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Aragón también es tierra de robots, androides y superordenadores

Aunque aún se está lejos de conseguir máquinas capaces de pensar por sí mismas, la inteligencia artificial irrumpe en nuestro día a día con drones al servicio de la ganadería o autómatas que desinfectan hospitales.

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Alfonso Villanueva y Ana Marcos, en la muestra DronIA.
Heraldo.es

Hace unos días los medios informaron de cómo un robot desinfectaba con rayos ultravioletas las habitaciones del Hospital San Juan de Dios. También continúa trabajando a destajo el camarero-androide que hace meses estrenó la cafetería Atrapasueños de Zaragoza y sabido es también que parte de la ganadería extensiva del Pirineo se controla ahora con drones. Desde los primeros pasos de la robótica en Aragón (allá por 1982 en la planta de Figueruelas) hasta los proyectos más ambiciosos y futuristas (de esos que acercan a escenarios de ciencia ficción vistos en películas como ‘Blade Runner’ o ‘Terminator’), el mundo de la robótica ha cambiado mucho y muy rápido, aunque la Comunidad ha sabido seguir su paso metálico a buen ritmo.

Hace ahora justo cien años de que se acuñó por primera vez la palabra robot. Procede de una novela de un autor checo Karel Capek (‘Robots Universales Rossum’, publicada en 1921), que mostraba cómo las máquinas venían a ser esclavos de los humanos, dado que en las lenguas eslavas el verbo ‘trabajar’ tiene la raíz ‘robota’. “Los robots hacían todos las labores y las personas se dedicaban a su perfeccionamiento personal”, cuenta Luis Montano, responsable del Grupo de Robótica, Percepción y Tiempo Real (RoPeRT) del I3A. “Todo ha evolucionado mucho, sobre todo, en estas primeras décadas del siglo XXI con la aportación de la tecnología y la inteligencia artificial en los sistemas de control de los robots”, explica el experto.

A grandes rasgos, Montano hace inventario de algunos de los robots con los que trabajan los investigadores aragoneses. Por un lado están “los manipuladores”, que suele ser útiles para la automoción y que “son brazos parecidos al brazo humano”, acaso los más extendidos en el mundo de la industria. “Después están los de ruedas, muy útiles en las aplicaciones de logística y transporte de material. Su evolución ha hecho que aparezcan coches autónomos, que circulan sin conductor”, comenta. “También están los aéreos, que son los drones tan de moda últimamente, sobre todo por sus aplicaciones de transporte de paquetería o, también, para la vigilancia de incendios o de fronteras”. Y a estos habría que sumarles los subacuáticos (para recogida de muestras marinas, por ejemplo) y los exoesqueletos que se utilizan para rehabilitación de personas con lesiones o reducciones de movilidad.

Uno de los brazos articulados en Dana, empresa de automoción en Malpica.
Uno de los brazos articulados en Dana, empresa de automoción en Malpica.
Oliver Duch

Es la inteligencia artificial subsumida a las máquinas la que está dando una nueva dimensión a la robótica y la que hace preguntarse si pueden crearse máquinas capaces de reflexionar, tener empatía o, incluso, regenerarse a sí mismas. No es un debate nuevo, pues las leyes de la robótica de Asimov se remontan a 1942, pero sí que está generando quebraderos de cabeza a la Unión Europea que trata de definir el estatus de “persona electrónica”, consciente de que hay cerca de un millón de robots en uso en el continente, ya sean brazos industriales o drones que gestionan rebaños en la Garcipollera (en el CITA saben de esto) porque sus sensores estiman la cantidad de pasto y pueden conducir al ganado. ¿Están llamadas acaso estas máquinas a sustituir al hombre? ¿Hay que temer su futura expansión?

“Estamos aún lejos de que una inteligencia artificial se pueda considerar inteligente en el sentido que consideramos inteligente a un humano”, explica Alfonso Villanueva, ingeniero zaragozano y responsable junto a Ana Marcos de la plataforma 3Dinteractivo. “Hay mucho camino por recorrer y, de momento, no hace falta asustarse para nada”, comentan quienes estuvieron hasta hace unos meses al frente de la exposición DronIA en Etopia.

