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Pastelerías aragonesas con más de cien años de dulzura

En la mayoría de las ocasiones, estos negocios han pasado de generación en generación y conservan la "pasión" y las recetas de sus dulces desde hace más de un siglo.

Varias pastelerías centenarias de Aragón.
Varias pastelerías centenarias de Aragón.
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La Pastelería Ortiz de Huesca cerró sus puertas el pasado domingo tras 102 años ofreciendo dulces momentos. Faltan dedos en las dos manos para contar las pastelerías, confiterías y dulcerías aragonesas que cada día levantan la persiana desde hace más de un siglo. En algunas ocasiones ya nacieron con este propósito, sin embargo, otras fueron en origen negocios de velas o fábricas de caramelos.

Tres, cuatro, cinco o hasta seis generaciones de una misma familia han regentado estos negocios, en cambio en otras ocasiones la falta de relevo ha hecho que sean traspasados. Innovan, pero sin dejar de hacer esas recetas que han heredado junto la "pasión" por el oficio. Esa palabra, "pasión", la repiten en más de un obrador. También al otro lado del mostrador, mientras ordenan las vitrinas o colocan los dulces en el escaparate. Estas solo son once ejemplos de las pastelerías centenarias que se pueden encontrar en las calles de ciudades y pueblos de Zaragoza, Huesca y Teruel.

Confitería Micheto (1770).
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1770 | Micheto: al servicio de Calatayud y de la corte

Los paladares bilbilitanos degustan los dulces de la Pastelería Micheto desde 1770. Fue entonces cuando Ramón Micheto la fundó y desde ese momento ha estado presenten en el día a día de Calatayud. "En agosto de 1.808, Manuel Micheto, servía bizcochos en la ciudad para conmemorar la victoria del ejército español frente a Napoleón, o durante el reinado de Alfonso XIII, donde en una comida de palacio se ofrecieron los bizcochos de Calatayud", relatan desde la pastelería.
​Los bizcochos de Micheto es un "manjar de reyes". Cuentan que cada vez que Alfonso XIII pasaba por Calatayud, paraba y era endulzado por los típicos bizcochos de Manuel, tanto que en 1926 la Pastelería Micheto fue nombrada Proveedor de la Real Casa de Alfonso XIII.
Después de diez generaciones siguen con las recetas familiares y con la maestría para realizar milhojas, papeletas, tartas de todo tipo, pastas de té o merengue – "como buenos descendientes de italianos que somos", dicen-. A pesar de esa tradición, en la actualidad apuestan por las nuevas tecnologías y por el panorama web.

Fachada de la pastelería Dueso, en Fraga.
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1793 | Dueso, con la misma sangre pastelera en Fraga

En su cartel reza "desde 1861", pero la tradición pastelera está en la sangre de los Dueso desde décadas antes: en 1793 se fundó como Casa Miralles en Fraga. Ahora, la sexta generación trabaja en el obrador. "Es mucho sacrificio. En 30 años no he tenido vacaciones ni tres días de fiesta seguidos", dice Pedro Dueso, la quinta generación. Sus clientes acuden a por turrones, pastel ruso -que ya hacía el padre de Pedro en 1945- o tarta helada -una propuesta gastronómica que elaboran desde hace 50 años-. Pedro, al igual que sus hijos, se ha criado en el obrador, tanto que con 8 años, al intentar sacar un bizcocho del horno, se quemó el brazo.

Fachada de la Pastelería Muñoz, en Teruel.
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1855 | Cinco generaciones de Muñoz de dulce trabajo en Teruel

Corría el año 1855 cuando Cayetano Muñoz abrió un negocio dedicado a la fabricación de cirios y velas. "Como hicieran los antiguos maestros cereros y confiteros, con la miel de los panales Cayetano comenzó a elaborar dulces y turrones que vendía junto a su esposa, Juana Civera, en un pequeño local situado en el centro urbano de Teruel", cuentan desde la Pastelería Muñoz. Así nació la labor pastelera.
​Tras Cayetano llegó Lorenzo, después Florencio, Fernando, Rosa María y Florencio… hasta que en la década de los 90 se incorporó otro Florencio, el tataranieto de Cayetano. Durante este tiempo han modernizado el negocio, se han formado en el extranjero y también han abierto nuevo puntos de venta en la ciudad del Torico. Desde allí venden la versión canónica de la carne de membrillo, turrones artesanos o el chocolate, uno de sus fuertes lamineros.

