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Centros covid-19 o cómo salvar a cientos de ancianos del ataque del virus en Aragón

Las residencias para contagiados, un dispositivo pionero en España, han atendido a 414 mayores. Han perdido la vida 86, pero el dato esperanzador es que ya hay más altas que ingresos

Dos ancianos abandonan la residencia de Yéqueda con el alta.
Dos ancianos abandonan la residencia de Yéqueda con el alta.
Rafael Gobantes

Blas Ballarín, de Castejón de Sos, fue el primer anciano en Aragón en cruzar las puertas de un centro covid-19 el 23 de marzo, y Luis Rodríguez, de Épila, el primero en recibir el alta. Sus historias tuvieron final feliz, pero por el camino se quedó la vida de María Antonia Cañivano, que ingresó con Blas, y las de otros 85 mayores atendidos en Yéqueda, Miralbueno, Casetas, Alfambra y Gea de Albarracín, los cinco puntales del dispositivo diseñado por las consejerías de Derechos Sociales y Sanidad en las tres provincias para frenar los contagios sacando a los enfermos de las residencias para aislarlos en otras específicas.

Entre el 23 de marzo y el 30 de abril, por sus 274 plazas habían pasado 419 personas, procedentes de medio centenar de centros de toda la Comunidad. Había 160 ingresados y se habían dado 173 altas. El miércoles fue un día para la esperanza: salieron 31 frente a solo siete entradas. El dato negativo son los 86 fallecidos, aproximadamente un 20%.

"Ha sido un reto apasionante en el que hemos tenido que ir cambiando cosas porque es un recurso de emergencia", declara Juan Vela, director del centro Covid-19 de Gea de Albarracín, quien destaca el valor de estas instalaciones totalmente medicalizadas, equipadas "en tiempo récord", y la implicación de los profesionales. "Aquí el coronavirus no llega por sorpresa, el que viene a trabajar sabe a qué se enfrenta". En Gea, para 35 plazas disponen de cinco médicos, 16 enfermeras y 28 auxiliares.

Es un recurso pionero en España, no existe en otras Comunidades, pero además un ejemplo de la colaboración público-privada, ya que aprovechó residencias particulares vacías, la mayoría a punto de estrenarse. También un modelo del trabajo en común entre los servicios sociales y sanitarios, destacan los directores, que coinciden en la entrega del personal. Aquí se celebra cada recuperación con aplausos y hasta con confeti, y se despide con lágrimas la salida de los furgones de las empresas funerarias.

En menos de 48 horas

"Sacar a casi 400 ancianos contagiados ha sido un alivio, un desahogo para las residencias, les ha servido para rebajar la carga de trabajo y asistencial, hemos liberado espacio y han podido gestionar mejor la atención", señala el secretario general técnico del departamento de Ciudadanía y Derechos Sociales, José Antonio Jiménez. Reconoce que cuando estalló la crisis sanitaria, la consejería veía con inquietud el alto grado de ocupación de las residencias en Aragón, lo que hacía imposible mantener las medidas de aislamiento y distancia social, pese a ser el mayor foco de expansión y mortalidad. Además, no estaban pensadas ni preparadas para la atención médica.

Jiménez recuerda cómo se habilitó en menos de 48 horas el primer centro, La Abubilla, en Yéqueda. El 21 de marzo el Gobierno de Aragón anunció la creación del dispositivo especial mediante un protocolo de actuación conjunta entre Sanidad y Derechos Sociales para el traslado a centros específicos de aquellos mayores que vivían en residencias y daban positivos, eran sospechosos o debían pasar un periodo de aislamiento de 14 días. Se buscó edificios vacíos pendientes de apertura que pudieran adaptarse rápidamente. Ese mismo día hubo una reunión con la dirección de Yéqueda y el 23 llegaron los primeros pacientes. Solo había pasado una semana desde el decreto del estado de alarma.

Una paciente de la residencia de Casetas con una trabajadora.
Una paciente de la residencia de Casetas con una trabajadora.
Heraldo

En los centros Covid-19 la rutina diaria está más cerca de la de un hospital. "Están totalmente medicalizados", precisa el director de Gea de Albarracín. Los ancianos permanecen todo el tiempo en sus habitaciones. Pero el aislamiento se intenta compensar con hábitos más propios de su vida en la residencia. "Les buscamos aparatos de radio y televisores, lecturas, facilitamos el contacto con los familiares... y todo el acompañamiento posible", afirma Mariano Fago, responsable del centro de Casetas.

"Claves en esta crisis"

Al ser dispositivos especiales y de emergencia están mejor equipados incluso que un hospital en algunos aspectos. Aquí el personal no ha tenido que utilizar bolsas de basura para hacerse trajes de protección, desde el primer día ha contado con EPI homologadas. Y las plantillas superan las ratios habituales en una residencia. Casetas cuenta con 106 trabajadores para 76 plazas, que se amplían según las necesidades.

"Hay 52 auxiliares para cubrir dos plantas, una ratio muy alta, pero es que la distribución de tareas es muy especial. Si dos trabajadoras entran en un ala contaminada necesitan una tercera compañera en el pasillo que les facilite el material", afirma Fago, funcionario con 20 años de experiencia en el Instituto Aragonés de Servicios Sociales al que se puso al frente de esta instalación con la crisis sanitaria. Él recuerda que en pocos días hubo que buscar muebles, servicio de cátering, lavandería y sectorizar el edificio para separar zonas contaminadas, de tránsito o limpias.

El director de Yéqueda, Mateo Ferrer, coincide con sus colegas en que los centros covid-19 han sido un factor clave para frenar la expansión del virus entre los mayores de las residencias, porque de haberse quedado en ellas se habrían multiplicado los casos y la expansión del virus habría sido exponencial. "Han evitado cientos de contagios", manifiesta con rotundidad. Lo mismo que han paliado la congestión en los hospitales al reducir muchos ingresos, aunque la mayoría son asintomáticos o tienen cursos clínicos leves. Si hay tantos decesos, aclara Ferrer, es porque también se recibe a enfermos con una salud de partida muy frágil.

Personal sanitario de la residencia de Yéqueda.
Personal sanitario de la residencia de Yéqueda.
Heraldo

A pesar de cumplir las pautas y horarios de un hospital, menciona Mateo Ferrer, eel trato es como el de una residencia, no se descuida el aspecto humano, incluso con actividades de entretenimiento, ya que para los ancianos es muy duro estar confinado en una habitación días y días". De hecho, en Yéqueda varias voluntarias, trabajadoras sociales o psicólogas, se enfundan un EPI para charlar con los residentes, leerles, hacer manualidades e incluso cantarles.

Ahora que se inicia la desescalada, los centros covid-19 siguen teniendo una función. El secretario técnico de la consejería de Derechos Sociales afirma que la previsión es mantener abiertos algunos "como salvaguarda y por si hay algún repunte", aunque reduzcan el número de plazas. 

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