente, arrastrada por el viento o a través de aludes.

Anomalías térmicas

Aunque las cuevas pirenaicas son en general frías, las cuevas heladas constituyen auténticas anomalías térmicas en las que la temperatura media anual está por debajo de cero grados. Cuando se trata de una cavidad con forma de saco, el aire frío –más denso– se concentra en el fondo, haciendo bajar la temperatura notablemente. En cavidades que disponen de dos entradas a distintas altitudes se puede establecer un patrón de circulación de aire que enfríe lo suficiente como para conseguir esas bajas temperaturas.

Los gruesos bloques de hielo laminado, de varios metros de espesor, son los que más información atesoran

En función del origen del agua se pueden encontrar principalmente dos tipos de hielo. El de congelación, muy transparente, proviene del agua líquida que pasa a estado sólido dentro de la cavidad. El de neviza, generalmente blanco y opaco, proviene de la transformación de la nieve acumulada en el interior de la cueva. Otros tipos, como el de sublimación, son más escasos y requieren condiciones climáticas peculiares.

Estalagmitas de hielo
Estalagmitas de hielo
Ánchel Belmonte Ribas

Las acumulaciones de hielo adquieren aspectos muy variados, a veces en claro paralelismo con las habituales formas minerales de calcita. Es fácil contemplar estalactitas, estalagmitas y columnas capaces de alcanzar considerables tamaños. Quizás son las más espectaculares pero no las más buscadas por los geólogos, que prefieren los gruesos depósitos de hielo laminado. Bloques de varios metros de espesor permiten realizar un análisis estratigráfico como si de un afloramiento de una roca sedimentaria se tratase.

Muestreando un muro de hielo en una cueva pirenaica
Muestreando un muro de hielo en una cueva pirenaica
Ánchel Belmonte Ribas

La abundancia de altas montañas formadas por roca caliza en nuestro Pirineo explica la cantidad de cuevas heladas existentes en el Alto Aragón, siendo sin duda el macizo de Tres Serols o Monte Perdido –en pleno Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos– el sector que mayor concentración posee. El rango altitudinal en el que aparecen oscila entre los 1.900 y casi los 3.000 metros. La orientación de la entrada, las condiciones climáticas y la morfología de la cueva influyen enormemente en la génesis y conservación de los depósitos de hielo.

Trabajar en un congelador

El estudio de estos depósitos singulares no es sencillo. Las aproximaciones son largas (el uso de mulas o helicóptero es excepcional) y naturalmente la temperatura de las cuevas, muy baja. Es, literalmente, como trabajar dentro de un gran congelador. Una adecuada iluminación para realizar trabajos de precisión, así como el uso continuado de dispositivos alimentados por baterías son otros de los retos que se plantean a los investigadores.

El trabajo en equipo es esencial para minimizar el tiempo de estancia en la cueva
El trabajo en equipo es esencial para minimizar el tiempo de estancia en la cueva
Ánchel Belmonte Ribas

En las cuevas estudiadas se realiza una medida continua de la temperatura y la humedad relativa. Se muestrea el hielo, el agua de goteo, la lluvia y la nieve para encontrar posibles relaciones entre sus composiciones isotópicas. Es clave saber cuál es la relación actual entre las precipitaciones y el hielo que se forma para poder extrapolarla en el tiempo e inferir, a partir del hielo fósil, las condiciones climáticas del pasado. Naturalmente, es imprescindible disponer de las edades de formación de los depósitos de hielo. Lo ideal es encontrar restos de materia orgánica atrapados en él. Generalmente se trata de fragmentos vegetales pero incluso un murciélago ha sido hallado en una cueva de Ordesa. Recientemente, también el polen contenido en el hielo ha sido objeto de estudio. Los resultados han aportado información del máximo interés sobre la evolución de los bosques, su composición y la altitud de su límite en los últimos milenios.

Estudiando la edad del hielo

En 2008, un grupo de geólogos de la Universidad de Zaragoza y el Instituto Pirenaico de Ecología (CSIC) se pusieron manos a la obra con el estudio de estos excepcionales registros geológicos: las cuevas heladas del Pirineo.

Liderados por el profesor Carlos Sancho Marcén, empezaron por el macizo de Cotiella. En sus entrañas existen varias cavidades pero destacaba sobremanera una de ellas: la A294. Su depósito de hielo fue el primero en ser intensamente analizado y ha sido una increíble fuente de información sobre el clima del Pirineo central. Tiene una característica muy codiciada por los científicos: abundantes restos vegetales atrapados en el hielo que permiten datarlo mediante carbono 14. La edad del hielo de esta cueva ofreció un dato sorprendente: con unos respetables 6.000 años de edad, se trata de uno de los depósitos de hielo subsuperficial más antiguos conocidos en el mundo. El análisis de la composición del hielo y del polen que contiene ha proporcionado información de gran utilidad para conocer mejor la evolución en estos últimos miles de años del clima y el paisaje vegetal en esta zona del Alto Aragón.

Pronto los estudios se extendieron al Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, auténtico santuario de este tipo de cuevas. Si bien la más famosa, la gruta de Casteret o Espluca Negra, mostró un volumen de hielo muy pobre respecto al que tenía no hace muchos años, otras cavidades están siendo de gran valor para la identificación de diversos procesos activos en relación con la formación del hielo y de algunos minerales. También las sierras calcáreas de Collarada o Tendeñera, entre otras, alojan cavidades que están siendo estudiadas.

A estas alturas de siglo, en unas montañas tan conocidas como el Pirineo, encontrar unos registros geológicos tan impresionantes sin estudios previos es todo un premio para los científicos que están trabajando en ellos. Además, la Diputación Provincial de Huesca ha distinguido su labor con el galardón Félix de Azara por la aportación al conocimiento del efecto que el cambio climático provoca en este efímero diamante helado.

Geoconservación, no todo está en nuestra mano

Nuestro planeta se encuentra inmerso en un progresivo ascenso térmico que amenaza la pervivencia de los geosistemas ligados al frío. Es evidente el impacto de este aumento de las temperaturas en los glaciares polares y de montaña, así como en la disminución en la superficie de suelos helados (permafrost). Nuestras cuevas heladas y sus pequeños volúmenes de hielo no son ajenas a estos procesos y también están experimentando un rápido retroceso en los hielos que almacenan.

Acceso a la cavidad A294, en el macizo de Cotiella
Acceso a la cavidad A294, en el macizo de Cotiella
Ánchel Belmonte Ribas

Los datos obtenidos, por ejemplo, en la cueva A294 (macizo de Cotiella) hablan de una fusión media anual de unos 12 metros cúbicos. Dado que la formación de nuevo hielo es testimonial, el balance de masa (diferencia entre el hielo que se forma y el que se funde cada año) que presenta el depósito de esta cavidad es negativo. Considerando que en 2012 contenía unos 250 metros cúbicos de hielo, de seguir así, en menos de 20 años este espectacular depósito habrá desaparecido por completo. Con él se irán los datos que nos permiten explicar cómo ha sido el clima y la vegetación en esta parte del Pirineo central durante los últimos miles de años.

Ánchel Belmonte Ribas Coordinador Científico del Geoparque Mundial de la UNESCO Sobrarbe-Pirineos. Forma parte, junto a Carlos Sancho, Ana Moreno, Miguel Bartolomé, María Leunda y Belén Oliva, del equipo galardonado con el premio Félix de Azara por sus investigaciones en las cuevas heladas del Pirineo oscense

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