Dulces de invierno fabricados en Aragón
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1856 | Fantoba, esa 'flor de almíbar' de Zaragoza

De lejos es uno de los comercios que más llaman la atención en la calle de Don Jaime I de Zaragoza, claro, es de Ricardo Magdalena. Cuando se aproxima la mirada al escaparate se descubre otro tipo de joyas: Merengues, bombones, tocinitos de cielo, guirlache o roscones.
Sobre esa cristalera se lee "La Flor de Almíbar", así se conoció en sus inicios. Fue fundada en 1856 por la familia Fantoba, quiénes gestionaban el ambigú del Teatro Principal, y en 1888, tras varios años de trabajo de obrador, decidieron abrir al público la confitería en el mismo punto donde se encuentra en la actualidad.​

Fachada de Pastelerías Manuel Segura, en Daroca.
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1874 | Manuel Segura desde Daroca, directo al paladar

"Para nosotros es un orgullo levantar la persiana de un negocio que pronto cumplirá 150 años", asegura Isabela Wroblewska, la esposa de José Manuel Segura - biólogo y bioquímico de formación-, la sexta generación de la pastelería del mismo nombre. Manuel Segura abrió su zuquerería en la calle Mayor de Daroca en 1874, con la tienda en la planta baja y el obrador en la superior. No obstante, aunque en ese enclave tuviera el comercio donde su mujer expendía, cada tarde cogía un borrico para vender por los pueblos de la zona.
​En la actualidad, lo viven "como una pasión". "Apostamos por los productos de la zona, que son de calidad y con los proveedores de toda la vida", cuenta Wroblewska. "Nosotros vendemos lo que le daríamos de comer a nuestros hijos. Si no se lo daríamos a ellos, no lo vendemos", defiende esta polaca afincada en Aragón. Al igual que al otro lado del mostrador y en el obrador, también hay varias generaciones de clientes han probado sus dulces en las tiendas de Cariñena, Calamocha y Zaragoza. Ahora también se pueden adquirir en su página web. Hace más de 20 años inauguraron el Museo de la Pastelería Manuel Segura, un pequeño edificio de tres plantas en Daroca.

Pastelería Auré, en Zuera.
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1875 | Una dulce saga con la A de Auré y la Z de Zuera

Mari Carmen y José Antonio llevan la tradición pastelera en el apellido, Auré, y también en la sangre, son la cuarta y quinta generación de la Pastelería Auré de Zuera. "Al principio no quería seguir, pero empecé a ayudar a mi abuelo", cuenta José Antonio desde este obrador zufariense.
"En torno a mediados del siglo XIX, sobre el año 1860, nuestro bisabuelo Martín Auré, se trasladó a Madrid para trabajar como cocinero repostero al servicio de un ministro de la corte. Acercándonos al 1875, retorna a Zuera donde se estableció y fundó la primera pastelería", cuentan. Carquiñolis, guirlaches, mazapanes o esponjados que se elaboraban en esta casa pronto se hicieron famosos en la zona.
​Arturo, otro eslabón de la familia, enlazó la labor heladera y pastelera de sus antecesores con nuevas elaboraciones, como el zufarico, "cuyo nombre y fórmula inventó a partir del libro viejo de la familia donde se guardan los secretos desde nuestros inicios", revelan.

Pastel Ruso de Ascaso, la centenaria pastelería de Huesca.
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1890 | Huesca y el Pastel Ruso, claves de la Pastelería Ascaso

"En Pastelería Ascaso nos mueve la pasión por lo que hacemos y hemos intentado mantener siempre nuestra impronta de priorizar la calidad de las materias primas haciendo una pastelería honesta, sin añadidos, en la que ha primado la innovación sobre la base de recetas tradicionales”, esa dice Sura Ascaso, responsable de Desarrollo de Negocio de Ascaso, que es su receta de continuidad. Ella forma parte de la cuarta generación al frente de una pastelería que nació en 1890 en Huesca. "Además, estar ubicados allí, una ciudad en la que el público aprecia la buena pastelería, ha influido notablemente", añade.
​Manuel Ascaso Laliena fundó una panadería, su hijo Vicente introdujo recetas de "bollería fina" y tras la Guerra Civil decidió especializarse en la pastelería. La tercera generación de la familia también se llamaba Vicente, quien junto a su esposa, Lourdes Sarvisé, se trasladó a su actual ubicación, al Coso Alto. No obstante, sus productos también se pueden encontrar en Zaragoza, Madrid y en su pastelería 'online', donde se venden productos como el Pastel Ruso, un dulce cuya receta es un secreto del obrador.