Esta muestra fusionaba la tecnología y el arte con la idea de “divulgar y estudiar los procesos que a veces parecen lejanos, casi mágicos, pero forman parte de nuestro día a día”. En la entrada unos drones escaneaban a los visitantes (los niños eran los más proactivos) y, después, con algoritmos, se ofrecía el retrato digital del participante. “Una tecnología emulaba al ojo y grababa al visitante; y otra, a la mente: la inteligencia artificial analizaba las imágenes y les extraía contenido. Previamente había sido entrenada con 11.000 retratos de la historia del arte por lo que la imagen resultante, la lectura de la máquina, ayudaba a mirar desde otro punto de vista”, explica Villanueva.

Los algoritmos de captación de imagen en DronIA.
Los algoritmos de captación de imagen en DronIA.
Heraldo.es

En estas ansias de reinventar el mito de Prometeo los entornos son colaborativos por lo que los desarrollos suelen ser muy rápidos. Lo que hoy se imagina en pocos meses se puede plasmar en una realidad.

Una de las claves para estos avances es la eclosión de los superordenadores capaces de extraer patrones en cantidades masivas de datos. Los hay en los laboratorios de Etopia o en instalaciones de alta precisión como el Observatorio Astronómico de Javalambre o el laboratorio subterráneo de Canfranc. También, por descontado, en el BIFI (Instituto de Biocomputación y Física de Sistemas Complejos), donde se halla Janus, un superordenador con la potencia de unos 50.000 ordenadores convencionales. Comenzó estudiando materiales magnéticos y comportamientos moleculares para el desarrollo de fármacos. La Universidad de Zaragoza también cuenta con el Caesaraugusta, otro de los ordenadores más potentes de Europa y que se dedica al estudio de proteínas o a la simulación de plasma en reactores de fusión. Se ubica en la Facultad de Ciencias y es un nodo de los seis aparatos que hay en el país, con núcleo central en el Mare Nostrum de Barcelona.

Para resolver problemas más mundanos y concretos, la Universidad también tiene en marcha complejos y prometedores proyectos que van desde la creación de un gemelo digital virtual (una copia capaz de aprender y corregirse a sí mismo, como la armadura de Iron Man, en un proyecto que capitanean los investigadores Alberto Badías y Beatriz Moya) hasta dejar que el precio del porcino de la lonja de Binéfar no lo marque el alcalde cuando haya desacuerdos sino los algoritmos de la inteligencia artificial (Javier Zarazaga-Soria, desde el Instituto de Investigación de Ingeniería, está al frente del trabajo).

El robot que está programado para servir mesas en Atrapasueños.
El robot que está programado para servir mesas en Atrapasueños.
Toni Galán

También, bajando el balón al suelo, en el Instituto Tecnológico de Aragón (ITA) aplica las tecnologías del ‘big data’ y la inteligencia artificial al sector del vino (ofrece datos de la cosecha y estrategias de las denominaciones de origen) o echa mano del uso de robots para la inspección técnica de fachadas. “La idea es que una máquina pueda ascender como si fuese una hormiga por las fachadas para analizarlas milímetro a milímetro”, explican. El proyecto se llama Robim y los problemas que se están superando en estos momentos son, por un lado, conseguir el agarre óptimo con soluciones electromagnéticas y, por otro, desarrollar con sensores un sistema de detección de obstáculos. El peso ha de ser mínimo y la navegación autonóma, y -salvo que trabaja en vertical- puede recordar lejanamente a las aspiradores ‘roomba’ que se están popularizando en los hogares.

La existencia de estas hace unos años era una quimera, así como que se pudieran activar por la voz pidiéndoselo a esa extraña conviviente llamada Siri. Sin embargo, la tecnología ha avanzado rápido e, incluso, la pandemia de coronavirus ha podido ser un acicate para incentivar el uso de robots. 

El robot del Caixaforum durante una de sus visitas virtuales (para el espectador).
El robot del Caixaforum durante una de sus visitas virtuales (para el espectador).
Heraldo.es

Es lo que ha sucedido, por ejemplo, en el Caixaforum de Zaragoza, que ha sido elegido para realizar pruebas con el primer androide que facilita la telepresencia a actividades culturales. Pilar se llama la robot y permite pasear por la exposición y visitarla sin necesidad de desplazarse al centro cultural. “Hemos incorporado esta tecnología inédita en su uso museístico en España para llegar a aquellos colectivos que no pueden acudir a las salas de exposiciones”, explican en el Caixaforum, donde han optado por no disfrazar la tecnología y no dar una imagen antropomórfica a su robot sino dejarle su escueta pero limpia cabeza de tablet.

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