Confitería Echeto, en los Porches de Jaca.
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1890 | Los Echeto y sus más de 130 años de trabajo en Jaca

En un local de enfrente de la Catedral de Jaca comenzó la historia de la Confitería Echeto en 1890, de manos de Lorenzo Echeto, aunque al poco tiempo se trasladaron a los Porches, su actual ubicación. Más de 130 han pasado desde entonces, lo que se traduce en cinco generaciones. "Este negocio es una forma de vivir -asegura Teresa, perteneciente al cuarto eslabón de la saga-. Toda vida he estado entre pasteles y masas".
​Carlos Echeto, uno de los sucesores, se formó en Madrid en establecimientos como Lhardy o el hotel Ritz. "Ahí aprendió muchas de las recetas y fórmulas que aún hoy se elaboran en nuestra pastelería", referencian. Después de él llegó Lorenzo, que se incorporó con 13 años tras dejar los estudios, y su mujer Ángelines, quien impulsó el actual escaparate.
​En 2009, recibieron el Premio al Mérito Turístico del Gobierno de Aragón. "Las tres generaciones presentes seguimos realizando los productos con gran cariño, respeto y pasión, intentando mantener los procesos tradicionales, las recetas de siempre y los productos de primera calidad, sin perder de vista nuevas técnicas y la innovación en nuestros productos", aseguran.

La Bombonera de Oro
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1902 | Una ‘joya’ del Coso de Zaragoza: La Bombonera Oro

En el Coso de Zaragoza hay una laminera joya: La Bombonera Oro, un negocio que data de 1902. Dicen que desde entonces se puede degustar la tarta Shajar, un dulce de origen hebreo. "Anteriormente se llamaba Pastelería de San José y estaba enfrente del Teatro Principal. Fueron los primeros que tuvieron veladores y congeladores", cuenta María Jesús Peña. Se mudaron a otro punto del Coso más próximo a la Audiencia, tenían el obrador en la calle de Galo Ponte y, con los años, ya se instalaron a donde se ubican en la actualidad. Desde hace 7 años lo gestiona María Jesús, que tomó el relevo de los anteriores, no obstante, lleva el trabajo de panadería y pastelería en su sangre. Asegura que lo vive con responsabilidad y honor: "Hay que mantener las calidades".
​En las paredes de este centenario comercio cuelgan premios y diplomas de logros conseguidos, tanto reconocimientos a nivel laboral como de trabajos realizados. Por ejemplo, hace unos años consiguieron un galardón por una mona de pascua que elaboraron y que reproducía una figura de la Pantera Rosa, la donaron al Hospital Infantil.

Los 18 sabores de bombones que salen del obrador artesanal de Belenguer, en Alcorisa.
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1918 | La creatividad pastelera del obrador Belenguer de Alcorisa

"De pequeña y jovencilla no me gustaba nada lo de la pastelería. Lo veía muy sacrificado", recuerda Inma Belenguer, sin embargo, ahora es la tercera generación al frente de la Pastelería Belenguer. Su abuelo Sebastián, quien se formó en la capital aragonesa, la fundó en 1918 en Alcorisa, donde sus descendientes continuaron la estela.
"Pasión" e "ilusión" son las palabras que utiliza para definir cómo vive su trabajo, ese que ha vivido "desde la cuna". Reconoce que es un oficio "muy agradecido" porque al "cliente siempre le gusta". Inma encontró en el obrador familiar una vía de escape para cultivar su creatividad y, de esta forma, han nacido dulces propuestas como los bombones pintados a mano: "Es un trabajo importante". Sus dulces se pueden encontrar en Aragón, en todo el territorio nacional e, incluso, realizan exportaciones al extranjero.

La primera fachada de la Confitería Tricas, en Huesca.
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1919 | De las peladillas a las cocas, todas de los Tricas de Huesca

Caramelos y peladillas fueron los primeros productos que se expendieron en el comercio de Pascual Tricas y que vendía en la provincia de Huesca y en las limítrofes. Con el tiempo se especializó en dulces y así nació la Pastelería Tricas, relata Manuel Tricas, su nieto y tercera generación al frente de la empresa.
"Abrirla casa día supone un orgullo, sobre todo, en tiempos tan complicados como en los que estamos", confiesa Manuel. "Lo más agradecido es la gente, te sientes muy recompensado cuando te dicen que está bueno y el trato es muy amigable". Cuando se le pregunta cuál es el dulce estrella de su pastelería, no duda: "Las cocas de nata".

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